En efecto, en el segundo y tercer trimestre de 2009 registró crecimientos del 2,7% y 1,3%, respectivamente; y se estima una expansión no menor que el 3,5% para el último período. De todos modos, la caída interanual 2009/2008 no será menor que el 5%.
A los efectos de analizar el escenario futuro de esta economía (la segunda en el ranking mundial, luego de EE.UU.), se hace necesario recordar que hacia mediados de 2008 -con el objetivo de salir de su por entonces proceso recesivo-, las autoridades económicas implementaron correctas y agresivas políticas anticíclicas: monetarias (baja de la tasa de referencia al 0,1% y fuerte inyección de liquidez al sistema bancario), fiscales (incremento de la inversión pública y rebaja de impuestos por 400.000 millones de dólares, equivalentes a un 8% del producto) y de «relajamiento monetario» (compra por parte del Banco de Japón -BoJ- de títulos públicos y privados de deuda, por montos del orden de los 150 mil millones).
Incertidumbre
Ahora bien, ¿la salida de la recesión técnica significa que la economía japonesa se halla en condiciones de convertir su actual recuperación en un sendero de crecimiento sostenido, con estabilidad de precios? La respuesta, en el mejor de los casos, es incierta. En efecto, el futuro presenta las siguientes dificultades:
Para completar este sombrío panorama, a fines de enero Standard & Poors bajó su calificación de AA «Estable» a «Negativa», lo cual significa que -de no mediar cambios sustanciales en la política macroeconómica- es altamente probable que dentro de los próximos 12 meses la economía japonesa sufra una nueva degradación.
Ante este escenario, es evidente que las autoridades se enfrentan a una difícil situación. En efecto, les resulta imperioso convertir la actual recuperación con deflación en un sendero de crecimiento sostenido con estabilidad de precios (entre el 1% y el 2% anual, según el target del BoJ). A este respecto, ¿bastará con mantener las actuales políticas o será necesario profundizarlas? En este último caso, se debería tomar la decisión de enfrentar las limitaciones ya mencionadas de los instrumentos de política macroeconómica aún disponibles (gasto público, relajamiento monetario y revaluación del yuan) y, además, «soportar» las consecuencias negativas de corto plazo.


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