17 de junio 2009 - 00:00

Kundera para gourmets del arte y la cultura

Kundera para gourmets del arte y la cultura
Milan Kundera «Un encuentro» (Bs. As., Tusquets, 2009, 213 págs.)

Si bien el autor de «La insoportable levedad del ser» justifica esta recopilación de ensayos con la propuesta de «un encuentro con mis reflexiones y mis recuerdos; mis viejos temas (existenciales y estéticos) y mis viejas querencias (Rabelais, Janácek, Fellini, Malaparte...)», como era predecible, va más allá. Recupera autores olvidados o denostados, propone puntos de vista que hacen volver a leer novelas consagradas desde una inesperada perspectiva, dispara aplastantes ironías y sarcasmos, revitaliza la crítica de los medios audiovisuales, degrada a escritores prestigiados por la moda y rescata a los torpemente olvidados, y se ríe despiadadamente de las ideas de lingüistas y semiólogos sobre las novelas.

Cuando se pensaba que Kundera ya había dicho todo lo suyo sobre literatura en «Los testamentos traicionados» y «El arte de la novela», instala con estos apuntes nuevas formas de reflexión. Cada uno de la treintena de ensayitos tiene un absoluta singularidad, hablan esencialmente a un autor, y sin embargo se unen en conceptos centrales semejantes. Una carta a Carlos Fuentes, recordando un encuentro con Cortázar y García Márquez en la Praga invadida por los soviéticos, hace que el elogio de la novela «Terra nostra» del mexicano se convierta, por el gusto en común, en apología y rescate de la genial «Los sonámbulos» de Hermann Broch signado esas dos obras como «archinovelas». Y la idea de «archinovela» le servirá en el último texto de este libro para reivindicar nada menos que a Curzio Malaparte, escritor y periodista italiano del siglo pasado, despreciado por políticamente fascista y literariamente efectista y sensacionalista. Para Kundera es un filofascista que se sirve de eso para poder hacer antifascismo de un modo estremecedor, lo ve como un predecesor del nuevo periodismo y describe sus obras «Kaputt» y «La piel» como «archinovelas: donde todo se concentra sobre lo que sólo la novela puede decir; luego, hace revivir todas las posibilidades desdeñadas y olvidadas que el arte de la novela ha ido acumulando a los largo de su historia», es lo opuesto a la antinovela, a los intentos de terminar con ella de modo adocenado, banal o abrumadoramente aburrido.

Kubdera enfrenta la listas negras de los críticos y académicos, y homenajea al despreciado Anatole France, a los repudiados Louis-Ferdinand Celine y Curzio Malaparte, al que pareciera hoy ignorado precursor, autor de «Gargantúa y Pantagruel», François Rabelais. Se sirve, por ejemplo, de «Cien años de soledad» para señalar que «en las grandes novelas los protagonistas no tienen hijos» y en la de García Márquez con «su desfile de individuos» y la historia de los Buendía, «es un apoteosis del arte de la novela y a la vez un adiós dirigido a la era de la novela» donde «el hombre solitario, según Heidegger, es el único verdadero subjetum, el fundamento de todo .

Kundera al pasar establece vínculos entre los diversos sectores de la cultura. Enlaza la pintura de Francis Bacon con las obras de Samuel Beckett por su modo de «cuestionar el yo». Sobre el cine dice que es una técnica que «se convirtió, primero en el principal agente de estupidización (incomparablemente más poderoso que la mala literatura del pasado: anuncios publicitarios y series televisivas) y, segundo, en el agente de indiscreción planetaria (las cámaras que graban secretamente a adversarios políticos en situaciones comprometedoras, que inmortalizan el dolor de una mujer semidesnuda tumbada en una camilla después de un atentado, etcétera..). Y tambien existe, por supuesto, el cine como arte, pero su importancia es mucho más limitada que la del cine como técnica».

Kundera reflexiona con la agudeza, libertad y grandeza que lo caracterizó siempre, ofreciendo un plato para deleite de los gourmets del arte y la cultura.

M.S.

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