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Kirchner-UCR, socios del silencio

Nervios
Esa resignación la vive Kirchner con nervios; por ejemplo, ésta es una elección sin encuestas, salvo esas manualidades de pocos casos que esgrime el oficialismo cuando quiere recuperar el ánimo y que cuestan unos pocos pesos. El Gobierno es el único que podría pagar el costo de una encuesta lo suficientemente abarcativa y que seguramente daría un pronóstico del resultado (alrededor de los $ 300 mil, hay plazos). Como no está seguro de que el resultado que arroje contenga la cifra áurea de la diferencia que necesita Kirchner, mejor no hacerla. No para no ver la realidad, sino porque sería imposible impedir que esa encuesta llegase a los medios en pocas horas, complicando una campaña ya con problemas.
Esa mezcla de resignación y de nervios explica otros hechos notables, pero poco atendidos, como la estampida en que entró la actual cúpula de la Cámara de Diputados, cuyos espadones buscan destino en otras querencias. La vicepresidenta Patricia Vaca Narvaja ni es candidata a renovar la banca; nadie asegura que el jefe de bloque Agustín Rossi pueda lograr el piso para repetir mandato por Santa Fe. Su sombra, José María Díaz Bancalari, es candidato a senador provincial y anunció ya que deja el Congreso nacional para rehacer su vida. También se queda afuera Alberto Cantero, que presidió la Comisión de Agricultura en la guerra con el campo. Este descabezamiento de Diputados es la radiografía más sincera del poder kirchnerista y sólo tiene un antecedente: en 2001 Rafael Pascual, presidente de la Cámara cuando gobernaba Fernando de la Rúa, se quedó sin banca al perder una elección interna en su distrito. Fue un melancólico homenaje a la pasión internista de los radicales pero también un diagnóstico del estado terminal del poder delarruista.
La dificultad de Kirchner en la elección es también la de los demás candidatos: el público se comporta como si ya hubiera votado hace rato, y les es muy difícil a los partidos promover deslizamientos significativos. Quienes apoyan a Kirchner lo decidieron hace rato, y es difícil que porciones significativas de los votos cambien de opinión por un afiche, una caminata ni aun una imitación tinelliana -además, porque las máscaras se parecen bien poco a los originales-. Lo mismo se presume de otras mutaciones si se mira con atención la adhesión que manifiesta el público hacia las figuras de la política. En la mayoría de los sondeos no hubo en el último año cambios significativos, salvo la mejor ponderación de Ricardo Alfonsín por efecto de la muerte de su padre, y Julio Cobos, Carlos Reutemann y Gabriela Michetti siguen a la cabeza de las preferencias del público, aun de aquellos distritos en donde no son opción electoral (siguen al fondo Carlos Menem y Luis D'Elía). Tampoco el debate que pueda cruzar a los candidatos parece perforar decisiones ya tomadas; la Argentina es un país que hace un año y medio vive en pleno debate. Es un lujo para quienes exigen este tipo de esfuerzos a los dirigentes. Desde que estalló la pelea Gobierno-campo en la Argentina se ha discutido todo: el reparto de los impuestos, el control del Congreso, las autoridades partidarias, la constitucionalidad de las retenciones, el fuero nacional vs. las provincias, el rol de los medios, la prensa y los programas de imitaciones, la lucha de clases, las leyes electorales, la forma de elegir candidatos, la historia del peronismo, oligarquía vs. peronismo, el control del orden público, las relaciones del país con el resto del mundo. Ese debate se ha hecho en las calles, los medios, la academia, y parece haber agotado la capacidad dialéctica de los candidatos y de su auditorio, que en ese trámite ha manifestado ya sus preferencias, que traslada al humor que recogen las encuestas de opinión y que se va a reflejar seguramente en las urnas.
De ese humor nace la exasperación hacia la dirigencia que le ha puesto el libreto a la campaña y le limita las apariciones en público so pena de escrache. Los comandos del oficialismo y la oposición no pueden predecir ni con un día de anticipación en dónde van a estar, y la confección de las rutinarias agendas de campaña se ha convertido en un género del periodismo de investigación. Si avisan, se van a encontrar con el escrache de rigor, como le pasó al trío de Macri-Solá-De Narváez el miércoles en Capital, o ayer a los Kirchner en Chacabuco y Coronel Suárez. Quienes organizan esas apariciones -necesarias para producir noticias en los medios- mantienen en secreto qué se va a hacer cada día, y le avisan al candidato horas antes del acto y al puñado de movileros encargados de registrar esta campaña que transcurre casi en la clandestinidad, aunque sus protagonistas simulen vivir empapados de pueblo.


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