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Historia sensible sin dramatizaciones
La directora coreano-americana So Yong Kim cuenta a través de episodios dispersos la tocante, pero no lacrimosa, historia de dos hermanitas que sólo se tienen a sí mismas tras el abandono de su madre.
Es tocante la escena en que las nenas la miran irse desde un montículo de tierra con escombros, donde ponen una rama seca imaginando que plantan un arbolito. Duele también la parte en que la esperan, dando por sentado que ha de volver, ya que cumplieron su parte y aún confían en las promesas maternas y las soluciones mágicas. Pero no son dolores muy fuertes para el público. Primero, porque las chicas se las rebuscan para darse maña por sí mismas en algunas cosas. Segundo, porque ésta es una obra medio minimalista, así que evita subrayados, música intensa, y hasta sonido ambiente para dramatizar las acciones. Aún más, carece de lágrimas, salvo en una muy breve toma, y se desarrolla en base a momentos sin continuidad definida. Un poco como funciona la memoria de nuestra infancia, algo apropiado en este caso ya que la base inicial del relato es la memoria de la propia autora, la coreano-americana So Yong Kim. Cuando ella era niña, su madre, divorciada, se mandó mudar en busca de futuro sin dar mayores explicaciones (precisamente a esa madre está dedicada la película). Por suerte la nena no se quedó con una tía antipática, sino con los abuelos del campo. Y también las nenas de su película hallarán finalmente refugio y cariño con la abuela del campo. Ahí van a crecer mejor, parece decirnos el desenlace.
Ese tipo de narración que avanza a través de episodios «dispersos» parece especialmente adecuado cuando se trabaja con criaturas pequeñas. Además ya se ha vuelto estilo y es aceptado por el público de festivales, que en este caso ya conocen a So Yong King (su anterior «In Between Days», sobre una adolescente, ganó aquí el Bafici 2007) y conocen también a su marido, coproductor y coeditor Bradley Rust Gray («The Exploding Girl»). Con estilo levemente parecido, pero fuerte dramatización, se desarrollan dos modelos destacados por la propia autora: «Ponette», de Antoine Doillon, y «Nadie sabía», de Kore-eda (ambas sobre niños huérfanos). Y con mayor valorización de las abuelas de antes, y a lágrima batiente, el recordado «Camino a casa» («Jibeuro», ese del niño malcriado y la viejita encorvada y paciente, también de Corea).


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