15 de enero 2013 - 00:00

La gira de Máximo Pedraza va de lo universal al origen

Sin título, uno de los paisajes nocturnos de Máximo Pedraza expuestos en Alberto Sendrós. Acrílico sobre papel misionero (120 x 220).
Sin título, uno de los paisajes nocturnos de Máximo Pedraza expuestos en Alberto Sendrós. Acrílico sobre papel misionero (120 x 220).
La galería Alberto Sendrós exhibe durante el verano los paisajes nocturnos que Máximo Pedraza pintó luego de la gira artística que lo llevó desde su Tucumán natal a Colonia, Berlín y Buenos Aires. El artista se apropió, durante una estadía en Alemania que se extendió desde 1998 hasta 2005, del viejo pero todavía poderoso hechizo romántico. Al regresar, cuando se instaló en Buenos Aires, comenzaron a percibirse en las obras los rastros inconfundibles del origen. Pedraza emprendió en América, una búsqueda hacia el interior y el pasado, intención que se advierte con mayor claridad en sus esculturas.

Así, desde una perspectiva universal pero, a la vez, decididamente contemporánea, renovó los postulados del paisaje, y pintó el cielo, las nubes, la tormenta. La luz asume todo el protagonismo en sus nocturnos, los resplandores brotan de la profundidad de la pintura. Pedraza utiliza papel misionero, conocido como «papel madera», y tan sólo pintura negra. La claridad está dada por el papel, que aparece detrás de las sombras.

Hay un inocultable primitivismo en el modo de dibujar las formas onduladas de las nubes; no obstante, se percibe además, un singular y preciso dominio del oficio. A puro contraluz, con unos simples trazos negros pintados con soltura, surge el encrespado diseño de las nubes.

El año pasado, durante la última Feria ArteBA, las pinturas de Pedraza llamaron la atención de conocedores y expertos. Su obra sorprendió por la sencillez del dibujo esquemático -las siluetas de unos árboles, los pájaros posados con gracia sobre las ramas, un caballo y una iglesia-. Imágenes que se recortan, también a contraluz, sobre un amplio horizonte luminoso.

Por lo demás, y a pesar de la oscuridad reinante, en esos paisajes campestres resuenan las formas simplificadas que, con colores amables, supo pintar el uruguayo Figari. Pero el parecido es tan distante, que repercute en la lejanía con un encanto nostálgico. Algo similar, aunque más indefinido todavía, ocurre con los recuerdos que arriban al mirar los cielos actuales: entre las evocaciones y visiones que se cruzan, están los nocturnos de José Cúneo.

El paisaje, motivo que se reitera hasta hoy en la historia del arte, luce renovado y con un estilo personal en los cuadros de Pedraza. Y el mérito no es menor. Más allá del reverberar de otras obras y de los recuerdos que suscitan las propias, su estilo es inconfundible.

La exposición actual marca sin embargo un cambio. El artista que hasta ayer pintaba el horizonte que se encontraba a la altura de sus ojos, ha levantado la cabeza y hoy contempla la profundidad del cielo. Así, sin siquiera dar un paso, desde un mismo sitio, con el sólo desplazamiento de su mirada, descubre otra perspectiva. El gesto es breve, pero tiene connotaciones extensas: va desde el tema hasta poner en evidencia el sentido del trabajo del artista, la capacidad -o necesidad- de orientar la mirada para crear, para ver algo nuevo.

Desde ya, los paisajes son mentales. Pedraza decide pintar el cielo con un sentimiento semejante al del personaje del escritor colombiano Álvaro Mutis, quien, en «Tríptico de mar y tierra» se propone pintar el viento. Aclara entonces que no se refiere al viento que «pasa por los árboles y ni el que empuja las olas y mece las faldas de las muchachas», y agrega: «quiero pintar el viento que entra por una ventana y sale por otra, así, sin más. El viento que no deja huella. [.] Ese es el viento que voy a pintar. Para eso, lo sé, hay que saber mirar, ya se lo dije; mirar el lado oculto de las cosas. Con el viento es lo mismo y lo que en verdad yo se hacer es eso: mirar, mirar hasta no ser uno mismo».

Pedraza denominó «Estoy muy bien» su muestra de la galería Sendrós. Los cuadros no llevan título, pero en Internet hay una foto de Pedraza tomada en Pumamarca donde se lo ve escalando: se llama «Camino al cielo». Las pinturas de las nubes, con el color siena un tanto amarillento propio del papel que aparece debajo del negro, resultan casi abstractas. La narración sobre el acontecer de la naturaleza se revela al observar el modo en que el viento agrupa las nubes o las arremolina. Una tormenta y la imagen fantasmal de un abismo (características románticas), son los relatos más elocuentes.

En la presentación de la muestra, Alejo Ponce de León se refiere a la coincidencia entre las esculturas de bronce, material que aparece «afofado y barroso», y destaca el «oscurecimiento del bronce, materia noble por excelencia, en sincronía perfecta con el resto de su obra». Los dedos del artista dejan marcas evidentes al modelar los accidentes de los troncos de los árboles y la superficie escultórica de un ranchito. Al distante bronce se contrapone la cercanía de las huellas que han dejado las manos; del mismo modo, la sencillez del procedimiento contrasta con la densidad de las obras. Finalmente, con su modalidad contenida y una visión sombría del Universo, Pedraza buscó en la inmensidad del cielo lo sublime de la naturaleza.

Dejá tu comentario