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Fue pronunciado el descenso de inflación en agosto
El desplome de la inflación en agosto empezó a perfilarse desde la segunda semana de julio, cuando los precios "estacionales" empezaron a caer semana tras semana. Llevamos ya 5 semanas de deflación en este segmento que incluye desde servicios de turismo hasta frutas y verduras, entre otras cosas. La deflación en precios estacionales no es nueva: cayeron en agosto y septiembre de 2014, meses después de la devaluación de Kicillof-Fábrega, en el mismo momento en que la tasa anual de inflación tocaba el máximo -al igual que en este año 2016-. Parte del comportamiento que observamos es estacional, y tenderá a revertirse, pero en parte también refleja el comportamiento de otros precios de la economía, incluyendo los precios agrícolas y el tipo de cambio. Luego del salto en los primeros meses del año, varios de estos precios se estabilizaron, y ello se refleja en el actual "planchazo" estacional.
La segunda componente que se estabilizó es la de los precios "regulados" que desde la segunda semana de junio a la misma de agosto crecieron apenas poco más de 1%. Diversas razones explican el reciente frenazo en los precios regulados, pero ya sea que intentemos explicarlo del lado de los ítems que no aumentaron (tarifas de servicios públicos, precios de bienes y servicios controlados), desde la decisión de política ("desensillar hasta que aclare", "no echar más leña al fuego") o desde la imposibilidad política de aumentar (tarifas de subte en suspenso, postergación de ajuste en las naftas), el hecho es que esta porción de bienes y servicios está contribuyendo a frenar la tasa general de inflación.
Queda el conjunto del "resto de los precios" con el que aproximamos la inflación "subyacente" o núcleo. Esta porción de inflación representa a casi el 75% de todos los precios y muestra mayor parsimonia es decir que se mantiene más elevada. Esto era de esperar, ya que los aumentos de tarifas y precios regulados fueron muy superiores al "resto de precios" entre enero y junio de este año. En algún momento la mayor inflación en "regulados" derramaría como efecto de segunda ronda de los aumentos tarifarios sobre el resto de los precios. Es lo que está ocurriendo desde junio. Y por otro lado hay otros precios -tipo de cambio y salarios- que van entrando paulatinamente en el sistema de precios, con una dinámica que responde a las condiciones monetarias y de cada mercado en particular.
Con un "arrastre" de julio igual a cero, más los datos disponibles hasta la segunda semana de agosto y la información sobre incrementos puntuales ya anunciados para las últimas dos semanas del mes se puede prever que la inflación de agosto será baja, y eventualmente dará la sorpresa de un número muy bajo. ¿Significa ello la convergencia garantizada a un escenario de inflación inferior al 20% para 2017?
A favor de ese escenario juega el retraso del tipo de cambio. La apreciación del peso no ha cesado desde marzo, y ello se refleja en el hecho de que en las últimas ocho semanas la inflación de "bienes" es la mitad de la inflación en "servicios", a pesar del frenazo observado en precios regulados. La política fiscal expansiva hacia adelante, el abundante financiamiento proveniente del blanqueo y la política monetaria completan el sendero de atraso cambiario. Es probable que el "frenazo" cambiario -en el sentido de una tasa de depreciación del peso bien por debajo de la inflación doméstica- se complete además en 2017 con un mayor "gradualismo" en materia tarifaria. Lo primero reduce la inflación esperada en "bienes", lo segundo reduce el ajuste de "servicios". El retraso cambiario nos aleja la posibilidad de insertarnos en un esquema de mayor apertura económica, pues no es aconsejable abrir en el momento que se "clava" el tipo de cambio. El retraso tarifario no hace más que postergar el despegue de la inversión, que requiere salir de una buena vez del esquema de "precios políticos".
Ningún frenazo, por otra parte, garantiza que la inflación se siga desacelerando si al mismo tiempo tenemos un fuerte impulso de la demanda -expansión del gasto público en jubilaciones, obra pública, gasto en bienes y servicios y eventualmente en transferencias- y los salarios (y jubilaciones) crecen muy por encima de la tasa esperada de inflación. El escenario temido es que postergando el ajuste estructural del fisco para "comprar estabilidad" rápidamente, logremos una baja transitoria de la inflación al costo de un mayor atraso cambiario y crecientes desequilibrios gemelos. Al cabo de los primeros 24 meses de gestión de la nueva administración nos podríamos encontrar en un punto no muy diferente del que estábamos a fines de 2015, con la necesidad de encarar una nueva ronda de ajustes. Es que en materia fiscal -como en muchos órdenes de la vida- no hacer nada hoy, sólo agrava los problemas de mañana.


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