8 de julio 2011 - 00:00

Fernández: de Ginebra, con música antigua

Radicada desde hace 23 años en Ginebra (adonde se trasladó para estudiar con el legendario Eric Tappy), la soprano argentina Adriana Fernández ha consolidado un prestigio en la música antigua a través de sus presentaciones con renombrados ensambles, especialmente los de Jordi Savall y Gabriel Garrido. De visita en Buenos Aires para brindar clases magistrales y conciertos, Fernández se presentará mañana a las 19 en la iglesia La Cruz de Cristo (Amenábar 1767) de Belgrano, donde brindará junto al ensamble La Cetra un concierto dedicado a la música de HTMndel organizado por el Centro de Música Antigua y el Instituto Vivaldi de Buenos Aires. Dialogamos con Fernández sobre esta faceta y también sobre su paso por el Teatro Colón, cuyo Coro de Niños integró de 1970 a 1978 y donde a los 17 años cantó a las órdenes de Peter Maag el protagónico de «El niño y los sortilegios» de Ravel.

Periodista: ¿Cómo marcaron su carrera esa infancia y adolescencia en el Colón?

Adriana Fernández: Me abrieron un mundo espectacular. Para un niño entrar en un teatro, conocer óperas, actuar al lado de grandes cantantes y con grandes directores es algo de lo que tal vez no hay mucha conciencia en ese momento, pero todo eso queda registrado, y cuando uno es grande se da cuenta de que tuvo un privilegio enorme. Son experiencias muy positivas pero también condicionan.

P.: ¿En qué sentido?

A. F.: Estar ahí da una protección muy grande, y luego hay que pasar a otro momento de la vida para dar lugar a las pasiones, los sentimientos de la literatura musical, en especial cuando se va hacia atrás, al Seicento italiano, que es un período que me apasiona. Para mí fue difícil porque siempre busqué traducir musical y técnicamente los estilos con mucha pulcritud, y esa música lleva un poco a salirse de los límites.

P.: En aquellas actuaciones ¿sintió miedo o nervios alguna vez?

A.F.: No, porque para mí era un juego. Sí un afán de hacerlo bien, y una responsabilidad. Eso vino más tarde, era una sensación desconocida. En la vida adulta los maestros pueden transmitir vivencias relacionadas con el miedo o la frustración. También es una cuestión de autoconocimiento: en la medida en que uno conoce sus debilidades empieza a pensar en la posibilidad de flaquear.

P.: ¿Cómo vivió el regreso con el «Orfeo» de Monteverdi que dirigió Garrido en el 2001?

A.F.: Implicaba una responsabilidad mayor porque en cierta medida tenía que recuperar mi niñez siendo adulta. Recuerdo que Armando Fernández Arroyo, que estaba como maestro interno, me decía: «La voz está tan fresca como cuando eras chiquita». El Colón me generaba mucha emoción, con todo lo bueno y lo malo que tiene un teatro. Hubo momentos de tristeza, situaciones injustas por gente que no puede ver felices a otros.

P.: Usted hablaba de los límites expresivos del cantante. ¿Qué los diferencia de los del instrumentista?

A.F.: El que toca puede tener su expresión, pero el instrumento mismo lo limita. El cantante no tiene un límite, porque el límite de hoy no es el de mañana, por lo tanto continuamente se está recreando la música. Como toda actividad musical, el canto es una mezcla de creación intelectual y sensitiva. La construcción es completamente intelectual, antes de cantar ya se tiene en la cabeza lo que se quiere. No obstante siempre queda una parte desconocida e inexplorada que puede ir surgiendo en el trabajo con el clavecinista, y también la inspiración del momento. Creo que un cantante sólo se puede enriquecer transitando repertorios que lo ponen a prueba en el plano humano.

Entrevista de Margarita Pollini

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