2 de octubre 2009 - 00:00

Imperdible muestra de Juan Melé

La renovación es una constante en la obra de Juan Melé, artista clave del vanguardista moviviento Arte Concreto-Invención, que a los 86 años sigue seduciendo con su plástica profunda y reflexiva.
La renovación es una constante en la obra de Juan Melé, artista clave del vanguardista moviviento Arte Concreto-Invención, que a los 86 años sigue seduciendo con su plástica profunda y reflexiva.
El período Arte Concreto-Invención marca un antes y un después en la Historia del Arte Argentino. Movimiento vanguardista, innovador y un artista clave que continúa activo, en plena producción, vigente. Se trata de Juan Melé (Buenos Aires, 1923), integrante de las vanguardias argentinas de los 40, del que se exhibe una muestra antológica titulada «Un Clásico del Arte Concreto», en Galería Van Eyck (Av. Santa Fe 834).

Incluye esculturas, grabados, relieves, pinturas de distintos períodos, empezando por «Invención» N° 167, 169, 182, obras realizadas en Nueva York. En 1981, desde estas columnas, el crítico Jorge Feinsilber se refería a ellas como «una superposición de claros y personales enfoques matemáticos aplicados a los múltiples y novedosos haces de luz que se complementan con líneas, planos y tubos suspendidos en el espacio».

En su obra la palabra renovación es una constante. En un diálogo con este diario en 2004, Melé señaló que algunos artistas le negaban la categoría de «concreto» y que «afortunadamente, ahora, no soy concreto». Esto significa que nunca quiso quedarse estancado en la pureza extrema que corría el peligro de convertirse en repetitiva, ni tampoco en el tiempo.

Melé transitó por muchas etapas sin perder su identidad. Demostró, y esto puede constatarse en los relieves que se exhiben, que no ha agotado las diversas maneras de articular en el plano estas estructuras que dialogan no sólo geométrica sino cromáticamente. Las formas pueden descomponerse, fragmentarse, irradiar el color hacia otras, pero finalmente constituyen un todo en el espacio. Las formas en sí son ascéticas pero en ese todo, cuando se encuentran, jamás se repiten, por lo que Melé da cuenta de una imagen rica en propuestas.

Son veinticinco obras, resultado de una investigación que no cesa, de un trabajo absolutamente personal, de cambios que lo han mostrado como un artista sensible, fiel al postulado de «afirmar el presente y proyectarse al futuro», contradiciendo a aquellos que entonces calificaron este arte como «incomprensible», «deshumanizado», «demasiado geométrico», «frío», «propio de los nórdicos».

El arte concreto no desconocía al hombre y así quedó demostrado a través de las construcciones colectivas del urbanismo moderno donde arquitectura, pintura, escultura se fusionan en un todo estético para cumplir con la función social que le corresponde. Hoy esto ya no está cuestionado, las batallas ideológicas respecto al arte concreto quedaron atrás. Melé continúa seducido por la geometría y el espectador por su plástica profunda y expresiva.

Debe destacarse que este artista en los últimos tres meses ha donado siete obras que se integrarán al patrimonio de los Museos Franklin Rawson de San Juan, Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe, y Emilio Caraffa de Córdoba.

La muestra clausura el 17 de octubre.

  • En el año 2000, Juan José Cambre (1948) exhibió en Galería Klemm una serie a manera de frisos en la que aparecían secuencias de espacios cromáticos, perforados por puntos luminosos de efecto fotográfico que se expandían como moléculas y trastornaban el supuesto paisaje. En el 2005 exhibió en Wussmann una serie dedicada al monocromatismo: rojo, amarillo, un panel donde desarrolló una infinidad de verdes.

    En su muestra actual en Galería Vasari, combina ambas situaciones, sólo que ahora es el tiempo del azul. Color, que como otros, tiene su historia.

    El periodista y crítico literario Alejo Schapire analizó en un artículo «Azul, Historia de un Color» de Michel Pastoureau, un medievalista francés citado por Rafael Cippolini en su texto sobre la exposición de Cambre. Pastoreau toma el azul desde el neolítico hasta finales del siglo XX. Color de poco prestigio y que «a partir del año 1000 se pone de moda», fenómeno que el escritor atribuye a la Virgen María cuyo manto pasa del negro, al gris, al pardo, al violeta y finalmente al azul. Se vuelve aristocrático. Aparecen los vitrales de Chartres, entre los que se destaca «Notre Dame de la Belle Verriere», ante el cual la gente solía arrodillarse en adoración; más adelante, color favorito de los reyes, de la Revolución Francesa y así hasta el romanticismo, los jeans, el deporte y el color de la Tierra visto desde el espacio.

    Volvamos a Cambre, al que le preocupa el color, que trabaja enmascarándolo o revelándolo o gozando al señalar sus diferentes matices. De allí el friso que muestra los azules conseguidos para apresar la sensación de estar en un bosque encantado cuya luz invade el espacio que nos rodea.


  • Galería Vasari (Esmeralda 1357).

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