En su nuevo espacio de la calle Arroyo, la galerista Isabel Anchorena presenta en estos días una nueva serie de pinturas del artista mendocino Eduardo Hoffmann. La muestra se destaca por las grandes dimensiones de las pinturas, las cualidades de la materia (esmaltes, pigmentos, barnices, óleos, tintas, papeles y, en ocasiones, acrílicos) y una oscilación entre abstracción y figuración. Las abstracciones evocan, de modo lejano, los puntos de la obra gráfica o algunas formas orgánicas como las arterias o el corazón. Hoffmann cuenta que el film "El molino y la cruz", basado en la vida del artista Pieter Brueghel, le inspiró reflexiones acerca del compromiso personal. "Desde mi cómodo taller, llegué a la conclusión de que otrora, para los artistas, el compromiso de documentar un hecho histórico era inevitable, les era mucho más difícil esquivar estos sucesos o mirar para otro lado". Los artistas tenían una misión que cumplir. Al no existir la fotografía, el dibujo o la pintura eran la única forma de registro visual. "Tan noble gesto convertía a los artistas en verdaderos héroes, ponían en riesgo sus vidas o eran corresponsales de guerra. Desde esa perspectiva mi oficio queda reducido a un mero tratado narcisista", deduce Hoffmann y recuerda a Fernando Pessoa. "Si el mundo no es amable ¿la pintura servirá?, acaso tanto como una doncella que va por la vida gratificando con su belleza y se pierde al doblar la esquina... quizás para no verle mas." Así, se cuestiona si la belleza es necesaria. En todo caso, aclara, la belleza "no limpia los ojos y otros órganos, ni la rosa o el árbol de tilo con su intenso responsable y filantrópico perfume no son ineludibles y ejemplares". De todos modos, Oscar Wilde sostenía que la belleza cumple con un papel primordial, al decir: 'Mirar una cosa es muy distinto de verla. Hasta que ve su belleza uno no ve nada. Sólo entonces existe'".
A.M.Q.
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