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Kacero: un diseño luminoso al servicio de la abstracción
Las breves cajas de luz de Fabio Kacero, con sus dulces tonalidades azules y rosadas, son espacios mínimos, pero funcionan como espectáculos.
El corpus de la obra está dominado por las pequeñas formas elaborados a través de una computadora, unos diseños que aspiran a esa belleza del arte que menciona Walter Benjamin, cuando habla de «la retina que no se sacia jamás». Kacero abre un paréntesis en el mundo, para mostrar estos universos armónicos, perfectos, aislados en su pequeñez inexpugnable. Sus impresiones adquieren el status de obra con los elementos que acompañan las pinturas genuinas (barniz, paspartú, marco de madera y vidrio). En estas obras resuenan los ecos ascéticos de la técnica y de la ciencia, pero que a la vez las formas ostentan cualidades estéticas y hasta emotivas. Al poner en la distancia estos pequeños objetos, el artista pareciera expresar la nostalgia por una belleza aurática, lejana. Es un doble juego: el de la añoranza que suscita el reino de las cosas, y el de las cosas que finalmente son meras simulaciones, copias de sí mismas.
Las breves cajas de luz, con sus dulces tonalidades azules y rosadas, son espacios mínimos, pero funcionan como espectáculos, sojuzgan la atención del espectador con su fascinante belleza. El artista busca el placer estético de un modo casi subversivo, el formato de sus obras no es inocente: la belleza queda reservada, casi oculta ante los ojos de los «dictadores» del arte conceptual y político.
El arte de hoy lo permite todo, pero se acabaron los tiempos de elogiar esas inmensas pinturas que exhiben abiertamente sus encantos en los museos. Adorno censuró la trivialidad, y el mundo del arte que acató su parecer, todavía no se ha sobrepuesto.
El libro es un tema recurrente en las exposiciones del artista. Como quien vuelve una vez tras otra sobre las ruinas de la ilustración, Kacero instala cinco grandes libros en la sala, significativos como objetos, son una ficción, artificios que apenas tienen dos páginas impresas. Allí están escritos sus propios cuentos, unos relatos enigmáticos, que se podrían asimilar a los de Borges, si no fuera un pecado, mucho mayor aún que el de aspirar a la belleza.
En el film «Moodloop», realizado con Nicolás Guagnini y Karin Schneider en 2004, Kacero yace como si estuviera muerto o dormido (como «el muertito», para decirlo en sus propios términos), en distintos sitios de la Plaza de Mayo y sus alrededores. Por poco que se conozca la historia argentina, el sentido de la obra -si bien no es una obviedad- se torna accesible. Pero según cuenta Kacero, cuando en 2007 presentó este film en Nueva York, la crítica fue demoledora.
En esta exposición vuelve a presentar «Moodloop», con el agregado de una canción en inglés que reproduce la crítica adversa. La filmación de la performance en cuestión se realizó con una pequeña cámara y un poderoso teleobjetivo, con el fin de que pasara inadvertida ante los transeúntes, y resulta llamativa la indiferencia absoluta de la gente, que no repara en el personaje tendido en la calle o apenas si le dedica una mirada displicente.
En EE.UU. suele suceder algo similar con la indiferencia de la crítica, cuando le toca enfrentar los contextos particulares del los artistas extranjeros. Por lo general, con el difundido criterio: «lo que tú ves es lo que ves, y todo lo que hay que ver es lo que se ve», se interpreta el arte fuera de su contexto social, histórico y político. Así, resulta difícil hallar el sentido de las obras.
Desde ya, hay quienes se oponen a esta idea, como el francés Didi-Huberman, cuando recomienda cerrar los ojos un momento, para ver en el arte algo que está más allá de lo que ves.
La sátira urbana de Kacero oscila entre el drama y el humor, entre lo real y la ficción, ya que el artista adopta la pose del «muertito» pero no oculta que está vivo y camina por la Plaza de Mayo. Parece un reflejo de una compleja situación social. Rafael Cipollini comparó esta performance con el «Vivo Dito» del sesentista Alberto Greco, que dibujaba un círculo de tiza alrededor de la gente de la calle, para convertirla en arte. El «No-Vivo» sería el «muertito» de nuestros tiempos.
Hay una vitrina con libros, con títulos y portadas ingeniosas. Desde «Abstracción faltal» o «El bebé de Los Madí» de Gyula Paul Ansky, hasta las portadas de su alter ego, Flavio Kacero, todo habla en la muestra de la dificultad consistente en diferenciar lo verdadero y lo falso. El auténtico tema de la exhibición son las estrategias del artista, para montar cuál habilidoso tramoyista, su visión de un mundo por demás engañoso, que nos confunde.


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