11 de junio 2009 - 00:44

Inédita polémica y reto al guía espiritual en el fin de la campaña iraní

• CURIOSO: EL NEGACIONISTA AHMADINEYAD COMPARÓ A LOS REFORMISTAS CON HITLER

Alí Akbar Hashemi Rafsanyani (izquierda), ex presidente y hombre de gran poder en el régimen iraní, lanzó ayer un inédito desafío al líder espiritual, Alí Jamenei. Reformistas (derecha).
Alí Akbar Hashemi Rafsanyani (izquierda), ex presidente y hombre de gran poder en el régimen iraní, lanzó ayer un inédito desafío al líder espiritual, Alí Jamenei. Reformistas (derecha).
Teherán - Con violentos cruces verbales entre los candidatos, al estilo de las campañas electorales occidentales, sumados a masivas manifestaciones callejeras, cerró ayer en Irán el proselitismo presidencial de cara a las elecciones de mañana. Esos comicios, que podrían significar un punto de inflexión en el régimen iraní y su relación con EE.UU., son observados de cerca por el mundo ante la posibilidad de reelección del extremista Mahmud Ahmadineyad.

La tensión del cierre de campaña incluyó un hecho prácticamente inédito en 30 años de la Revolución Islámica. El Guía Supremo, Alí Jamenei, una autoridad casi intocable en la vida iraní, fue advertido en público por el poderoso ex presidente Akbar Hashemi Rafsanyani (1989-1997) de que habría disturbios en las calles si no frena los ataques que le propina el presidente saliente Ahmadineyad.

Éste, que se postula a la reelección, acusó a Rafsanyani y a su hijo Mohsen de corrupción durante un debate televisado contra su principal adversario, el conservador moderado Mir Husein Musaví, ex primer ministro que se había retirado de la política.

Rafsanyani, quien preside el Consejo de Discernimiento, suerte de autoridad de interpretación de la Constitución islamista, no pudo ejercer su descargo en la TV pública, cuyo director depende de Jamenei. Ante ello, Rafsanyani pidió al Guía, como «amigo, compañero y camarada de armas de ayer, hoy y mañana», que resuelva «el problema y tome las medidas necesarias para terminar con este motín y apagar el incendio cuyo humo ya se ve». La pelea cobra relieve porque el ex mandatario, derrotado por Ahmadineyad en 2005, es un referente para políticos conservadores moderados y mantiene una fuerte cuota de poder. En su momento, al haber sido acusado por la Justicia argentina como uno de los responsables intelectuales del atentado a la AMIA, la teocracia iraní se abroqueló a favor de Rafsanyani para rechazar el pedido de extradición.

Ahmadineyad ejerce desde 2005 un mandato ultraconservador con tintes populistas, y encara un agresivo desarrollo nuclear -con fines pacíficos, según dice- esquivando los controles internacionales. Enfrenta a Musaví como principal adversario, cuyo triunfo descomprimiría la asfixia que impone Ahmadineyad con su fanatismo religioso, y si bien no desandará el desarrollo nuclear -una política de Estado fijada por el Guía Supremo-, sí aceptaría diálogo con la comunidad internacional.

La corrupción fue un eje central de la campaña. Por su parte, Ahmadineyad está acusado de haber hecho un uso abusivo y discrecional de subsidios a amigos y de «dibujar» los números de la economía, mientras se disparó una inflación del 25% anual y un desempleo de más del 12% (ver aparte).

«¿De dónde viene el dinero de su campaña?», contrarrestó Ahmadineyad en un debate, dirigiéndose a Musaví. «¿Cómo compró usted su casa?», le lanzó a Mehdi Karrubí, otro postulante reformista.

Ahmadineyad defiende los números oficiales de la economía cuestionados por la oposición. «¿Esto es mentira?, como la construcción de hospitales, el aumento del 70% del número de estudiantes, la construcción de tantas represas e incluso el desarrollo nuclear o la tecnología para enviar satélites», se preguntó reiteradamente.

El actual mandatario ultraislamista atacó también a la esposa de Musaví, Zahra Rahnavard, símbolo para las feministas locales, a la que acusó de haber obtenido ilegalmente su doctorado en Ciencia Política. «No es un asunto personal, ni de familia. Si alguien obtiene un diploma sin seguir el procedimiento, es ilegal, y quiero que la gente lo sepa», dijo el presidente saliente.

La presencia en las calles de los partidarios de Musaví, apoyado especialmente por la juventud de las ciudades, «es parte de una Revolución de Terciopelo», alertó Yadolah Javani, funcionario de la Guardia Revolucionaria, utilizando un término que fue ocupado para describir la revuelta sin violencia de 1989 en Checoslovaquia.

Ahmadineyad llegó a amenazar con encarcelar a los candidatos opositores después de las elecciones, debido a que sus «insultos» afectaron la autoridad presidencial. Pese a haber negado reiteradamente el Holocausto perpetrado por el nazismo, el mandatario desacreditó a sus adversarios comparándolos con Adolf Hitler. «Tales insultos y acusaciones contra el Gobierno son una vuelta a los métodos de Hitler, repiten mentiras y acusaciones hasta que todo el mundo cree esas mentiras», dijo con cinismo.

El fin de la campaña para dar paso a un día de reflexión coincidió con una intensa lluvia en gran parte del país. Ello no impidió que decenas de miles de iraníes participen de actos en las calles de Teherán y otras ciudades. Ahmadineyad encabezó manifestaciones con características festivas en los barrios del sur de la capital, los más empobrecidos. De su lado, Musaví realizó su último encuentro proselitista en la universidad de Lorestán, en el oeste del país.

Aunque la pelea mediática y los actos callejeros pueden remitir más a una realidad formal de las democracias occidentales, lo cierto es que la teocracia iraní invalida la comparación. Si bien es cierto que hay un margen para el debate en este país diverso de 72 millones de habitantes, un entramado de poder religioso, con el Guía Supremo en la cúspide, prevalece sobre básicos derechos políticos e individuales. Entre otras cosas, decenas de candidaturas son vetadas en cada elección, se censuran medios reformistas y ciertas políticas de Estado son fijadas más allá de las autoridades que emergen de las urnas, gusten o no.

Agencias Reuters, AFP y EFE

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