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Fin de fiesta para Wall St.: un déjà vu con otro desplome
Entre diciembre y febrero, EE.UU. creó un promedio mensual de 252 mil puestos de trabajo netos. En marzo, la cifra mermó a 154 mil (originalmente reportados como 120 mil). Y en abril, sólo 115 mil. La pérdida de bríos, a esta altura del año, es un percance que cuenta, como se dijo, con antecedentes frescos. En 2010, cuando la economía retomó la senda de la generación de empleos, lo hizo a un ritmo de vértigo. El promedio mensual marzo-mayo arrojó un guarismo de 315 mil empleos (según la serie actualizada). El «pozo de aire» sobrevino en junio con la brusca destrucción de 167 mil posiciones, después de que mayo aportara 516 mil (alentando la expectativa errada de un recuperación laboral en forma de punzante ve corta). Julio, agosto y septiembre sumarían podas sucesivas en torno de los 45 mil empleos por mes. Y recién se logró zafar del brete en octubre con un incremento vigoroso de 220 mil. Antes del sacudón imprevisto la Fed de Ben Bernanke dedicaba su tiempo a planear la desinstalación de sus programas de estímulo. Y tuvo que cambiar sobre la marcha y prometer en agosto el controvertido QE2, un soplo de aliento no convencional que no figuraba en agenda. Cuando la Fed comenzó a ejecutar el QE2, en noviembre 2010, ya lo peor de la zozobra había quedado atrás. En 2011, lo mismo. El baldazo de agua fría lo propinó mayo. De añadir un promedio de 235 mil conchabos entre febrero y abril, menguó a 54 mil. Los tres meses subsiguientes fluctuaron en torno de 88 mil. Y la recuperación se produjo recién en septiembre con una lectura de 202 mil (cuando se temía que EE.UU. recayera en la doble recesión).
¿Nos asomamos, pues, a un bache similar e inexorable? Entiéndase bien: no debería existir un patrón estacional. Todas las cifras están corregidas para filtrar su influencia. Y, sin embargo, la estacionalidad del fenómeno surge a simple vista. ¿Qué explica esta persistencia? ¿Es un mero capricho del azar? Sea lo que fuere, el pozo de 2012 ya dibujó su silueta en el mercado laboral. En cambio, en la Bolsa todavía se trepa la cuesta. La peor semana del año, después de todo, cerró con un Dow Jones por encima de los 13 mil puntos, más a tiro de los máximos que de cualquier profundidad umbría. A los inversores no les agradó el «déjà vu» laboral, pero no los asustó como para levantar campamento. Es curioso, la estacionalidad también mete baza en la Bolsa. Con mercados eficientes y sencillos de arbitrar, creer en la noción de un movimiento estacional es confiar en brujerías. Se sabe que no existen, pero que las hay, las hay. Así el rally en curso tiene todos los distintivos de un avance de estación. Comenzó en octubre, desplegó óptima potencia (cuando nada más lo hacía prever), cumplió con todos los ritos (salvo la embestida del Día de Acción de Gracias). Debería morir en mayo como reza el lema célebre. Pero se resiste. Pensar que la pujanza extra larga obedece a que se transita un año electoral es tan buena teoría como cualquiera otra que se proponga explicar ya no sólo los hechizos sino las sutilezas de su duración diferencial. Quien haga memoria recordará que el último año de elecciones presidenciales en EE.UU. fue 2008 y, a decir verdad, la debacle de Lehman Brothers arrasó con todo conjuro.
Que el mercado laboral esboce un corcoveo como los de 2011 y 2012 admite dos miradas que se compensan. Los inversores pueden espantarse. Pero la reiteración facilita la percepción de que será sólo un percance temporario y no el final cruento de la recuperación. Un invierno extremadamente benigno parece justificar la fortaleza de las cifras desestacionalizadas del empleo entre diciembre y febrero. La tesis de que el repliegue actual debe más a esa cabriola climática que a una verdadera desaceleración de la actividad subyacente es fácil de aceptar. El rally tiene más argumentos para no arredrarse. ¿No querrá la Fed -dado el nuevo trasfondo- soltar al ruedo al meneado QE3? Si se piensa que el tema volverá a instalarse (aunque sólo sea en el plano de la especulación) el avance volverá a la carga. Pero... ¿qué pensará de verdad la Fed? Los guarismos le dieron la derecha a Bernanke y a su confianza en la Ley de Okun. La economía no estaba tan firme como lo sugería la generación de puestos de trabajo. Y ahora esa discrepancia se corrige. Como adelantó Bernanke, no hay por qué mover ni una coma de la política monetaria. Si el rally quiere desafiar también la ley de la gravedad es cosa suya, no será la Fed la que le preste la escalera.

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