30 de diciembre 2016 - 23:43

Intento final de condicionar la diplomacia de Trump

Con las fuertes sanciones que impuso a Rusia, Barack Obama terminó de levantar un cerco para la política exterior de su sucesor, Donald Trump, que si bien es reversible no dejará de provocarle dolores de cabeza en temas centrales.

Cuando faltan 21 días para que Trump arribe a la Casa Blanca y emprenda lo que él mismo denominó como un relanzamiento de las relaciones bilaterales con Moscú, la decisión de Obama de sancionar a organismos de inteligencia rusos y expulsar a diplomáticos termina de complicar una transición ya tocada por la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra los asentimientos de Israel, lograda gracias a la abstención estadounidense.

Obama golpeó en el corazón de una de las principales ambiciones del magnate para su administración: lograr una sociedad con el presidente Vladímir Putin. Pero el golpe, si bien doloroso, no es mortal.

El demócrata apeló ayer a una orden ejecutiva (decreto) para las sanciones. Una nueva disposición de Trump podría revertirla. De hecho, éste había anticipado su intención de dejar sin efecto, mediante ese mecanismo, las sanciones anteriores aplicadas a Moscú por la anexión de Crimea y la guerra en Ucrania.

Pese a esta debilidad de las medidas, la jugada de Obama condiciona de dos maneras a la futura administración. Por un lado, expondrá a Trump al obligarlo a desmontar la tensión con Rusia; por el otro, promete fogonear más las rispideces entre el futuro presidente y el liderazgo republicano en el Congreso, perteneciente a sector del partido muy crítico de la rusofilia de aquel.

Los principales legisladores republicanos se han mostrado favorables a investigar el supuesto hackeo ruso en la última campaña electoral y el mandatario saliente les prometió ayer pruebas para avanzar en ello.

La reacción inmediata de figuras como los senadores John McCain y Lindsey Graham, y la del jefe de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, fue la de apoyar la decisión de Obama. No sólo eso, pidieron sanciones aún más duras y prometieron conseguirlas por vía legislativa.

Un frente de batalla en el Capitolio, donde Trump no tiene lealtades fuertes, se va erigiendo. La primera contienda para el mandatario electo será posiblemente la ratificación de su secretario de Estado, Rex Tillerson, muy cuestionado por su relación de amistad con Putin y su pasado de negocios con Moscú desde Exxon Mobil.

El cerco de Obama a la política exterior del magnate comenzó a construirse la semana pasada con la abstención de Estados Unidos, inédita en más de 35 años, en el Consejo de Seguridad de la ONU, que permitió que saliera adelante la disposición contra los asentamientos israelíes.

Aunque le será imposible contrarrestar esa medida con una nueva resolución, el electo ya dejó en claro que su política será diametralmente diferente: nombró como embajador a David Friedman (un hombre cercano a la derecha israelí y defensor de las colonias) y prometió trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, algo que podrá hacer apelando a una ley de 1995.