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La atracción del agujero negro: el mundo va rumbo a la tasa cero
Lo que no pudo la crisis financiera per se lo consiguió el choque de la economía real. Hay quienes se resisten -Alemania es el abanderado- y quienes queman etapas de prisa -tal como EE.UU.-. Pero en el horizonte, el destino se funde en un único trazo, sin promesas de bifurcaciones ni paleta de matices. En el aluvión que todo lo arrastra, hasta la proverbial paciencia oriental se deja de lado: el Banco del Pueblo de China redujo sus tasas por quinta vez en tres meses (podó también sus exigencias de encaje y demás restricciones a la concesión de crédito) en un frenesí no muy diferente del de sus colegas de Occidente.
La inflación era el dolor de cabeza hasta julio y agosto. No era un fantasma de la imaginación (como no lo fue tampoco el barril de crudo que desbordó los u$s 140). Que aquella preocupación constituya hoy una reliquia es sólo el reflejo cabal de cómo se agravó la situación real.
En julio la inflación minorista en los EE.UU., medida por su evolución a lo largo de doce meses, trepó a un 5,2%. La tasa anualizada del trimestre concluido en julio arrojó una lectura superior al 10% (y en torno al 20% si se consideraban los precios mayoristas). De la inflación alta, y en proceso de aceleración, ya no quedan vestigios. Su amenaza fue desalojada sin miramientos. Irrumpió, eso sí, una enfermedad espejo cuyo virulencia puede ser peor. Sobre todo a raíz del carácter incierto de su tratamiento por la escasa experiencia clínica (debidamente acreditada). Si la inflación minorista trimestral a julio corría presurosa a un ritmo de vértigo, su contracara es igualmente agresiva. En un giro rotundo, la merma de precios trimestral a noviembre ya excede el umbral del 10% anual.
La presión deflacionaria -por no hablar todavía de un fenómeno de deflación lisa y llana- no surgió de un repollo. Ni por generación espontánea. Debe recalcarse que se incubó a la par de las manifestaciones de una inflación en alza. Su código genético es inseparable del que exhuma la crisis: ambos abrevan de la debacle del valor de los inmuebles. Cuando la crisis lució contenida -en el verano fugaz que deparó el salvamento a los acreedores de Bear Stearns- y los bancos centrales ensayaron un control más férreo de la inflación, y como resultado no deseado, la economía y las finanzas se tornaron frágiles como el cristal, fue allí cuando se perdió la pulseada. La bancarrota de Lehman torció la balanza: de ahí en adelante, sin margen para dudas, la destrucción del valor de los activos y la amenaza de la deflación son los problemas dominantes.
La moraleja es doblemente válida: si por acabar con el riesgo inflacionario se termina abriendo las puertas a la deflación, también podrá ocurrir lo inverso. Ese temor es el que le quita el sueño a una Alemania todavía prisionera de sus malos recuerdos.
Cuando los registros de precios trepaban por las paredes era, sin embargo, más correcto hablar de presiones inflacionarias en ascenso que de una inflación rampante. Pese a ello, era popular entonces satirizar la predilección de la Reserva Federal por atar sus pasos a las lecturas de la inflación subyacente, sin las variaciones de energía y alimentos, tomando distancia del índice completo. Pero los bríos de la energía que pudieron desbordarse hasta acariciar los u$s 147 en julio, hoy se lanzan como vencejos por los acantilados. Ni los u$s 40 resultan ya un piso satisfactorio.
Si nunca hubo descontrol en la inflación subyacente -aunque sí una cuesta preocupante que llegó a un registro del 2,93%-, tampoco existe hoy una estricta deflación núcleo. Pero en la comparación de comportamientos queda claro que no rige la simetría: las presiones deflacionarias marchan a paso muchísimo más rápido. La inflación subyacente es todavía positiva, pero, en los tres últimos meses, se aproxima a cero: un 0,4% anualizada. Y todo apunta en una misma y furiosa dirección a la baja.
Perder la estabilidad entraña el riesgo de los volantazos, a menos que exista una conducción firme, con clara conciencia de hacia dónde ir (y que además pruebe resultar acertada). Desde que la Fed se embarcó en una baja agresiva de tasas de interés, la brújula del Banco Central siempre tuvo el riesgo de una recesión profunda como su norte. No debería sorprender que la Fed haya llegado a la tasa cero antes que nadie. Porque también acertó el diagnóstico de fondo antes que los demás. Tampoco extraña que Japón, que habita hace tiempo el vecindario, le haya seguido los pasos. Que Inglaterra sea el tercero es casi una obviedad, aun a prueba de una crisis cambiaria de la libra. Y se sabe que el Banco Central Europeo preferirá arribar tarde a la cita (deberá, en este caso, computarse una doble tardanza: la suya propia y la de la política fiscal de estímulo, también morosa). Que las tasas nominales sean cero no impide, por supuesto, que las tasas reales se empinen sobremanera. Y será finalmente ese recorrido, y no las preferencias particulares de los hacedores de política, el que empujará a todos en la misma dirección.


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