La cadena agroindustrial pende de eslabón productivo

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Supo decir Perón que «la realidad es la única verdad». Sin embargo, sus palabras son negadas reiteradamente por la dirigencia política que nos conduce.

En el país, el peso de la cadena agroindustrial -con sus múltiples eslabonamientos- es decisivo. Absorbe más del 35% del empleo total y representa cerca del 40% de la totalidad de la recaudación fiscal. En la balanza comercial, esta cadena aporta divisas que se aproximan al 60% del total de las exportaciones. En 2008, las exportaciones originadas en el sector agropecuario sumaron casi u$s 40.000 millones.

La cadena agroindustrial se construye diariamente a partir de la producción agraria. Si no se comprende esto, no se puede entender la dinámica económica. Cuando este eslabón opera, la cadena de valor se moviliza.

Sólo por la existencia de este eslabón, se levanta, hoy, una de las industrias más competitivas del mundo, como es la de la maquinaria agrícola. Sólo por su acción se ha desarrollado un polo industrial aceitero que ha logrado ubicar al país, por sus exportaciones de derivados de oleaginosas, en el primer lugar del ranking mundial. Sólo por este eslabón crecen industrias de bienes diferenciados que nos destacan en el mundo.

Estas industrias no se concentran en determinadas urbes. A diferencia de otras, cubren gran parte de la geografía y, así, contribuyen a un desarrollo más armónico de la Argentina.

En los últimos años, la generalización de los modelos económicos de libre mercado, la diversificación de mercados y la instantaneidad de las comunicaciones presionan sobre los sistemas económicos por una competencia extrema y creciente.

Un escenario con magníficas oportunidades, pero duramente hostil ha pasado a ser el nuevo cuadro del agro.

En este escenario de competitividad aguda, los pequeños y medianos agentes, los contratistas, los productores y actores en general de la producción agraria reciben el impacto de los cambios mundiales y locales. Deben operar en un mundo donde la esfera agraria está influida por las políticas de protección de los países de altos ingresos, principalmente Estados Unidos, los países de la Unión Europea y Japón.

Tales estrategias plantean una competencia desigual, por el desarrollo tecnológico -derivadas de las mencionadas políticas-, que abre una brecha tecnológica creciente en la agricultura a favor de los agentes de los países ricos.

En este contexto, el eslabón agrario y, con éste, los demás eslabones de la cadena han sabido tomar el desafío de crecer en competitividad. Así han surgido nuevas empresas que apuntan a explotar conjuntamente las ventajas de las grandes y pequeñas empresas que, en conjunto, logran una capacidad de respuesta ágil y flexible. Con la estructura de red se deja atrás el tradicional sistema de fuerte concurrencia en las relaciones interempresariales a otro de cooperación interempresarial.

La preparación de la tierra, las siembras, las aplicaciones de pesticidas, los fertilizaciones, los sistemas de labranza, de cosecha y transporte, etc., son algunos de los ejemplos de servicios cada vez más externalizados. La empresa agraria argentina muestra un modelo que es ejemplo en el mundo por sus diseños organizativos.

En la actualidad, es común que una industria dependa de la capacidad individual de pequeñas firmas de formar parte de una red interactiva con relaciones interdependientes entre compradores, proveedores, organizaciones de apoyo y otras empresas económicas. La asociatividad promueve el flujo rápido y flexible de información entre firmas. Ello induce a la reducción de costos de producción y de transacción y a procesos de producción que son más innovativos y, además, de mayor respuesta a los cambios en la demanda.

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