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Hernán Brienza, a lo Arlt, de lo real a lo fantástico

«La bruja de Menem», Hilda Evelia, fue quien dio el gran impulso para dedicarse a este libro al periodista y escritor Hernán Brienza. Al final de una entrevista que le realizó en 1997, Brienza le comentó con tono irónico que tenía ganas de escribir «una novela cuyo tema central fuera la búsqueda del Santo Grial» partiendo de la hipótesis de que «la copa con la sangre de Cristo estaba oculta en algún lugar de la Argentina».
La bruja se puso seria: «tal vez estés menos equivocado de lo que pensás»,le susurró. Brienza sonrió socarrón. Y de pronto apareció el marido de Hilda y «afirmó categórico: El Santo Grial está en la Argentina».
Brienza fantaseaba con hacer una novela al estilo de las de Leopoldo Marechal, y si bien su trabajo se presenta como «periodismo de investigación» participa de esa mezcla de investigación y literatura que floreció a partir del «nuevo periodismo», de Tom Wolfe y compañía. Brienza ha logrado ir de lo real a lo fantástico para volver a lo real en un juego de idas y venidas que hacen atrapante su relato, que le permiten pasar de un cápitulo extenso al que sólo contiene un diálogo o un intrigante párrafo.
Se ha dicho que el libro se lee como las novelas de Osvaldo Soriano o de Jorge Fernández Díaz, pero, en realidad, por su colección de personajes delirantes, de marginales y esotéricos a buscadores de tesoros, milagreros, órdenes secretas, sectas demoníacas y conspiradores nazis, por el tejido de situaciones delirantes y verosímiles, pareciera remitir a las andanzas de los locos del genial Roberto Arlt. Personajes que se ríen de «Indiana Jones y la última Cruzada» porque «aseguran que el cáliz no es un objeto de madera hecho por un carpinterito» (ni el que revela Dan Brown en «El Código Da Vinci», el que porta en su cuerpo María Magdalena) sino una «copa que viene del fondo de los tiempos», una «piedra preciosa» y que hoy estaría en el que fuera «el lugar del Eden, la Patagonia» o en Córdoba, en el famoso Uritorco, en Capilla del Monte o al pie de la sierra de los Comechingones, en Traslasierra, donde «en determinado día del año, entra el sol por una ventana natural de la sierra y marca el lugar exacto donde esta enterrado el Cáliz que usó Jesús en la Ultima Cena». Cosa que hace que cuando el narrador, Hernán Brienza está por abandonar la aventura, la deja en un potencial continuará.
S.H.M.


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