Una moneda débil y la economía más avanzada del continente le han permitido a Alemania transitar la recuperación 2009/11 por el mejor de los mundos: salarios, precios y tasas bajas. Pero esta expansión se financió básicamente con las exportaciones, en particular a China que desde diciembre es el mayor comprador extrazona. Y aquí aparecen los problemas; en junio, las exportaciones extrazona de la CEE cayeron un 5%; y en julio, las de Alemania a China más del 11%, resultado: el PBI alemán apenas aumentó un 0,1% el último trimestre. La expansión alemana depende de la apetencia importadora china, por lo que pocos apuestan a una rápida recuperación. De ser así, el pueblo alemán difícilmente acepte seguir siendo el prestamista de última instancia ante cualquier nueva crisis, complicando aún más a la UE. Aunque ocupó menos titulares que la pérdida del AAA, los problemas de Italia, Francia, etc., la merma del crecimiento alemán es la noticia inesperada de las últimas semanas, con las implicancias más graves para el crecimiento mundial. No sólo lo que pase en Alemania adelanta lo que puede pasar en China, sino que aun zafando China cuesta pensar una expansión global con tres de las cuatro economías más grandes del planeta en problemas. No es que esto importe mucho en un mercado donde, a pesar de las recientes turbulencias, un 46,2% de los grandes administradores esperan un mercado en suba, el 30,1% una corrección pasajera, y el 24,2% una baja. Así resulta fácil entender cómo el Dow se las arregló para terminar el día trepando un 0,04% a 11.410,21 puntos, desestimando el salto de la inflación mayorista, los u$s 30.000 que huyeron la semana pasada de los FCI en acciones, los malos resultados de Dell, Deere, Abercrombie, etc, la primera tasa Libor negativa de la historia (francos suizos), el reconocimiento presidencial que el sector inmobiliario no se recuperará antes de un año, etc.
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