El ingreso de capitales extranjeros en la Premier League parecía historia. Los ortodoxos financieros pronosticaron que la llegada de la recesión económica pondría en retirada a los osados ricos que durante el último lustro colocaron parte de sus fortunas para convertirse en propietarios de los más importantes clubes ingleses.
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Cuando el ruso Roman Abramovich, dueño del Chelsea, ve impávidamente por efectos de la turbulencia financiera la caída de su patrimonio, cuando el irlandés Bjorgolfur Gudmunsson tuvo que poner a la venta y luego renunciar como presidente del West Ham, cuando AIG anunció su partida como patrocinador del Manchester United, aparecieron en el fútbol inglés los jeques árabes. Menos propensos a la contaminación de la actual situación, se convirtieron en hábiles cazadores de las sensibles empresas del mercado más rico del fútbol mundial.
El millonario árabe Sulaiman Al Fahin, de Abu Dhabi, es el nuevo propietario del Portsmouth. Fue el responsable de la negociación que el año pasado concretó la compra del Manchester City, por encargo de la familia real saudí del jeque Mansur Bin Zayed Al-Nahyan, en una operación de 357 millones de dólares pagados al ex primer ministro tailandés Thaksin Shinawatra.
Portsmouth tenía las finanzas en rojo, pero el magnate de Abu Dhabi acabó con las deudas de la empresa adscripta al holding Premier League y hasta entonces en poder del empresario francés de origen ruso Alexandre Gaydamak.
Pero esta incursión, más la de los 357 millones de dólares que pagó la firma Abu Dhabi United Group -una de las principales compañías de bienes y raíces del Medio Oriente- por el Manchester City, es apenas una muestra de la estrategia de expansión de los llamados países del Golfo Pérsico por conquistar un lugar importante en la industria mundial del entretenimiento.
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