Uno de los efectos no deseados de 2012 es que la búsqueda de altos rendimientos está generando un incremento no bien evaluado en el nivel de riesgo de las carteras. El problema es que los inversores pagan cada vez más dinero (y seguirá así mientras los bancos centrales continúen inundando sus plazas con él) por tasas más bajas, lo que reduce el diferencial entre distintos niveles de riesgo (los treasuries pagan hoy el 1,76%, los bonos corporativos AA el 1,946% y los BB el4,481%; en enero era el 2%, el 2,8% y el 6%). Así durante 2012 se emitieron bonos chatarra en los EE.UU. por u$s 350.000 millones (el 40% sin ninguna garantía), una cifra sin precedentes, en un año flojo en el frente de las IPO (se retiraron netos de los FCI en acciones u$s 24.000 millones e ingresaron netos u$s 21.000 millones a fondos de renta fija). Pero no sólo fueron bonos chatarra, sino REIT, CLO y toda la parafernalia de papeles que habían desaparecido acusados de la crisis de 2008. Este apetito por el riego, exacerbado por el Gobierno (las colocaciones del Tesoro en 2013 menos las recompras de la Fed darían un neto de nuevos títulos por u$s 300.000 millones, insuficientes para la demanda), generó que los bonos corporativos CCC dejaran una ganancia del 18,3% en el año y que los bonos de mercados fronterizos (la Argentina, la gran excepción) dejaran el 21,5%, frente al 3,8% de los bonos del Tesoro. En estos casos la matemática es siempre imprecisa, pero por cada punto que trepe la tasa de los treasuries el precio de la «chatarra» podría caer más del 9%, algo para tener muy presente. El viernes el Dow trepó el 0,33% a 13.435,21 puntos (ganando el 3,8% en la semana) y el S&P 500 quedó en el máximo desde diciembre de 2007. Si vivimos un rally, las explicaciones sobran.
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