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La crisis resucitó a Keynes, y sus ideas dejan de estar equivocadas
John Maynard Keynes. Al ritmo de los tembladerales de la economía, sus ideas pasaron de ser las mejores a ser consideradas las peores. Ahora su pensamiento revive.
Es paradójico que para la primera crisis en el siglo XXI de la economía de internet, de los complejos derivados de crédito y la globalización financiera, la inspiración sea un economista que no conoció el video o las planillas del programa Excel.
Pero el británico Keynes vivió algo más importante para el momento actual, la Gran Depresión, la crisis brutal que lo convenció de que la mano invisible del mercado no siempre corrige los desajustes, sino que a veces se cierra y se convierte en un puño.
La solución que propuso es que el Gobierno sustituya al sector privado y haga aumentar la demanda para que la economía no caiga en una espiral de contracción y desesperanza.
Es la receta con la que experimentan Estados Unidos, la Unión Europea y China, y que salió vencedora en la cumbre del G-20 en noviembre, donde sus miembros pusieron la fe en el gasto público.
Incluso ha sido abrazada por el FMI, el baluarte de la austeridad presupuestaria. El Fondo mantiene que es necesario un estímulo fiscal a nivel mundial de más de un billón de dólares, aunque la cifra podría quedarse corta en vista de que hoy la entidad revisará a la baja «significa-tivamente» sus previsiones mundiales de crecimiento, según ha adelantado.
«Hemos dicho ahora algo diferente que en otras ocasiones porque esta crisis es diferente», explicó Carlo Cottarelli, el director de su Departamento de Asuntos Fiscales.
Para el FMI, la nueva postura es, en realidad, una vuelta a los orígenes, pues la entidad fue cofundada por Keynes en 1944.
Un busto suyo adorna la sala de reuniones de su consejo ejecutivo, el cual posiblemente cerró los ojos en las últimas décadas cuando ese órgano exigió recortes presupuestarios a países inmersos en crisis profundas.
Cottarelli enfatizó que el Fondo recomienda más gasto sólo a los países que se lo pueden permitir, porque cuentan con un nivel de deuda sostenible y los inversores no les reclaman unos intereses prohibitivos.
Keynes no ha entrado en todas las cabezas, como demuestra la repulsión de los legisladores republicanos de Estados Unidos a tragarse el paquete de estímulo de 825.000 millones de dólares que maneja el presidente Barack Obama.
Sin embargo, la gravedad de la crisis ha desinflado a sus principales contrincantes intelectuales, que achacaban la Gran Depresión a la mala gestión de la Reserva Federal.
Si el banco central hubiera bajado entonces los intereses rápidamente, se habría evitado todo el dolor, argumentaron Milton Friedman y otros economistas que recibieron la etiqueta de «monetaristas».
Actualmente, sin embargo, la Reserva ha situado el precio del dinero en prácticamente cero, y aun así la crisis pervive.
«La política monetaria está bien para moderar y restringir la inflación durante pequeños ciclos económicos, pero una crisis grande requiere política fiscal», opinó Barry Bosworth, un experto del centro de estudios Brookings.
Con el tirón monumental que dio al gasto público estadounidense, la Segunda Guerra Mundial avaló a Keynes al acabar finalmente con la Gran Depresión una década después del octubre fatídico de 1929 en que un plomo se colgó del cuello de la Bolsa.
Sus ideas resultaron aparentemente tan correctas que algunos creyeron que «el Gobierno podía estimular la economía permanentemente», pese a que Keynes nunca llegó a afirmar tanto, según Eswar Prasad, un profesor de la Universidad Cornell.
El resultado del gasto público continuo fue una inflación desbocada en todo el mundo en los años 70 y la caída en desgracia del pensador británico.
«La reacción entonces fue decir que todas sus ideas estaban equivocadas. En este momento volvemos a la sabiduría de Keynes», dijo Prasad.
Una vez más, como el presidente Richard Nixon dijo en 1971, «todos somos ahora keynesianos».
Agencia EFE


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