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La fugacidad de la vida con sobriedad y calidez
Un formidable Pepe Soriano interpreta a un anciano con Alzheimer, muy bien acompañado por el elenco, en especial, Carola Reyna como la hija que pasa con naturalidad del enredo de comedia al colapso nervioso.
Con grandes posibilidades de convertirse en el fenómeno teatral del año, esta pieza del novelista y dramaturgo francés Florián Zeller no sólo emociona al público hasta las lágrimas, también lo hace reír con las peripecias de un anciano muy temperamental, afectado de Alzheimer.
La humanidad de este personaje se acrecienta gracias a un eficaz recurso: los hechos se desarrollan en escena tal cual él los percibe. En la mente de Andrés (descomunal interpretación de Pepe Soriano), los conocidos se vuelven extraños y sus conductas resultan cada vez más imprevisibles y arbitrarias. Conmueve verlo luchar por su dignidad y autonomía ante una realidad que se le escapa de las manos.
El clima de creciente amenaza e intriga recuerda al teatro de Harold Pinter. No obstante, la pieza regala algunos momentos de felicidad. Por ejemplo, cuando el protagonista despliega toda su seducción ante una encantadora enfermera (Magela Zanotta). No menos divertidos son algunos planteos y comentarios que le dedica a su hija Ana (Carola Reyna), que a su vez planea irse a vivir al exterior con su nueva pareja.
La actriz transmite con suma naturalidad el tránsito de su personaje, que va del enredo de comedia al colapso nervioso alimentado por la culpa y el dolor. Los roles se han invertido y el padre, un ex ingeniero al que una vez temió, es ahora un niño frágil y demandante a quien hay que atender las 24 horas.
Más allá de la sobriedad y calidez con que se narran los hechos -¿quién no vivió o fue testigo de una situación como ésta?-, la pieza enfoca el tema como una suerte de "memento mori", un recordatorio de que moriremos. También advierte sobre la fugacidad de la vida, las limitaciones de la naturaleza humana y el cruel aislamiento al que somete una enfermedad.
En el tramo final, Soriano convierte a su personaje en un ser casi etéreo y con la grandeza de un Rey Lear. Desposeído de su identidad, sin nadie que pueda salvarlo del destierro de su propia vida, el anciano camina con paso corto hacia su destino y ese gesto lo enaltece.
Los demás integrantes del elenco (Gabo Correa, Marina Bellati y Fabián Arenillas) participan con eficacia de esta refinada puesta de Daniel Veronese, en la que el diseño visual aporta magia y poesía a la subjetividad del protagonista. La última escena, en particular, parece un cuadro del pintor danés Hammershøi, quien hizo de la luz nórdica una condición del espíritu.


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