26 de enero 2009 - 00:00

Fotos del Bellas Artes, un "hit" del verano

Marcelo T. de Alvear y su esposa, la soprano Regina Pacini recibiendo al príncipe de Gales en 1926, lafoto de Juan Di Sandro que abre la exitosa muestra del Museo de Bellas Artes curada por Sara Facio.
Marcelo T. de Alvear y su esposa, la soprano Regina Pacini recibiendo al príncipe de Gales en 1926, la foto de Juan Di Sandro que abre la exitosa muestra del Museo de Bellas Artes curada por Sara Facio.
La exposición de fotografía «Mirando la Historia», que ocupa desde octubre pasado el segundo piso del Museo Nacional de Bellas Artes, convocó más de 100.000 visitantes, y dado el interés creciente que está suscitando, continuará exhibiéndose hasta el 1 de marzo.

Con imágenes de la extensa Colección Fotográfica del MNBA y curada por el ojo conocedor de Sara Facio, la muestra se inicia en la década del 20, enfoca en primer lugar los aspectos políticos de nuestro país, e incluye varios artistas extranjeros

La exposición se abre en 1926, con una foto tomada en Buenos Aires por Juan Di Sandro al entonces presidente, Marcelo Torcuato de Alvear, cuando recibió al príncipe de Gales.

A un integrante de «Martín Fierro», la revistaque reunió la efervescencia intelectual de la década del 20, se le atribuye haber dicho que los tiempos de Alvear fueron los «últimos años felices de hombres felices». De hecho, ése es el espíritu de la glamorosa imagen de Alvear con su elegante galera, captado mientras mira a la bella soprano lisboeta Regina Pacini, con quien se casó desafiando a la prejuiciosa sociedad criolla. Ella, envuelta en pieles, saluda al sonriente y principesco invitado. Este mismo sentimiento festivo transmite la foto donde la multitud porteña celebra el arribo del avión Plus Ultra que, con ese viaje de 58 horas y 39 minutos, abrió la ruta aérea que desde entonces une la Argentina con Europa.

Luego, hay imágenes memorables de década del 30. Una, exhibe el Graff Zeppelin sobrevolando una ciudad metafísica y detenida en el tiempo; la otra, registra la alegría que causó la inauguración del Obelisco (y que lleva a evocar la inconfundible Buenos Aires de Horacio Cóppola).

Así, el capítulo «Celebraciones», cierra la última época de esplendor e inocencia de la historia argentina. Una historia casi idílica, vista desde la restrospectiva, con las vacas engordando solas, los precios agrícolas internacionales estables y en ascenso, las cosechas más que satisfactorias, el peso argentino en alza, plena ocupación con miles y miles de inmigrantes llegando a nuestro puerto para realizar su sueño americano.

Los años felices culminarían con la accidentada segunda presidencia de Yrigoyen, el golpe de Uriburu, la Década Infame y así, casi sin brindar respiro, proseguirían los marasmos en secuencia hasta finalizar el siglo, que marca el fin de la muestra.

Nuestra historia tiene su correlato en las imágenes. En el capítulo dedicado a las « Democracias», acaso con la intención de subrayar los contrastes entre Francia y la Argentina, Facio enfrentó la crónica que realizó Diego Goldberg de las jornadas de campaña electoral de Miterrand, a las imágenes del juicio a las Juntas Militares de 1985 y a una foto de Raúl Alfonsín tomada por Tony Valdez en una de las instancias del Pacto de Olivos. Miterrand aparece embanderado en su propia imagen carismática durante un discurso, y también en los sosegados gestos íntimos de su vida privada; mientras los militares encarnan la uniformidad con su disciplinado saludo, y, Alfonsín, ensimismado, es una figura oscura que se recorta en el escenario de un día luminoso.

Eduardo Comesaña abre «Los años de plomo» con la foto callejera de una marcha anticastrista tomada en EE.UU.: retrata a los manifestantes cubanos que en 1970 protestaban porque Fidel Castro fue recibido en ONU. Junto a esta foto está la del estadounidense Don Rypka, que muestra la policía de su país y unos prisioneros tirados en la calle en 1981, cuando atentaron contra la vida de Ronald Reagan. Hay un testimonio de 1973, cuando Cámpora liberó delincuentes comunes junto a los presos políticos: están parados en la caja de un camión de reparto que, con su formato cuadrangular «se asemeja a un escenario de títeres», como advierte Facio, autora de la foto de una villa miseria en los días que siguieron a la muerte de Perón.

En la serie hay una foto de 1982, un año antes del arribo de la democracia, donde la policía montada disuade una de las primeras marchas de las Madres de Plaza de Mayo. Se trata de una imagen que nos retrotrae de inmediato al mismo escenario y a los episodios de represión de 2001.

No hay en la muestra un capítulo que se titule-«violencia», pero lo cierto es que están sus «Víctimas», el entierro de Aramburu de Comesaña y el Che Guevara muerto de Freddy Alborta. También figura una fotografía de 1979 prohibida durante años de la hija del economista Walter Klein, tomada poco después de que los montoneros hicieran explotar su casa. Aunque se sabe que todos salvaron la vida, la imagen de esa chica desvanecida en un boquete y casi sepultada por el derrumbe, mientras los bomberos intentan socorrerla, resulta escalofriante. La serie que prosigue con una representación de Hugo Aveta de «Los vuelos de la muerte». La densidad de las guerras, los atentados, la enfermedad y las inundaciones, se suaviza en parte con el arte del brasileño Sebastián Salgado que estetiza el hambre en una maternidad. Salgado descubre en las hambrunas de Etiopía, el pecho de una madre que todavía alimenta a su hijo, y le brinda un tratamiento renacentista: el manto y el rostro de la mujer parecen esculpidos en mármol, y el niño es de carne viva.

En la serie «Retratos», reina otro clima y figuran algunas joyas de la colección: la sofisticada Coco Chanel de Cartier Bresson, la intrigante Colette de Kertez, el joven Fidel y el humano Salvador Allende de María Cristina Orive, el enigmático Borges de Pepe Fernándezy una seductora Victoria Ocampo de Gisele-Freund. A la galería de notables se suma un perfil de Onganía con un habano en su boca, exhalando el humo, como si estuviera en un cabaret, y la foto de Evita tomada por Annemarie Heinrich que Perón tenía en su comedor porque le gustaba. Facio cuenta que donó una de las pocas copias que existen al Museo, cuando se hizo cargo del departamento de fotografía y comenzó a armar la colección. «La foto es casi única porque no hay negativo -agrega-lo arrebataron cuando murió Evita».

En suma, se trata de una muestra que reúne el arte con el fotorreportaje para dejar a la vista el valor documental de la imagen; y es una muestra que está donde debe estar: en nuestro Museo mayor, un lugar destinado a atesorar el patrimonio cultural, pero también a preservar la memoria.

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