20 de julio 2012 - 00:00

La economía está mal, pero Wall Street no se incomoda

Wall Street es optimista. Más que la realidad. La Bolsa iza un pabellón desafiante mientras la realidad, semana tras semana, pliega las alas. El Fondo Monetario urge a la acción, las cotizaciones -los 12.900 puntos holgados del Dow Jones- no. Claro que hay riesgos. Los enumeró el FMI al rebajar sus estimaciones del crecimiento global, y el titular de la Fed, Ben Bernanke, en sus dos visitas al Congreso. Nouriel Roubini, el gurú de la crisis subprime, a tono con el deterioro que se observa en todo el espinel, reflotó ya su pronóstico de una probable tormenta perfecta. Los bonos del Tesoro a diez años rinden lo que nunca desde que comenzó su emisión regular. Sus tasas bordean el 1,50% al año. Cuando Lehman declaró la bancarrota en 2008 esos mismos bonos -que son el refugio frente a la calamidad- rendían el 3,75%. Y el anuncio del primer ensayo de compra masiva de títulos de largo plazo -el QE original- no logró entonces hundir las tasas más allá del 2,10%. Y conste que fue un piso fugaz. ¿Riesgos? La Bolsa no los percibe. O mejor dicho, los percibe pero no los factura. La volatilidad esperada -medida a través del índice VIX- es increíblemente baja vis à vis el tenor de las amenazas. A fines de abril, cuando el Dow cotizaba a sus máximos, y no había noticias aún del enfriamiento en la creación de empleos en EE.UU., la lectura del VIX era igual a la de ayer: un tris por debajo del 16%. La crisis europea, en 2010 y 2011, supo instalar picos cercanos al 50%. Cuando Lehman estremeció las aguas, el VIX franqueó el 90%. Importa señalar la discrepancia porque, quiérase o no, Wall Street es un termómetro popular para chequear de un vistazo la salud de la economía global. Y siendo evidente que la enfermedad echa raíces, la Bolsa no marca líneas de fiebre. ¿Será que los inversores no ven lo que desfila delante de sus narices? ¿O es que la Bolsa anticipa? ¿Acaso su visión es tan penetrante que ya detecta la curación por venir?

Más vale que los males del mundo se curen solos. Si el reposo es la medicina indicada, la Bolsa tendrá razón. Por de pronto, la actividad languidece en los cinco continentes. Si se requiere asistencia adicional, en cambio, la situación va a complicarse. Ni en Europa (donde no hay dudas que se necesita atención urgente y mejores prestaciones) ni en EE.UU. puede asegurarse que la cobertura de una terapia intermedia estará disponible a tiempo.

En su paso por el Capitolio, Ben Bernanke, ratificó la convicción de que no habrá doble recesión en los EE.UU. sino la continuidad de un crecimiento módico. Hace una eternidad, en marzo último, cuando la economía se motorizaba a un ritmo que era el doble que el actual y el mercado de trabajo sorprendía por crecer aún más rápido, Bernanke (con la ley de Okun en mano) alertó sobre la naturaleza temporaria del fenómeno. Y tuvo toda la razón. La idea de que ahora se atraviesa un bache transitorio es la misma, pero en el otro extremo del péndulo. No está, por cierto, desprovista de antecedentes: fue lo que ocurrió en 2010 y 2011. La debilidad actual del consumo parece ajustar a ese patrón fluctuante, y la baja pronunciada de los precios de la energía -que aumenta el ingreso disponible como si fuese una reducción de impuestos financiada por el exterior- debería ayudar a efectivizar un repunte. Quizás la mejor noticia sea, por lejos, la estabilización del mercado de la vivienda. Los indicadores de precios, volumen de transacciones y participación de los remates judiciales en el total de las ventas confluyen por primera vez en un cuadro razonablemente auspicioso. El alza en la construcción de nuevas viviendas -40% en el último año y medio- denota el resurgimiento de las oportunidades de negocios tras una profunda depresión. Sería irónico recaer en una recesión cuando por fin cicatriza la herida que ocasionó la pesadilla.

Bernanke espera, pues, que la economía gatille un repunte sin que se necesite su intervención. La Bolsa, si no desea sofocones, debe rezar la misma oración. Bernanke no lo puede decir, y menos en el Congreso, pero la política monetaria entró en el período de veda política que dictan los tiempos de la carrera presidencial. La convicción de que no habrá doble recesión puede ser equivocada o no; lo que es innegable es su conveniencia. ¿Cómo admitir dudas más profundas y, acto seguido, permanecer de brazos cruzados? Hay que hacerse a la idea de que hasta después de noviembre, la Fed tendrá como única arma la comunicación. Por supuesto, montará guardia para salvar una emergencia, pero las cirugías programadas cesaron en junio con la prórroga de la operación twist. Y no se retomarán hasta que se pronuncien las urnas. Si la regla era válida en los tiempos ordinarios, qué decir de ahora que mandan las políticas no convencionales. No se puede anunciar un QE3 por poca plata. No serviría de nada. Las cantidades tienen que ser mayúsculas, y aun así, tal vez, sirvan de poco. Con Obama y Romney luchando palmo a palmo, la Fed no tomará partido.

Se podría apostar doble contra sencillo a que si yerra Bernanke la culpa será de Europa. Allí debería aplicarse el QE3. Así se comentó en esta columna más de una vez: anteayer el FMI se lo reclamó al BCE sin tapujos. Donde una estrategia que consiste en retirar riesgo de duración de los mercados e inyectar liquidez tiene verdadero sentido es donde la pendiente de la curva se empina en vertical. Los bonos a diez años rinden más del 6% en Italia y el 7% en España. Allí calza la lógica del QE3. Pero aun así es más probable que Bernanke se decida antes que el BCE. Tal la apuesta agresiva de la Bolsa: que el incendio de media Europa no chamuscará a Wall Street. En ese sentido, corroborar que España podrá separar una parte del dinero con destino al rescate bancario -quizás 30 mil millones de euros- para utilizarlo en la compra de deuda pública sería la mejor noticia.

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