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Instituciones planean el año según necesidades del público
Yayoi Kusama, artista japonesa de 83 años que acaba de conquistar al público del Museo Reina Sofía, la Tate Modern, el Pompidou y el Whitney, estará en el Malba.
El Malba ya anunció su nuevo Plan Federal (ver Actualidad) y el arribo de la excéntrica japonesa Yayoi Kusama, artista de 83 años que acaba de conquistar el público del Museo Reina Sofía, la Tate Modern, el Pompidou y el Whitney de Nueva York. Kusama, después radicarse en Nueva York y de iniciar su carrera con el Pop, vive desde 1977 internada en un psiquiátrico de Tokio por su propia voluntad, aunque aún trabaja en un taller cercano a su sanatorio. La japonesa es un caso especial, se acaba de reinventar a sí misma con sus delirantes diseños para Louis Vuitton, colmados de lunares que todos quisieran poseer.
Su llegada le aportará al Malba una sobredosis de frivolidad internacional. Durante la prosperidad de fines del siglo XIX y principios del XX, la sociedad Argentina tuvo la mirada puesta en Europa, aún a costa de negar o relegar sus propios valores. Se asegura que había en Buenos Aires más cuadros de Sorolla que en España. Esa vanidosa tendencia vuelve a aparecer esporádicamente con otro arte, otros afanes, otros protagonistas y los ropajes que imponen los tiempos.
En suma, las instituciones dedicadas al arte renuevan en estos meses sus estrategias de acuerdo a sus propios objetivos políticos. Pero en todas se reiteran las visitas guiadas, el cine, los conciertos y las obras de teatro, se suman las nuevas programaciones de exhibiciones y, sobre todo, seminarios, conferencias, mesas redondas, congresos con artistas locales e invitados internacionales. La oferta se torna cada día más amplia, tanto en las instituciones públicas como las privadas, en la Argentina como en el resto del mundo.
Las exposiciones de arte contemporáneo son en todos los casos las más numerosas -ya que el arte antiguo tiene un límite-, y mientras una genuina marea de visitantes inunda los espacios de exhibición, crece al mismo ritmo la producción artística. En este contexto, la mayor parte de los espectadores aspira a entablar relación con el arte, vivir su propia experiencia estética, y resulta indispensable, no sólo satisfacer la curiosidad del público sino, además, estimularla. La gente quiere saber qué es lo que está mirando. Y como nunca antes en toda la historia del arte, desde los niños hasta los mayores se capacitan para ver.
Se sabe que más allá de la de la belleza el arte esconde su significado y se pretende entenderlo. El interés va desde la cuestión básica acerca de qué es -o no es- arte, hasta las consideraciones prácticas y filosóficas más profundas. ¿Es el arte un entretenimiento más, un consuelo para la existencia o, como opinan muchos, un buen refugio financiero?
En el libro «Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia», Arthur Danto cita al crítico Brenson de «The New York Times», quien para referirse a las cualidades de las obras que preservan los museos, dice: «Una gran pintura es una extraordinaria concentración y orquestación de impulsos e informaciones artísticas, filosóficas, religiosas, psicológicas, sociales y políticas». El crítico agrega: «Para los públicos que aman la pintura, la experiencia que ofrece esta clase de concentración y coherencia puede ser no sólo profunda y poética, sino también estética e incluso mística. No sólo hace que parezca existir un mundo espiritual invisible, sino que parezca accesible, dentro del alcance de cualquiera que pueda reconocer a la vida del espíritu en la materia». De este modo, parafraseando a Stendhal cuando decía que el arte encierra «una promesa de felicidad», y acaso teniendo en cuenta las dificultades del mundo en que vivimos, Brenson le atribuye la capacidad de ser «una promesa de curación».
Los buenos presagios son siempre bienvenidos. Pero el teórico argentino José Fernández Vega baja el nivel de las ilusiones, y considera excesivas semejantes promesas cuando titula su libro: «Lo contrario de la infelicidad. Promesas estéticas y mutaciones políticas en el arte actual».
Por lo demás, mientras algunos contemplan el arte extasiados o, con veneración, hay otros que parecen verlo todo aunque en realidad no ven nada. Son los que van por el mundo con esa mirada distraída que analiza Walter Benjamín: la mirada dispersa del burgués por la ciudad. En efecto, la realidad confirma que las instituciones deben contrarrestar de algún modo la dispersión reinante, y enfrentar la dificultad de comprensión que impone la complejidad del arte contemporáneo. El placer estético involucra el goce intelectual y, en consecuencia, la enseñanza se ha vuelto por varios motivos un menester obligatorio.


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