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Impactante puesta en escena callejera para coronar cierre
La estación «Malvinas», una de las más conmovedoras y para la que no se necesitó destreza, sino capacidad de síntesis y habilidad para estremecer.
Se trató de una impactante y conmovedora creación de Diqui James, fundador de la Organización Negra, De la Guarda y Fuerzabruta (el grupo argentino más celebrado internacionalmente). Su capacidad expresiva y sintética para representar, con enormes cantidades de artistas y gigantescas estructuras, conceptos como democracia, golpes militares, las rondas de Madres de Plaza de Mayo o la crisis de 2001 asombraron al público masivo que lo desconocía, también a los fans que vieron decenas de veces las corridas aéreas y acrobacias sobre grúas en galpones o carpas pero, sobre todo, a los presidentes que acompañaban a Cristina de Kirchner en el palco presidencial.
Evo Morales, Lula da Silva, Hugo Chávez fueron tomados por las cámaras más de una vez boquiabiertos. Sobre el final, con murga y carnaval (la «estación» que simbolizaba la vuelta a la democracia), todos empezaron a mostrar con el cuerpo el entusiasmo creciente, que tuvo su clímax cuando la Presidente mostró su habilidad para el baile, y ya nunca volvió a tomar asiento.
Dos mil personas representaron en vivo 19 cuadros simultáneos, y se repitieron 24 veces para que la muchedumbre pudiera recibirlos. De todas las representaciones, varias quedarán por mucho tiempo grabadas en la memoria tanto de la multitud in situ, como de los que lo vieron por TV, por el ingenio de su resolución y por la fuerza de sus imágenes simbólicas, entre ellas, el cuadro «Los inmigrantes», con un barco de 30 metros de eslora, una malla metálica desplegada sobre la parte inferior del navío, haciendo las veces de mar, y las chicas de «Fuerzabruta» corriendo a toda velocidad, de punta a punta, en las acrobacias con arneses típicos de la danza aérea. En tanto, la vela de ese barco era otra estructura giratoria sobre la que otros artistas voladores corrían sujetados por arneses.
Además, dentro del barco tocaba una orquesta multiétnica con instrumentos y músicas de diversas colectividades. Pero no faltaron los «otros» inmigrantes, aquellos que no llegaron en barcos, como los peruanos, bolivianos o paraguayos, representados con sus típicos atuendos y danzas.
Otra estación verdaderamente impactante fue «Industria nacional», con una megaestructura de la que pendían un auto Siam Di Tella y acróbatas corriendo y volando sobre él. De otro sector de esa misma carroza pendían seis heladeras Siam, de las que entraban y salían acróbatas aéreos, que gateaban, saltaban, se retorcían y corrían en todas direcciones.
El tercer cuadro impresionante, sobre todo por su simbolismo, fue la seguidilla de golpes militares y democracias. Ingresó una enorme estructura que sostenía una balanza gigante, una Constitución nacional, varias urnas y la paloma de la paz, además de un hombre con sus brazos en alto y cadenas rotas. Luego de varios minutos de circular con musicalización desapacible, todo eso se prendió fuego y, luego de un rato, se apagó con una catarata de agua.
A continuación, en una tormenta interminable con agua a borbotones potenciada por los efectos sonoros, irrumpió uno de los cuadros más fuertes de la noche: las Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos blancos iluminados desde adentro, caminando alrededor de la estructura.
Más tarde llegó la estación «Malvinas», una de las más emocionantes y para lo que no se necesitó destreza sino capacidad de síntesis y habilidad para estremecer. Los soldados se acercaban marchando, también bajo agua, hasta que con un estruendo cayeron todos de bruces al piso. Inmediatamente, de esos mismos cuerpos que yacían surgieron, una a una, cruces blancas. Conmovedor.
A esas diferentes estaciones se sumaron otras. Pero no todo fue vía crucis. Hubo algarabía y celebración, con las carrozas del tango (taxis que ingresaban con bandoneonistas y violinistas sentados sobre los techos, tocando diferentes tangos y milongas, mientras los pasajeros a bordo bajaban para bailar); folclore (con bombos, chacarera, chamamé, zamba, cueca o malambo, y varios chivitos asándose en vivo) y el festejo del retorno de la democracia, con el carnaval y la murga a todo estruendo, movimiento y color.
En ese momento fue cuando se entusiasmaron Néstor y Cristina Kirchner, y hasta se probaron sombreros que les pasaban los murgueros al compás del tamboril. Una de esas galeras albicelestes rezaba «Néstor presidente 2011», y ninguno de los dos se resistió a probárselo, aunque brevemente.
Todos los cuadros, algunos más técnicos, otros más emocionales, probaron la capacidad de Diqui James para la coordinación de un total de 2.000 artistas en vivo repartidos más o menos de a 200 por carroza y estación.
El desfile había comenzado con «La Argentina», una grúa gigante de la que colgaba una acróbata vestida de celeste y blanco, que giraba en el aire sobre el eje de la grúa y volaba sobre los espectadores, a veces tocándolos. Luego llegó el cuadro de «Pueblos originarios», con atuendos e instrumentos típicos, el «Exodo jujeño» y el «Cruce de los Andes», con logradísima ambientación lumínica (como en todos los casos), pues el contraste del calor al frío se «sentía» gracias a los colores utilizados. En el de los Andes participaron 150 verdaderos granaderos, muchos a caballo y otros a pie, con efecto de nieve. Ahí, Cristina acompañó el canto multitudinario de la «Marcha de San Lorenzo», aunque por momentos se olvidaba la letra.
En «Movimientos políticos y sociales» pasó una multitud portando pancartas de diferentes movimientos y cantando marchas, en «Crisis económicas», los acróbatas aéreos actuaban distintos tipos de debacle, mientras cerca del final «El presente y el futuro» puso a la educación en el centro de la escena. El cierre fue para «Rock nacional», con DJ Zuker en las bandejas y temas locales remixados.
En ese momento se abrieron las vallas para que el desfile se tornara celebración colectiva y rave. En rigor, la celebración colectiva se vivió desde el primer minuto.


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