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La bazuca de Bernanke gana tiempo hasta 2013
Los bancos centrales son independientes. Los Ejecutivos también. Libremente, pues, se forjó la convergencia. La canciller Merkel fue el contrapeso político obligado a la cerrada oposición del Bundesbank. La Señora No, esta vez, dijo sí (a Draghi y a Grecia). La contribución de Obama es más difícil de rastrear. Lo cierto es que ninguno de los dos liderazgos tiene de qué quejarse. Las medidas los favorecen en el mercado de riesgo que a ellos les compete, la pulseada electoral (Obama afronta examen en noviembre, Merkel, el año próximo). De mínima, la postura asumida de «no agresión» también es un aporte.
Si no se escucha a los personajes, si se deja que los hechos hablen por sí mismos, lo que revelan es una altísima coordinación y, sobre todo, la renovada voluntad en el seno del G-7 de gatillar un shock de confianza conjunto de potencia inesperada. Es un imprevisto déjà vu de 2009, cuando lo que unía esfuerzos era el espanto por el derrumbe de Lehman. Nadie puede dudar de la propiedad nacional de los planes aplicados, de que la Fed y el BCE tuvieron que desbrozar, cada cual, su camino de espinas; pero tampoco conviene ignorar la modalidad del «delivery», el despacho sincronizado. Así, los inversores de riesgo tienen a disposición un tácito put transatlántico (Bernanke más Draghi, pero también Obama más Merkel). Una cobertura implícita que consideran todavía «in the money», con generoso valor intrínseco, a juzgar por la reacción fervorosa de las cotizaciones. Y, como novedad, yace a sus espaldas una línea de defensa sin fecha predeterminada de expiración.
Se sabe que no existe un almuerzo gratis. ¿Cómo explicar, entonces, el festín que se sirve en ambas orillas del Atlántico? Las autoridades necesitan que los agentes económicos se sacudan los temores. Que tomen las decisiones que hoy dilatan. La estrategia oficial es aplanar los riesgos percibidos y empujar así a un mayor compromiso de los «animal spirits». Es que los problemas que quitan el sueño no son mera fantasía. Europa se hunde en la doble recesión. La eurozona puede fracturarse. EE.UU. crece a la velocidad del caracol, no a la que imprime Wall Street. Para peor, el descontento fermenta en las sociedades avanzadas. Los trastornos no son independientes; todo el mundo se resiente cuando cualquiera de ellos se agrava (por eso importa tanto el giro de Europa). Y la política monetaria no es una panacea (aunque a veces lo parezca). Es un bálsamo; puede impedir el contagio, establecer condiciones financieras favorables, y fabricar bruscos saltos de la riqueza, pero, tras verter toneladas de estímulo, todavía necesita que las decisiones privadas de gasto y creación de empleo -notoriamente ausentes- ocupen su lugar vital en la trinchera.
La brecha entre la economía real y los mercados -que ya era notable durante la vigilia de las medidas- se ensanchó aun más después de las intervenciones del BCE y de la Fed. El caballo de la economía real no salió de su atasco, el carro de los mercados es el que avanza deprisa. ¿Se zafará del brete gracias a ese tirón pujante? Es la apuesta subyacente. Como en 2009 (claro que sin la expectativa de una recuperación vibrante en forma de ve corta). Nadie puede pensar que Grecia sorteó ya su depresión, pero, en un contexto indudable de estabilización financiera en la zona del euro, que la Bolsa de Atenas trepe en la semana más del 7% enciende, al menos, la ilusión imprescindible de una luz al final del túnel.
En EE.UU. Ben Bernanke estrenará el QE3, un tractor de menor potencia que el QE1 y el QE2, pero que, a diferencia de sus predecesores, promete mantener encendido hasta que se corrija la excesiva debilidad del frente laboral. ¿Cuál es la conexión efectiva entre la compra de títulos hipotecarios y la generación de nuevos puestos de trabajo? Es un juego complejo de engranajes y poleas sin una línea de transmisión directa. Si la ingeniería de la Fed funciona, primero deberá arrastrar, sí o sí, a los mercados financieros y recién después lo hará con los segmentos menos dañados de la economía real. Quizás la movida abone rápido la incipiente recuperación del quehacer inmobiliario. Pero un ritmo más acelerado de creación de empleos sucederá sólo al cabo del tiempo cuando se afiance el funcionamiento sostenido del conjunto, y se disipe la incertidumbre que obra como un impuesto a engrosar las nómimas. Hay que tener presente que el «precipicio fiscal» se preserva como una amenaza inquietante. El QE3, por si solo, no la remueve del horizonte poselecciones. En 2013 la economía de EE.UU. puede desbarrancarse igual en una recesión si demócratas y republicanos no acuerdan un mecanismo de ajuste fiscal menos drástico que el recorte automático pautado. ¿Es temprano para preocuparse? Seguro. Hoy la gran bazuka manda. Pero habrá que hacerlo para que el obús, a la postre, no salga por la culata.

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