27 de enero 2009 - 00:00

La fina línea entre el temor y la duplicidad

Lo habían pedido, a coro, los países de la Unión Europea, el Parlamento de la UE y los principales referentes políticos del bloque. No bien asumió, Barack Obama se hizo eco del clamor internacional y, en uno de los gestos políticos más trascendentes que hizo hasta el momento, ordenó cerrar el penal que, con sus abusos, más hizo para desacreditar la lucha contra el terrorismo lanzada por George W. Bush en las postrimerías del 11-S. Europa saludó la decisión y respiró aliviada. La conciencia por fin había triunfado al otro lado del Atlántico. La cárcel de Guantánamo sería cerrada.
Se esperaba entonces, en medio de un ambiente internacional de renovada cooperación, una ayuda del bloque a su aliado para terminar con esa ignominia. Sin embargo (¿sorprendentemente?), Europa se quedó corta ayer a la hora de cumplir con las expectativas, mostrando con sus divisiones, además, que no puede deshacerse de su habitual enanismo político, que le impide hablar con una sola voz ante el mundo.
Es obvio que nadie quiere avalar las impresentables prácticas que rigieron en esa base: el encarcelamiento indefinido y sin presentación de cargos, la denegación del derecho a la legítima defensa, la creación de tribunales especiales ajenos a cualquier ordenamiento aceptable, las confesiones arrancadas bajo tortura y, para peor, consideradas válidas. Todo ello asemejó por demasiado tiempo a Estados Unidos a un oscuro régimen tercermundista. Pero nadie desea tampoco hacerse cargo de hombres sospechados de terrorismo que, como ha ocurrido con unos 60 liberados anteriormente, pronto podrían volver a comprometerse en una militancia violenta, según datos del Pentágono, cuyo jefe, Robert Gates, fue ratificado por Obama.
Un caso paradigmático, aunque no el único, es el de Jalid Sheij Mohamed, quien confesó haber sido el cerebro del 11-S y de muchos otros ataques horrorosos, y se mostró ansioso de ser condenado como un «mártir». «Con mi bendita mano derecha le corté la cabeza al judío estadounidense Daniel Pearl», dijo Mohamed sobre el asesinato del corresponsal de The Wall Street Journal en 2002 en Pakistán. Como todos los juicios ya iniciados, el suyo enfrenta ahora una impasse de cuatro meses, plazo durante el cual será revisado. Y el resultado es incierto, ya que se presume que fue sometido a tormentos.
El cierre de Guantánamo será un proceso complejo y polémico. Para empezar, ya sentado en el Salón Oval, Obama se dio un baño de realidad y comprendió que la medida era irrealizable en sus primeros cien días de gestión, tal como había prometido en su campaña electoral. Un año, el plazo que finalmente fijó, parece más razonable, dado el nudo legal que le legó Bush en torno a la espinosa cuestión.
Por un lado, se teme que la simple devolución de muchos de 245 detenidos a sus países de origen los ponga en una situación de vulnerabilidad, que se sumaría a los vejámenes ya sufridos y que fueron relatados con lujo de detalles por algunos liberados, comprobadamente inocentes. Éste es el caso de un grupo de uigures musulmanes chinos, que con toda probabilidad serían perseguidos por el régimen de Pekín, implacable con esa etnia separatista. Lo mismo pasaría con varios libios, argelinos y uzbecos, entre otros.
Pero, por el otro, el dilema es todavía mayor, ya que hay vehementes sospechas de que muchos de quienes serían excarcelados -como Mohamed- efectivamente han tenido lazos fluidos con organizaciones terroristas y cuyos procesos, llevados ahora sin la aceptación de las confesiones forzadas, corren serios riesgos de nulidad. ¿Aceptará la población estadounidense su puesta en libertad sin más trámite? ¿Qué pasará con la imagen de Obama si, en el futuro, alguno de ellos reaparece con algún atentado resonante?
Varios dirigentes europeos alegaron ayer que todo esto se trata de un problema creado por Estados Unidos y que, por lo tanto, Estados Unidos debe resolver. Es cierto. Aunque no correr riesgos a veces lleva a exhalar un cierto aroma a duplicidad.

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