9 de septiembre 2010 - 00:00

“Gorri”: un retrato inacabado

El documental de Carmen Guarini ofrece una mirada muy parcial (la de un breve grupo de discípulos y amigos) sobre Carlos Gorriarena, un artista que fue querido como pocos por sus pares.
El documental de Carmen Guarini ofrece una mirada muy parcial (la de un breve grupo de discípulos y amigos) sobre Carlos Gorriarena, un artista que fue querido como pocos por sus pares.
«Gorri» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir. Carmen Guarini. Documental.

Los preparativos de una la muestra póstuma de Carlos Gorriarena en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta y, el relevamiento de la obra que heredaron su hijo y su viuda, la galerista Sylvia Vesco, son el soporte argumental de «Gorri», de Carmen Guarini.

Desde el inicio, Vesco aclara que la ausencia del artista determina una inmensa responsabilidad para aquellos que están a cargo del cuidado y la valoración su obra. Pero la ausencia del artista, en este caso de un artista querido como pocos en el ambiente artístico -ambiente que es muchísimo más extenso que el que convoca la película-, también acarrea la responsabilidad de mostrarlo en todas sus facetas. En este caso, la mirada dominante sobre «Gorri» es la de un breve grupo de discípulos y amigos sumamente expansivos, que con la mayor naturalidad enuncian sus criterios interpretativos y confabulan una marea de conjeturas e intentos de aproximación a su obra.

Falta sin embargo algo fundamental: la concordancia exacta entre la palabra y la imagen. Es decir, cuando se habla de que el artista «construye desde la destrucción», o se lo coteja con Berni, o cuando señalan especificidades como «la búsqueda de los matices», «un camino gris» y una pintura donde «están todos de perfil», se advierte (y padece a la vez) la ausencia testimonial de las imágenes.

Uno de los mayores logros de Guarini es haber rescatado imágenes donde el propio artista se refiere a su obra «que no es social ni política», porque descree que el arte sirva para modificar la realidad y, sobre todo, donde enuncia la imposibilidad (o dificultad) de traducir el lenguaje del arte en palabras.

El otro logro es la insistencia de la cámara en mostrar un autorretrato donde Gorriarena aparece de cuerpo entero y rodeado de flores, proyectando una sombra que refleja su imagen. Se trata de «El pintor y su sombra», realizado en 2006, poco antes de su muerte, el cuadro que abría la muestra de la Universidad de Tres de Febrero curada por Diana Wetschler (que cruza el film como una sombra). Sobre un muro color rojo hay unas flores amarillas que recuerdan las de Matisse, y la figura del artista pensativo y mirando al espectador se recorta sobre una ventana abierta hacia un cielo azul. Antes de cruzar esa ventana, Gorriarena nos regala con esta pintura su visión de un fenómeno secular: el cuadro como una ventana abierta al mundo y el artista como el personaje que a través de los siglos no hace otra cosa más que reiterar sus percepciones del mundo en la tela.                

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