La historia, en particular la de los últimos cinco años, sugiere que abril ha sido un muy buen mes para la inversión bursátil (el S&P 500 ganó en promedio el 4,5% y un 2,2% en los últimos 10 años). Esto sólo ya sirve de argumento para justificar por qué el trimestre comenzó ayer con el Dow avanzando el 0,4% a 13.264,49 puntos, el máximo desde diciembre de 2007 (el NASDAQ «voló» un 0,95% y el S&P500 subió el 0,75% al máximo desde mayo de 2008). Si no apuntamos a «datos de la realidad» para intentar una justificación de la suba, es porque éstos no fueron lo que podríamos llamar «alcistas». Es cierto que los datos del ISM mostraron que la situación laboral y la de las manufacturas continúan mejorando, pero los números del sector inmobiliario evidenciaron que aún no se tocó fondo en este frente y para peor tuvimos a los presidentes de las Reserva de Dallas y de Cleveland advirtiendo que no están demasiado predispuestos a instrumentar nuevos estímulos a la economía. Decimos «para peor», porque en otro escenario cualquier atisbo respecto de que no tendremos un QE3 o algo similar por delante, hubiera hecho temblar a más de un inversor. El 2,1% que ganó ayer el precio del petróleo (cerró en u$s 105,23 por barril) nos lleva a una reflexión. A pesar de que el alto costo de la gasolina se ha convertido en un ítem de campaña para las elecciones de noviembre, no deja de sorprender que mientras en los EE.UU. el precio por galón ronda los u$s 4, en países como la Argentina se acerca a los u$s 6. La explicación es simple (más allá que la producción local aumentó en los EE.UU. y se desplomó en la Argentina): la angurria gubernamental; mientras en los EE.UU. el componente impositivo es apenas el 11% del total, quedando un 5% para distribución y marketing y el 12% para las refinadoras, en el extremo sur del continente el Estado se lleva algo así como el 47% del total. Sin palabras.
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