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La construcción del valor: el Grand Tour europeo del arte
«Beatiful exploding turquoise nebula painting (with Money)», de Damien Hirst, expuesta en la galería Rudolfinum de Praga.
En «Sotheby's» cuentan que esperan superar los 20 millones de libras con la venta de 40 obras, entre ellas, además de un Warhol excepcional, «The Band», realizada en 2007 por Richard Prince y cotizada en más de medio millón, y una pintura de Peter Doig estimada en 1,5 millón. En 2007 otra pintura de Doig, a partir de la misma cotización, alcanzó el récord de 11,3 millones de libras; en 2008, una de Prince se pagó 8,5 millones, también en Londres. Ambos artistas -Prince y Doig-, están bien representados por François Pinault, no sólo en el Palazzo Grassi y la recién inaugurada Punta della Dogana en Venecia, sino también en los remates de la casa «Christie's», tal vez el menos rentable de sus holdings millonarios de las marcas del lujo.
Pero, aparentemente, los precios tienden a normalizase. En «Sotheby's» también se ofrecen obras «menores» de los artistas que colecciona Pinault, como un colorido hongo que juega a ser una sombrilla del japonés Takashi Murakami, modelado en 2002 y cotizado en casi 200.000 libras, poco menos que el hombrecito del italiano Maurizio Cattelan de 1999 que mide escasos centímetros, y algo más que la obra del británico Damien Hirst de 1998, artista que según se sabe, ha llegado a pintar hasta 600 veces el motivo de los puntos de colores, para no hacer esperar a su clientela.
La obra «única» que sale ahora a remate, parece un calco de la que encabeza la muestra antológica que Hirst (1965) presenta en su exposición antológica de la Galería Rudolfinum de Praga, y que se llama «Beatiful exploding turquoise nebula painting (with Money)». La reiteración de la obra sin variaciones es franca, y por poco que se analice este mercado, salta a la vista la ausencia de los latinoamericanos entre los artistas cuyas obras se pagan fortunas.
Algunas verdades que sólo conocen los entendidos se atrevió a poner sobre la mesa la inglesa Sarah Thornton, en el libro publicado en mayo por Edhasa que en este ambiente todos devoran: «Siete días en el mundo del arte». Si bien algunos temas están tratados con cierta inocencia o, acaso, con la prudente intención de no destruir el sistema, el texto aclara cuestiones como «el precio real» y el precio engañoso que se utiliza «para las relaciones públicas». El ya célebre «Tiburón» de Hirst flotando en formol, no se habría vendido en 12 millones de dólares como informaron, ya que el trato se cerró por 8 millones.
Thornton menciona además y de modo muy concreto, la «manipulación» que ejerce el coleccionista Charles Saatchi, «un magnate de la publicidad devenido marchand», capaz de alterar la realidad con el propósito de que los jóvenes británicos que promueve (Hirst, Doig o los hermanos Chapman, entre otros), ocupen los titulares de los diarios del mundo. El récord pagado en subasta por una obra de artista vivo fue de Hirst, 22,4 millones de dólares, quien «cayó del primer puesto», cuando una obra de Jeff Koons se vendió por los 23,6 millones, que superó Lucian Freud con 33,6 millones. «Para los compradores» -cuenta la inglesa-, «la jeque Al Mayessa, Víctor Pinchuk y Román Abramovich, el precio que pagaron no parece ser más que un vuelto».
Un análisis mínimo del mercado revela que salvo excepciones, se ignora a Latinoamérica, que la galería Ruth Benzacar es la única argentina presente en Art Basel, que León Ferrari y su avión bombardero están mencionados al pasar en el libro y, sobre todo, que el esfuerzo de la Cancillería de nuestro país al mostrar con dignidad en Venecia la obra de Luis Felipe Noé, es digno de ser tomado en cuenta. Es cierto, existe una tendencia a la apertura, pero en las grandes colecciones institucionales y privadas de Europa, los latinoamericanos son escasos y también los españoles, a pesar de su enorme inversión.
En este contexto, el atrevimiento mayor de Thornton es preguntarle a una serie de personajes conocidos, como el director de la Tate Modern de Londres, Nicholas Serota, si considera arte algunas de las obras como las finalistas del Premio Turner, como entre otras, la instalación de Tracey Amin, que plantó su propia cama sin hacer cubierta de restos (profilácticos, sangre y botellas vacías). Muchos se han planteado secretamente este interrogante ante un arte que ha expandido sus límites, que a veces se confunde con la vida o se torna un ejercicio tan intelectual que lo visual se desmaterializa.
Las respuestas son interesantes. «La habilidad y el error son muy cercanos. Uno puede hacer cosas que para unos son horribles y para otros son brillantes. Es muy difícil de defender», observa el decano de la Escuela estadounidense CalArts, Thomas Lawson. Es decir, desde que se acabaron los criterios que dictaba la Academia, la valoración, aunque esté avalada por el conocimiento, acaba siempre siendo subjetiva. Nadie es dueño de la verdad y hoy, aún el arte que provoca espanto, tiene seguidores firmes.
Praga
En una muestra que en estos días exhibe en Praga, «Life, death and love», Hirst muestra obras duras, como la instalación que representa de modo vívido una cirugía para el cambio de sexo. Lo bueno de la exposición es que brinda la posibilidad de entender, no sólo el sentido de su desconcertante producción sino también la atracción que ejerce sobre sus numerosos compradores. En el catálogo, señalan que sus espectáculos visuales han logrado convertir el grotesco y lo que antes se consideraba de mal gusto en algo sublime.
Uno de los compradores que circulan por este mercado confesó que para entender este arte, «hay que vaciar la mente, como en el Yoga, dejarse llevar» y agregó que este ejercicio le permitía sentirse vivo, todavía, con sus 80 años cumplidos. Frente a sus ojos hay un inmenso cenicero de Hirst, «Necrópolis», cargado con los cigarrillos y las marquillas de toda una vida, y una pintura color verde agua que parece todavía fresca, donde han quedado atrapadas bellísimas mariposas.
Así, oscilando entre el horror y la belleza, los aspectos visuales adquieren relevancia, como en una magnífica y densa pintura roja que ostenta el brillo de pequeños cristales en su superficie, y que representa una enfermedad. El humor, sarcástico, está presente en las cajas de medicamentos que llevan su propio nombre como una marca. Una de ellas, «Corned beef 200», dice 28 tabletas y su contenido es: «Liver Bacon, 1 mg. Onion 10 mg».
«¿Que es un artista?», pregunta finalmente Thorton. La respuesta es difícil sino imposible, pero es exacta a la que hace muchos años brindó nuestro Warhol local, Federico Klemm, cuando puso los ojos en blanco ante las cámaras, y aseguró: «Por lo general, cuando está, uno se da cuenta».


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