Tres bancos centrales se reúnen esta semana: el Banco de Inglaterra, la Fed de Estados Unidos y el Banco de Japón. La incertidumbre que provoca la guerra comercial colocó a toda la banca central del G-7 de un mismo lado del mostrador. Ya no hay agresividad en su discurso. ¿Alcanza? Se teme que no. Urge ver qué pasos concretos se tomarán para evitar el peligro de que la parálisis del intercambio y la inversión desemboquen en una recesión global. Y la Fed de Jay Powell como regula los destinos del dólar, la unidad de liquidez mundial, tiene la voz dominante. La situación no es novedosa. Es un calco de lo que se vivió en diciembre cuando el propio Powell giró sobre sus talones tras haber subido las tasas de interés (en lo que sería su última vez) y prometió una pax monetaria que rescató a los mercados financieros, y a una economía en jaque, de la zozobra. En paralelo, en la Cumbre del G-20 celebrada en Buenos Aires, los presidentes Trump y Xi Jinping pactaron una tregua que obró como estímulo oportuno para la economía real. Ya se sabe, la paz comercial se quebró el mes pasado, otro salto de aranceles (con lo se que gravaría a la casi totalidad de importaciones chinas de EEUU) pende como una espada de Damocles, y la mera calma monetaria resulta ahora insuficiente para preservar las expectativas de un crecimiento razonable. La política monetaria debió dar un golpe de timón sobre la marcha para sortear el escollo. Un puñado de bancos centrales (Australia, India, Chile, Rusia, Azerbaiján) gatilló recortes de tasas en lo que va del mes. El Banco Central Europeo (BCE) reflotó los pases focalizados de largo plazo (TLTRO), una ventanilla de asistencia que permite aumentar el crédito al sector privado a tasas por debajo de cero; y prometió hacer más. Sin embargo, la credibilidad del BCE está en la picota. Hasta que se conozca, como mínimo, quién será el reemplazo de Mario Draghi –se jubila en octubre– no habrá convencimiento de que la institución podrá hacer “todo lo que haga falta” para enfrentar una crisis en serio (como hizo el romano en 2012 para abatir la crisis de la deuda soberana). Y si la sucesión recae en un nombre a priori “equivocado” (digamos, un Jens Weidmann) la cuerda se tensará en vez de aflojarse. La tenue apreciación del euro a contramano de las intenciones de Draghi es un aviso temprano. Ninguna decisión hasta el momento fue más potente para conjurar las amenazas que el cambio de discurso de la Fed. Powell no se hizo rogar: el banco central toma nota de las tensiones comerciales, dijo, y responderá si la expansión está en riesgo de verse atrapada. La Fed ignora cómo –y cuándo– se resolverán los asuntos en disputa, pero defenderá a rajatabla la continuidad del ciclo (que en julio entra en su undécimo año de duración para convertirse así en el más prolongado de toda la historia de EE.UU.). A diferencia de lo que ocurre con el BCE, los mercados no dudan de las palabras de Powell & Co. (salvo cuando declaran una dureza que ellos creen que no podrán sostener). La baja de tasas en EE.UU. se da por hecha, es la magnitud –y el “timing”– lo que divide las opiniones. Y si Trump decide echarle más leña al fuego, lo que se sabrá a fin de mes, entonces tocará discutir su efectividad. De momento, Wall Street –con el índice S&P500 ubicado apenas 2% por debajo de los récords– no cuestiona la eficacia de la receta.

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