25 de febrero 2014 - 00:00

Fue un pintor del Plata, casi sin proponérselo

"El Oriental", como lo llamaban, parecía dueño del secreto de la juventud eterna, tan lúcido y vital hasta el último día, cuando lo sorprendió la muerte hablando por teléfono en Casapueblo, la laberíntica edificación que configura una intervención artística en el paisaje de Punta del Este. Acaso su mejor obra de arte.

Páez Vilaró era uruguayo pero cruzó tantas veces el río que se consideraba sólo rioplatense. Le gustaba recordar cuando, al promediar el siglo XX y en plena juventud llegó, a Buenos Aires, al igual que Figari, con sus pinturas bajo el brazo. "Sin quererlo me fui transformando en un pintor del Río, nunca sabía en cuál de las dos orillas iba a terminar un cuadro", confesó una tarde, mientras miraba el mar desde Punta Ballena y programaba comprar una casa en el Tigre. Así, yendo y viniendo, cuando presentó su autobiografía eligió la Argentina, y su documental "Candombe" se proyectó por primera vez en Buenos Aires, donde consolidó su carrera artística. Esa noche presentó con orgullo a los actuales protagonistas de la comparsa de Montevideo, sus antiguos compañeros de una "pieza" del conventillo "Mediomundo".

Allí descubrió el ritmo febril del candombe que en ocasiones trasladó a sus cuadros. Su vida, su propia vida fue un hecho estético. El mismo decía que poseía las condiciones. Y entretanto, se sumaban sus cuadros y exhibiciones. Cuando Borges escribió el prólogo de una carpeta de dibujos, observó: "Hacia mil novecientos veinte, el abogado Pedro Figari descubrió las posibilidades pictóricas de los negros. Otros artistas han seguido su ejemplo, con diversa fortuna; nadie ha logrado y merecido la fama de Carlos Páez Vilaró.

Ana Martínez Quijano

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