La dura vida en territorio separatista preanuncia el futuro si guerra estalla

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Combates que no cesan, toque de queda y peligro para los jóvenes, que temen ser enrolados en cualquier momento. La violencia ha dejado 13.000 muertos en los últimos años.

Donetsk - Ellos tenían 12 años cuando comenzó la guerra en 2014. En la parte separatista de Ucrania –este–, los jóvenes viven el terror del conflicto, pero también el cansancio y la ansiedad de un futuro sin perspectiva en esta región aislada.

Sus amigos de la misma edad en Rusia o en territorio bajo control de Ucrania van a clubes nocturnos y se ven tranquilos. Pero nada es así en Donetsk, bastión de los separatistas prorrusos de Ucrania, a pocos kilómetros del frente donde están las tropas de Kiev.

“Hace mucho tiempo que yo quiero vivir en paz. Estoy harto, estoy tan harto de la guerra, harto de ver tanques en las calles”, reclama Ruslan Chebotaiev, de 17 años, un estudiante de Economía, a la sombra de la estatua de Lenin en el centro de Donetsk.

“Mis imágenes de infancia son de tanques y gente armada”, cuenta este joven pelirrojo salpicado de copos de nieve.

En este territorio, cuya independencia autoproclamada es apoyada por Moscú, casi todo el mundo conoce a alguna víctima de los combates. “Es difícil decirlo”, admite Danil Chebotok, de 20 años, con una risa nerviosa.

La guerra ha dejado más de 13.000 muertos, el proceso de paz está paralizado y se escucha hablar de un nuevo conflicto con decenas de miles de soldados rusos amasados en la frontera con Ucrania, lo que países occidentales ven como una posible invasión (ver página 16).

Miedo

Cerca de Donetsk, las escaramuzas y los tiros de artillería resuenan a diario, a veces cobrando nuevas vidas.

“Es una situación insensata, no se sabe por qué la guerra continúa”, se queja Maxime Blizniuk, de 20 años, cabello rubio y un arete de crucifijo en la oreja.

Para los hombres jóvenes de Donetsk, el peligro de tener que ir al frente de guerra es real. El año pasado, las autoridades instauraron un servicio militar de seis meses como mínimo.

“Me preparé mentalmente”, afirma Chebotaiev, quien espera obtener una exención gracias a sus estudios.

En Donetsk, la guerra significa también, desde hace casi ocho años, toque de queda. Aunque ha sido levantado recientemente los fines de semana, permanece en vigor los otros días de las 23 hora local y hasta las 5. En ese lapso, Donetsk es una gran ciudad desierta.

“Yo soy joven, quiero salir de noche, pero no puedo”, se lamenta Chebotaiev. “No hay libertad”.

Tierra de nadie

Los jóvenes cuentan también la dificultad de vivir en un territorio que no es reconocido por ningún país, incluida Rusia.

“Hay que juntar un montón de documentos para viajar y no es seguro que te dejen pasar. Eso es estresante”, comentó Nastia Karpuchina, de 20 años, estudiante de medicina.

La región separatista está también en manos de un puñado de empresas. Un solo operador de telefonía móvil funciona bien y un solo banco impone las reglas. Sin una cuenta con ese banco, todos los pagos deben ser en efectivo.

“Realmente no es práctico”, se molesta Karpuchina, con un casco en la cabeza y un piercing en la nariz. “Incluso en Rusia puedes escoger tus preferencias en cada banco”.

El paso al territorio bajo control ucraniano es muy limitado, por lo que Rusia es la única vía para salir del encierro.

Karpuchina explica que, al final, su generación no ha tenido de dónde elegir: Rusia es “el lugar de paso para obtener experiencia, calificaciones, porque nuestros diplomas no son reconocidos en Europa”.

“Yo quiero salir de aquí”, acotó Danil Chebotok, quien pronto va a pedir un pasaporte ruso y sueña con trabajar como médico en Asia.

Sin embargo, lamenta que Ucrania esté cerrada para él. “Y yo tampoco veo a Rusia como un lugar para prosperar”.

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