2 de mayo 2016 - 00:00

Héctor Giuffré: el realismo reflexivo de un maestro

El realismo de Giuffré está lleno de asociaciones psicológicas existenciales, sello personal de un artista para el que el acto de pintar es un acto de conocimiento, también válido para el contemplador.
El realismo de Giuffré está lleno de asociaciones psicológicas existenciales, sello personal de un artista para el que el acto de pintar es un acto de conocimiento, también válido para el contemplador.
 En el MAT- Museo de Arte Tigre-, bajo la curaduría de Mariana Marchesi, se exhibe "Héctor Giuffré-La Realidad de la Pintura", una selección de pinturas, dibujos, acuarelas realizadas entre 1973 y 1983. Figura central del arte argentino, vive desde hace 30 años en Chicago, razón por la que sus obras sólo se ven muy esporádicamente en Buenos Aires.

Pertenece a una generación en la que, entre otros, se incluye a Pablo Suárez, Ricardo Laham, Juan Pablo Renzi, Miguel Ángel Bengochea, Hugo De Marziani, Hugo Sbernini, Eduardo Giusiano que no cedió a ninguna influencia externa como tampoco a la del mercado.

Enrolado en una corriente realista, su realismo procede de la observación, la indagación, el análisis, la recreación, la crítica. De allí que, aunque todos los elementos se reconozcan en su composición, se necesitan algunas claves para penetrarla. En primer lugar, la luz, que contribuye a cierta severidad de la imagen que no está de más señalar, parte de un dibujo muy elaborado.

El tratamiento del espacio donde ubica la naturaleza muerta, o el retrato o cualquier otro de sus temas, no parte de ninguna improvisación sino de que todo ha sido muy racionalmente planeado. Durante una conversación que mantuvo con el poeta, ensayista y crítico de arte, César Bandin Ron, transcripto en su libro "Plástica Argentina - Reportaje a los años 70", cuya tapa se ilustró con la obra que se reproduce en esta nota: "Chancho" (1976), un animal cortado por el medio y que en opinión de muchos críticos está asociado con los años de la dictadura militar, pero basta recordar que este tema aparece ya en la pintura holandesa, un ejemplo, Rembrandt y su "Buey Desollado" de 1643. Volviendo a esa conversación, Giuffré señala que "ningún pintor puede llegar a hacer una obra trascendente por pura emoción. Hay quienes son muy intuitivos, pero la intuición sin el raciocinio está perdida... Un trabajo, ya sea bien hecho o mal hecho, no depende de la inspiración, es el resultado de una estrategia muy bien desarrollada, lo menos improvisado que hay".

En la obra de Héctor Giuffré no se va a encontrar "al durazno en el que se vean todos los pelitos", la realidad es la que forma parte del ser que la realiza, es decir, la conjunción entre el sujeto y el objeto.

Otra de las claves al enfrentarse con la obra de este artista es la armonía, el equilibrio total que se establece y aquí señalamos lo que Giuffré defendió y defiende: el acto de pintar es para el pintor un acto de conocimiento, también válido para el contemplador.

Cuando el sujeto se observa a sí mismo trata de objetivarse, ponerse frente al espejo para poder contemplarse y analizarse. Hay muchos cuadros del artista en los que el espejo replica a las personas, un verdadero juego visual. Un maestro en el uso de las sombras, uso de la geometría, una mesa con un cajón abierto, una combinación de paralelas, un pollo, al que el cuchillo sobre un plato, de por sí un elemento amenazante, y más amenazante la probable escena a desarrollarse.

Giuffré es también un gran retratista. En el medio de la sala hay un pequeño cuarto donde están los retratos de destacadas figuras entre ellos, los coleccionistas Ignacio Pirovano y Marcos Curi, el poeta Ángel Bonomini, los críticos Rafael Squirru y Raúl Santana. Otro acierto en materia de retratos es el de Ignacio Rucci "La peinada", campera de cuero, la captación del gesto que en este caso, se supone frente a un espejo. También en estos retratos el artista se indaga sobre sí mismo.

El realismo de Giuffré está lleno de asociaciones psicológicas existenciales, es reflexivo, ya mencionamos la palabra severidad, podríamos agregar austeridad además de una pintura tersa en su ejecución.

En recientes declaraciones del escritor irlandés John Banville, amante de la pintura, dice que "la humilde tarea del arte consiste en mostrarnos lo extraordinario que es lo ordinario". Bien podría aplicarse a la pintura de Giuffré que sólo habla para aquel que lo mira en silencio.

Clausura en junio (Paseo Victorica 972. Tigre).

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