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Giacometti: un arte preocupado por el destino del hombre
La longilínea «La mujer que camina», bronce fundido en el año 1932, y uno de los dos imponentes «El hombre que camina» (el otro se vendió hace dos años en 104,3 millones de dólares, récord para Giacometti).
La curadora Véronique Wiesinger trajo a Rio de Janeiro y a Buenos Aires las piezas clave, el corazón de la colección de la Fundación Alberto y Annette Giacometti radicada en París, ciudad donde vivió el artista suizo desde los 21 años. La muestra se inicia con la primera pintura que Giacometti pintó en el taller de su padre, en Suiza. La curadora relata, a partir de este paisaje, la estrecha relación entre padre e hijo, ambos artistas; habla sobre cómo sobrellevan la separación cuando el joven se radica en París, y descubre el modo en que la vida de Giacometti se entrelaza con la obra.
Al igual que otros artistas, Giacometti asistió en París a las clases del escultor Antoine Bourdelle y, en su obra temprana, se percibe la influencia del cubismo, del arte arcaico del neolítico, del arte africano y las máscaras mortuorias de Egipto. En las esculturas de los años 20, resuenan los ecos de las formas de Brancusi, Man Ray o Picasso, pero, además, ya se perciben las líneas que configurarían el estilo inconfundible del artista durante el resto de su carrera. El mejor ejemplo, acaso el más bello, está en la fluidez estilística cuyo origen se puede rastrear en la escultura negra, y que ostenta «La mujer que camina», bronce fundido en el año 1932.
A partir del año 1930, Giacometti había comenzado a crear esculturas surrealistas y, con la creatividad de sus «Objetos mudos y móviles» y su «Bola suspendida» pasó a ocupar un lugar privilegiado entre los grandes nombres del movimiento. Como en una isla dentro de la sala, está el arte utilitario, mayormente lámparas que el artista diseñó para el decorador Jean Michel Frank. La meta del artista seguía siendo el hombre, en este caso, el entorno que lo rodea. Por su parte, Frank, desde su estudio de la calle Faubourg Saint Honoré conquistó clientes poderosos como los Guerlain en París, los Rockefeller en Nueva York y los Born en la Argentina. La amistad del decorador con Ignacio Pirovano lo traería a Buenos Aires y con él llegarían las obras de Giacometti que permanecen todavía en colecciones particulares.
La exposición en su conjunto pone el acento en el interés de Giacometti por el hombre y exhibe una serie de cabezas. «El lugar del cuerpo donde se concentra la vida», aclara la curadora. «Tête qui regarde» (1929) es una cabeza de líneas abstractas, que, por una de esas vueltas del destino, llegó a la Argentina (Ver recuadro). Hay un cráneo, un retrato post mortem del padre de Giacometti, y una cabeza de yeso pintada en colores brillantes con afán decorativo, un retrato de Flora Mayo: «Un ángel y un demonio», la describe Wiesinger. La curadora cuenta que al joven artista recién llegado de Suiza lo seducían esos personajes transgresores, salvajes y enteramente libres. «Así llegó a hacerse amigo de prostitutas y admiraba a una asaltante que robaba bancos a punta de pistola. Sentía que en París todo podía pasar».
En otro orden de cosas, los retratos de Sartre y Simone de Beauvoir son testimonios de amistad y también de sus búsquedas filosóficas.
Antes de la Segunda Guerra Mundial la obra de Giacometti comenzó a reflejar la crisis, su búsqueda sobre el sentido de la existencia humana. Desde entonces, la figura humana pasa a ser su único tema. Crece entonces su obsesión por capturar la realidad, que lo lleva a recortar el espacio e insertar sus personajes esquemáticos en lugares tabicados como jaulas. Esculpe, ateniéndose siempre a la realidad, diminutas figuras lejanas y enormes figuras cercanas.
Estas mujeres siempre quietas y sus hombres deambulando en el espacio y también en el tiempo, derrochando su energía en el movimiento, transmiten su desamparo. Si se coteja el dramatismo de su obra con el de Picasso o Bacon, es posible advertir una gran diferencia: Giacometti refleja la penuria espiritual, pero elude toda acusación.
En la extensa exposición hay cabezas que surgen como la lava de las montañas, la consustanciación del hombre y la naturaleza es absoluta. El artista logra descolocar al espectador con una serie de bustos espectrales y sin discursos que relaten su historia, estos personajes fantasmagóricos realizados en bronce inducen, con sus miradas vacías, el recuerdo de las masacres. La muerte ronda a su alrededor y junto al retrato de su mujer, «Annette noire».
Al final de la exposición el espectador encuentra las figuras gigantescas, el énfasis tan conmovedor como heroico de «El hombre que camina». La escultura alcanzó hace dos años el record de Giacometti (104,3 millones de dólares). El artista hizo fundir dos bronces, uno de ellos se expone en La Boca, el otro, es de Lila Safra, viuda de un accionista del Discount,
La colección de la Fundación Giacometti sólo posee en París una oficina, según relata Véronique Wiesinger gran parte de las obras se encuentran en museos, muchas en el Pompidou.


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