Fiesta de verano; huyen los fantasmas

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Wall Street resurgió. No como el Ave Fénix; más bien, bajo la forma del típico rally de verano. Todo lo que podía salir mal, que era mucho, se resolvió sin trauma. Grecia despejó el camino a su rescate. La tesis del bache de actividad se topó con la recuperación imprevista de la industria. Y la muerte anunciada del QE2, lejos de ser el funeral de los activos de riesgo, asistió a su vibrante resurrección. El Dow Jones escaló el 5,4% -unos 650 puntos- en la mejor semana de la Bolsa desde julio de 2009. No está mal para una embestida de verano -de todos los rallies estacionales, suele ser el más endeble- pensando además que se anticipó en una semana a su mojón habitual -el feriado de hoy por el Día de la Independencia- y en dos al comienzo de la temporada de balances.

Grecia ayudó. Quitó una incertidumbre pertinaz y molesta como una piedra en el calzado. Nadie pudo pensar que Europa abrigó nunca la idea de permitir un vuelco, pero la impericia puede suplantar a la voluntad cuando el terreno es muy accidentado. Terminar de atar todos los cabos sueltos, y corroborar que Alemania no objetaba los nudos, fue un espaldarazo para el euro, un termómetro visible aunque imperfecto de la predisposición de los mercados a la toma de riesgos. Hubo así ánimo para apostar de nuevo por los bonos de la periferia de la eurozona. O por las acciones de mayor beta. El NASDAQ y el Russell 2000 subieron más que los papeles de las compañías maduras. Las acciones de firmas financieras, notoriamente ausentes en el avance que se interrumpió en mayo, esta vez participaron del alza pari passu con el Dow Jones.

Alinear a Grecia influyó, pero no fue decisivo. Y no explica para nada la potencia del rebote. Allí lo que talló fue la sorpresa de comprobar que la economía de los EE.UU. entrega señales de haber retomado el vigor. Un par de encuestas regionales -Kansas City y Chicago- dieron la pista y, el viernes, el informe ISM manufacturero -de cobertura nacional- selló la confirmación con guarismos rotundos. No sólo la industria repuntó antes de lo calculado sino que se distiende (por segundo mes consecutivo) la presión de los precios de los insumos sobre los costos de producción. La carambola no podía ser mejor: se despereza el ritmo de actividad y, en paralelo, cede el acecho de la inflación. O sea, los dos fantasmas más temidos toman prudente distancia. Ni la recaída en la recesión ni el desborde de precios velan las armas.

Tampoco la agonía del QE2 -el punto final a la compra masiva de bonos del Tesoro- supuso el apocalipsis. Ya se había demostrado que no fueron los títulos públicos los principales beneficiarios de la iniciativa. La amenaza pendía sí -como una filosa espada- sobre la suerte de los activos de riesgo. Y no fue casual su purgatorio -todo mayo y hasta la penúltima semana de junio- cuando la Fed convenció a los incrédulos de que no habría marcha atrás ni disposición a innovar con una versión 3. Pero si la economía es capaz de abrirse camino por sus propios medios, los activos de riesgo podrán hacer otro tanto. Después de todo, el fin del QE2 no supone, para nada, el inicio de los preparativos de una suba de tasas en los EE.UU. (se sabe que con el BCE rige otro cantar, se descuenta que este jueves gatillará su segundo retoque alcista, pero, por fortuna para los inversores, la liquidez internacional pivotea sobre el dólar y no en torno del euro).

¿Corresponde, pues, dar por terminada la escaramuza que perturbó a los mercados en mayo y junio? ¿Cesó el castigo? Las Bolsas, ¿retoman el cauce central del rally post-Lehman? Si se examina la geografía de la suba se advertirá que los máximos quedaron a tiro de puño: a menos de 300 puntos (menos de la mitad de lo que el Dow trepó en la semana que pasó). Bastará con repetir la embestida para recordar que los toros mandan. Pero no será fácil lograrlo. El escepticismo, que cuando se expande opera -paradójicamente- como un resorte, ya no es tan acentuado. El jueves último el mapa del sentimiento de los inversores no mostraba los valores extremos que favorecieron el rebote (la foto era igual a la de fines de abril). Y el viernes, por fuerza, tiene que haber crecido la visión optimista. Si se desglosa el informe ISM -en una necesaria segunda lectura- se advierte que la potencia de sus resultados estriba en la reacción de los inventarios (una variable rezagada) y muy poco, casi nada, en la generación de nuevas órdenes de fabricación (la variable líder, la más apta para escrutar el futuro en ciernes). Fuera de EE.UU., los informes de la industria exhalan todavía una debilidad sin visos de cura inmediata. Tanto en Europa -donde los reportes PMI de Irlanda, Grecia, España e Italia registraron caídas absolutas- como en China (la producción manufacturera se hundió por primera vez desde julio de 2010). En Japón hay una mejoría ostensible, pero choca con una limitación: el tsunami destruyó el 30% de la capacidad de generación eléctrica y aunque la reconstrucción dé grandes zancadas, habrá que racionar el servicio (y volverán los cortes) para atender la demanda «pico» del verano. Y hasta que no termine septiembre se sentirán las restricciones. ¿Durará el rally -se sentirá a sus anchas- cuando todavía resta lidiar con estas adversidades y otras del mismo paño? El informe de creación de empleo en los EE.UU. -que este viernes difundirá los datos de junio (habrá un anticipo el jueves con el reporte ADP)- encierra la respuesta al interrogante. En mayo el mercado laboral acusó el golpe. De sumar 234 mil puestos netos en abril, se pasó a sólo 54 mil. El sector privado también desensilló: de 251 mil a 83 mil. Si no hay reacción contundente -si por lo menos, las cifras no se duplican- el avance de las acciones habrá sido el borrador temprano de una intención fallida, no mucho más que una estela en el aire.

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