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Iturralde: el juego de las semejanzas desplazadas
«Fuego», una imagen que hace emerger un momento de la historia del arte: los agitados trigales que pintó Van Gogh.
Iturralde señala un hito en la historia de la pintura y, a partir de allí, invita a reflexionar, a revisar afinidades y diferencias entre los paisajes de Van Gogh que perduran en nuestra memoria, porque son inolvidables, y su propia obra, las imágenes que él rescata del fárrago incesante de imágenes que hoy surcan las pantallas. Las pinturas del pasado y las del presente parecen signadas por las mismas urgencias, pero en la actualidad ese mundo vertiginoso tiende cada vez más a deshacerse, y rescatar imágenes que se escabullen como agua entre las manos, es la tarea que emprendió nuestro artista.
El título de la exposición, «Abre tus ojos» es una clara referencia al permanente ejercicio de la mirada del artista y de quienes entablan relación con el arte, mientras su subtítulo, «Abrir el mundo con ojos nuevos», no hace más que acentuar esta auténtica gimnasia de aquellos que pasan por el mundo mirándolo, apreciándolo y cotejando las cosas que observan.
En su nuevo libro, «El sentido social del gusto. Elementos para una sociología de la cultura», (Siglo XXI editores), Pierre Bourdieu destaca «la ingenuidad de la mirada» como «la forma suprema del refinamiento de la mirada». Existen obras que, según Bourdieu, demandan «que se rechacen todas las claves antiguas para esperar a que la obra misma entregue la clave de su propio desciframiento». El francés niega así que haya llaves maestras, fórmulas comunes de acceso a todas las obras. Su libro da por sentado que, más allá de las cuestiones afines de los movimientos o estilos, cada obra en cuestión exige una aptitud para liberarse de todos los códigos, para «ponerlos en suspenso», para atribuir «su rareza y su valor al hecho de que es un producto muy particular de una situación histórica particular y de condiciones sociales de excepción».
Si se evocan sin prejuicios los agitados trigales que pintó Van Gogh (que cualquier buen espectador de arte medianamente formado y no sólo el erudito recuerda), y si también sin prejuicios se compara esa turbulencia con la pintura tan contemporánea de «Fuego», se percibe una «semejanza desplazada». La imagen de esa chica rubia vestida de rojo y al parecer bailando, pero fragmentada de tal modo que se percibe como la visión de un flash, acotada, reducida a la brevedad de un instante, hace emerger un momento de la historia del arte, ese trigal que pasa como una ráfaga por la memoria y se convierte en una «imagen síntoma». De este modo denomina Georges Didi Huberman a estas apariciones fantasmales, estas evocaciones que suelen llegar a destiempo y pueden pensarse como «el inconsciente de la historia» )del arte, por supuesto).
«Drink me, eat me» representa una casa bajo un sol cuya incandescencia baña el techo de color dorado. La parte superior de la casa se funde con la luz del sol y alcanza su máxima luminosidad; la pintura, hace por su parte de las suyas, y con sus matices rojos y amarillos chorrea por el cuadro subrayando la materialidad de la obra, su densidad y fluidez, entre otras cualidades.
La integridad de la exposición suscita, con sus referencias al pasado, una sensación de curiosidad interpretativa. El espectador debe, simplemente, dejarse llevar como pide el artista para descubrir la belleza abstracta de una imagen digital pixelada, el misterio de una figura femenina que corre por un bosque en una noche azulada, en una noche salida de un cuento.
El método de trabajo de Iturralde consiste en congelar imágenes digitales, mayormente de películas o de series de la TV, y transponerlas en las telas, con la emoción que transmiten incluida. El artista se adueña de un instante que elige por su cualidad estética o emotiva, establece un intenso contraste entre la calidez eterna del óleo y la neutraliadad pasajera de la pantalla y, con un trabajo que se destaca por su laboriosidad, congela la imagen para siempre y la convierte en otra cosa.
Cada cuadro forma parte de un relato del cual no se conoce el principio ni lo que a va a acontecer; es un dispositivo para activar la imaginación del espectador. Ante estas imágenes se impone otra reflexión: la necesidad del hombre de que le relaten cosas, porque es a través de las narraciones que se accede al conocimento. Todos anhelamos que nos relaten cuentos, a veces con tanta intensidad que, como para la protagonista de «La rosa púrpura del Cairo», las ficciones se confunden con la realidad.
Finalmente, sobre la mano del artista se ha posado una mariposa blanca. Está retratada en tres imágenes que muestran simplemente lo que es: una mano delgada con una mariposa. Pero en la cuarta imagen, la potente luz de un flash ha convertido el insecto en algo diferente, aparece rodeado por un halo y esta nueva imagen se constituye en metáfora de la visión del mundo que nos brindan los artistas, mucho más potente, más fuerte y significativa. Así, el arte acaba por brindarle a la realidad una dimensión que permanecía invisible ante nuestros ojos.


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