22 de septiembre 2011 - 00:00

La Guerra Civil volvió al cine con emocionante film

Benito Zambrano rodeado por los actores de su film «La voz dormida», que se exhibió ayer en la muestra donostiarra.
Benito Zambrano rodeado por los actores de su film «La voz dormida», que se exhibió ayer en la muestra donostiarra.
San Sebastián - Como en la jornada anterior, esta vez la competencia oficial también tuvo dos películas con niños. Pero dramáticas. En «11 flores», Wang Xiaoshuai («La bicicleta de Pekín») reelaboró momentos de su propia infancia en los años finales de Mao, particularmente el contacto con un asesino escondido en el bosque. «La verdad, no recuerdo mucho lo que hablamos», confesó el director. «Más recuerdo, yo estaba al lado, cuando salió corriendo perseguido por la policía, todos los niños corrimos, y luego se detuvo, se puso de rodillas, y alzó las manos. Nunca más supe de él».

La Revolución Cultural obligó al padre, hombre culto, a vivir en el interior, donde no pudo desarrollarse. «Años después tuvimos suerte, volvimos a Shanghai, pero otros siguen en el interior, donde hay mucho atraso. Un viejo compañero de estudios tiene una hija muy bonita, quería ser actriz, tenía condiciones, pero el consejo de familia lo prohibió, y ahí quedaron, con el sueño roto».

En cuanto al niño de la otra película, está por nacer. Pero cuando nazca, fusilarán a su madre y lo mandarán a un asilo. Su futura tía procura reclamarlo, ya que no puede hacer nada por la hermana. Tal es la historia de «La voz dormida», intensa obra de Benito Zambrano («Solas») ambientada en la inmediata posguerra española y basada en la novela de Dulce Chacón, basada a su vez en muchos casos reales sucedidos bajo el franquismo (dicho sea de paso, muy bien denunciados en el documental catalán «Los niños de Franco» exhibido en el Cosmos cuando el Cosmos era el Cosmos).

Drama fuerte, triste, muy bien hecho, en la función para periodistas el aplauso, bien cerrado, duró casi un minuto. Sin embargo, la posterior conferencia de prensa tuvo un momento incómodo, cuando un cronista dijo el clásico «ya está bueno de películas sobre la Guerra Civil». Ahí saltó como leche hervida el productor Antonio Pérez «¡Comparadas con las otras son un puñado! Franco se encargó de hacer muchas, pero de esas no se quejan. Y de policías americanos tampoco se quejan. Y la mitad de los últimos 20 Oscar al mejor film extranjero es sobre guerras de distintos países, comprobadlo».

Las actrices también terciaron: «Hemos hablado con mujeres de 80 que vivieron aquello y, hombre, de lo que ves en cine no sobra nada, faltaría poner más y honrarles la memoria a quienes sufrieron». El cronista iba a seguir discutiendo, cuando Zambrano, cordialmente, intercaló un «Si me permiten», y bajó los decibeles «completando una pregunta anterior antes de que me olvide». Y cuando ya estaban todos en paz, preguntó a la sala «¿No hacemos más películas sobre la guerra? ¿Qué parte de nuestra historia podemos contar? ¿Podemos contar sobre los dinosaurios enterrados en tal cueva? ¿Qué fosa no podemos abrir?»

Ahí saltó otro, quejándose por las escenas de tortura, que la novela apenas menciona. «Con medio millón de presos en cárceles donde solo cabían 200.000, había un nivel de depuración enorme. Leyendo testimonios, verás que todas las mujeres fueron torturadas, de una u otra forma. Y en las calles, la gente veía a un uniformado y bajaba la vista, por miedo. Si he ido un poquito más lejos que la novela, fue porque necesitaba que el espectador sintiera ese miedo, que lo percibiera, que bajase un ratito al infierno, solo pa que entienda el dolor humano, y porqué nuestro personaje está asustado. En El pianista, en La lista de Schindler, hay todo tipo de horror y nadie se queja». Y como el otro también quería seguir discutiendo, lo cortó en seco: «Cuando te compres el dvd haz tu propia edición y quita las escenas de tortura».

La discusión sonó graciosa, justo cuando otras películas del festival son elogiadas por el realismo de sus escenas violentas, y horas más tarde se presentaba un documental sobre Pilar Miró, que en El crimen de Cuenca escenificó, casi en tiempo real, viejos métodos de interrogatorio «con manicura».

Fuera de eso, «La voz dormida» solo recibió elogios y ya pinta para los mayores premios. ¿Dónde está la clave de sus méritos? «Lo tengo clarísimo, un buen guión, un buen guión, un buen guión, y el reparto adecuado. Pruebo, repito, machaco, hago castings, porque no me vale solo ver a los candidatos, necesito tocarlos. Cuando a alguien le digo quiero que estés en mi obra, es porque estoy seguro». Y acertó.

Las protagonistas, Inma Cuesta y María León, se lucen a pleno, y hacen llorar toda la película. «Llorar es lo mejor que te puede pasar, porque significa que dentro tuyo hay alguien que se deja doler», sintetiza el autor, y agrega «Las dos actrices se han querido mucho, se sintieron hermanas, fue como si sus personajes tomaban carnadura, y cuando pasa algo semejante, ése es un regalo pal director. Cuando los artistas se aprecian, y no son egoístas, ni engreídos, ni estúpidos, facilitan el trabajo de todos». ¿Exagerado? «Excesivo. Es que yo soy retórico, un poquito gitano, un poquito judío. En suma, andaluz».

* Enviado Especial

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