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Hernán Dompé: totems con perspectiva contemporánea
Uno de los siete relieves de «La última mirada», serie con la que Hernán Dompé evoca a su hija fallecida en 1999. En otra sala del mismo centro Recoleta se exhibe su instalación «El instante».
«El instante» (sala J), muestra un grupo de guerreros a la expectativa, preparados para atacar. La instalación, integrada con sus obras más recientes, incluye armas, barcos, cascos, escudos y totems, realizados con materiales reciclados de máquinas, herramientas, fragmentos de postes y tranqueras.
Las obras de Hernán Dompe (1946) recobran, desde una perspectiva contemporánea y propia, la aptitud religiosa y social del totemismo. Hay en ellas una resonancia de sacralidad y una disposición de tono moral: él mismo indicó que sus totems encierran una propuesta terrena, tan sostenida en nuestro tiempo: la de impedir y detener la destrucción del medio. Pero tal objetivo procede del carácter espiritual de los Totems.
A mediados de los años 60, Dompé realizó estudios en España y Francia. Diez años más tarde, con el mismo objeto, se trasladó a Italia, visitó Holanda, Alemania y Suiza. En 1982, viajó becado a los Estados Unidos, donde se instaló en Nueva York durante un año. Su viaje esencial fue, sin embargo, el que lo llevó a recorrer Perú y México, en 1980, donde tomó contacto con las realizaciones de aztecas, mayas, quichés e incas. Desde entonces ha recreado antiguas formas y métodos alusivos a las arcaicas sociedades latinoamericanas, con técnicas que producen objetos capaces de actualizar el universo precolombino.
Su remisión a las armas, herramientas agrícolas, barcas, totems, aspira al rescate de cánones que traducen una visión integral del mundo, fundada en una estrecha unidad entre la Naturaleza y la vida espiritual del hombre.
En sus esculturas se destaca la consumada ejecución, tan precisa y, a la vez, tan imaginativa. La madera, el hierro y el bronce, a los que ha circunscripto la mayoría de sus obras, y antaño el mármol y el granito, ceden por entero en las manos del artista, sin situaciones forzadas ni desarmonías.
Recurrió también a los elementos y artículos más insólitos, muchos de los cuales, sin embargo, eran utilizados por las sociedades arcaicas como adornos y amuletos: huesos, dientes y cráneos de animales, astas, cerdas, caracoles, pero también, eslabones de cadenas, clavos, telas, llaves, cueros, sogas, tapas de cerradura, mangos de violín.
Se destacan las Barcas, erizadas de puntas agudas en la cubierta y en la quilla, pero esbeltas y arrogantes en su quietud; las Ballestas, los Cuchillos, las Hachas y las Herramientas agrícolas, caracterizadas por su enorme altura y su presencia enigmática; y los Totems.
En sus altos totems el artista sintetiza la medida más terminante de su creatividad, aunque no es exagerado suponer que las armas, los utensilios de labranza y aun las naves constituyen, más allá de sus apariencias formales, otras tantas entidades totémicas.
Según Dompé, los totems son «los símbolos básicos del enlace entre la tierra y el cielo». El tótem (palabra que viene de la lengua de los ojibwas, indios que poblaban parte del territorio norteamericano y el canadiense) es, casi siempre, una especie animal o vegetal, y rara vez una clase de objetos inanimados o hechos por el hombre, al que la tribu testimoniaba (y testimonia todavía, en algunas sociedades aborígenes) un supersticioso respeto, por considerar que entre sus miembros y el tótem, existía una indisociable relación de parentesco.
Los hombres y las mujeres de la tribu veneraban al tótem, de quien se creían descendientes consanguíneos y cuyo nombre tomaban, en periódicas ceremonias rituales. Espíritu defensor y bienhechor, el tótem auguraba también el porvenir de sus fieles y los conducía en sus acciones. Quien diera muerte al tótem animal, destruyese al tótem vegetal o dañara al tótem objeto, perdía la vida.
El totemismo era entonces (y es, donde aún se lo practica) una actitud religiosa, quizás la primera de la humanidad, y, a la vez, social, porque investía las creencias espirituales de la tribu (que llevaba el nombre de su tótem como el apellido de una dinastía, pues el tótem era hereditario), y de tales creencias derivaba sus normas jurídicas, políticas y éticas.
Dompé las representa en sus Totems, cuya materia básica es la madera, una sustancia natural por excelencia, aunque el hierro tiene participación en casi todos ellos, tanto de manera total como parcial. La forma de estas esculturas responde a un modelo: se trata de una columna, con un basamento y una coronación: un ave, un conjunto de medias lunas, un tridente, un casquete. Las columnas están labradas y facetadas; en alguna de ellas parece advertirse una figura humana (dos ojos, la nariz, la boca); muchas tienen el contorno dentado; y otras culminan con elementos tomados de las armas (el arco de la ballesta, la hoja del cuchillo).
En suma, los Totems se elevan como plegarias del hombre a la providencia, al centro de donde emana su sentido último de la vida y la muerte.


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