25 de junio 2013 - 00:00

La historia de Bonino cobra vida en la Fundación Klemm

La foto en tamaño real de Alfredo Bonino domina el acceso a la muestra en el mismo espacio que eligió el marchand para fundar su galería y que hoy ocupa la Fundación Klemm.
La foto en tamaño real de Alfredo Bonino domina el acceso a la muestra en el mismo espacio que eligió el marchand para fundar su galería y que hoy ocupa la Fundación Klemm.
La Fundación Klemm alberga el arte de Bonino y recupera la historia del célebre marchand.

La muestra "Alfredo Bonino - Reminiscencias de un espacio", que presenta en estos días la Fundación Klemm, curada por Ana María Battistozzi, trae de vuelta a la escena un personaje glamoroso. Son numerosas las investigaciones de estos últimos años destinadas a revisar y reescribir el arte argentino de la década del sesenta. En primer lugar figuran las exposiciones de la Fundación Proa, "Imán: Nueva York", "Sistemas, Acciones y Procesos. 1965-1975" y "Pop, realismos y política. Brasil - Argentina 1960", curadas por Rodrigo Alonso. Muestras a las cuales se suman las exhibiciones y ensayos teóricos que descubrieron documentos y, a la vez, artistas y operadores culturales cuyos nombres habían perdido el brillo original.

Pero el recuerdo de la galería Bonino, expuesto en el mismo escenario y en el mismo clima que eligió el marchad para fundarlo y que hoy ocupa la Fundación Klemm, cobra una fuerza especial. El primer impacto que recibe el espectador es la foto en tamaño real de Bonino, personaje determinante para el mercado del arte argentino de las décadas del 50 y el 60. La seductora imagen mirando hacia la cámara con un cigarrillo en su mano, y parado sobre el mismo piso de goma negra que hizo colocar Clorindo Testa, se recorta sobre la misma escalera que hoy divisa el espectador. La figura, con una pose entre estudiada y negligente, se replica de perfil y de espaldas en los paneles de espejos.

El novelesco relato de las andanzas el marchand nacido en Nápoles, comienza cuando Bonino llega a América, primero a Brasil y luego a Buenos Aires. Venía junto con los millones de inmigrantes que anhelaban dejar atrás la paupérrima Europa de la posguerra. En el año 1946 abrió en San Pablo la galería Domus y cuando conoció Buenos Aires decidió quedarse. Primero inauguró la galería Samos y, en el año 1951, la Galería Bonino.

La muestra se inicia con una obra de 1944 por demás extraña, una pintura de Gertrudis Chale: "Madres de América". En medio de un paisaje desolado hay nueve personajes abstraídos que miran hacia lugares diferentes. La incomunicación entre ellos es absoluta, salvo por el gesto de dos figuras que cargan con dos niños. En primer plano hay una mujer con rasgos aindiados, como todo el resto, que camina ensimismada hacia delante; detrás, una mujercita vestida de blanco, camina como una zombi en sentido inverso mientras, con su mano en alto, cubre sus ojos del reflejo de un sol inexistente, al igual que la niña que desde el centro de la pintura mira hacia delante. La desorientación de los personajes representa la cara inversa de "Las Meninas" de Velázquez y su elocuente juego de las miradas. Chale abre una fisura que no se aclara en la muestra.

El grupo de pinturas mucho más formales de Aquiles Badii, Batlle Planas y Horacio Butler, donde se destacan los "Antifaces" de Raquel Forner, son anteriores al cambio de rumbo de la galería que bien señala la curadora. Al promediar la década del 50, Bonino dejaría atrás un arte que ya entonces disfrutaba de cierta consagración, para presentar las muestras dedicadas al Espacialismo, el Madi Internacional (acompañada por un texto de Gyula Kosice) y la del trío joven Bucci, Jorge De la Vega y Josefina Robirosa.

En el contexto positivo del desarrollismo de Frondizi y con la vocación moderna del Instituto Di Tella, la actitud regresiva de los argentinos que tenían a París y su academicismo en la mira, resultaba de pronto menos obstinada. No obstante, a pesar de estos aires renovadores, Bonino desató un auténtico escándalo cuando exhibió las obras del grupo Nueva Figuración (Ernesto Deira, Luis Felipe Noé, Rómulo Macció y De la Vega). Macció lo justifica: "Nosotros estábamos decididamente en contra de todo esteticismo, tal vez hasta hubo violencia en nuestra actitud". Según sostiene Noé, sólo dos críticos apoyaron la muestra, Hugo Parpagnoli y Aldo Pellegrini, pero agrega que Bonino, al cierre de la exhibición, les ofreció inaugurar una nueva exposición, "así, de inmediato". El gesto pone en evidencia la euforia y también la urgencia que se vivía en ese tiempo. Jorge Romero Brest, director por entonces del Museo de Bellas Artes, les propuso a los artistas presentar una muestra en la institución.

En la efervescencia de los años sesenta, Bonino abrió sucursales en Rio de Janeiro y Nueva York. El local neoyorquino de la calle 57 marcó un punto de inflexión. Los artistas supieron sacar partido de este nuevo horizonte y del apoyo institucional (MNBA, MAMBA, Di Tella, Bienales Americanas de Córdoba y la Beca Guggenheim de EE.UU.) que posibilitó para algunos la integración en el codiciado circuito internacional. En 1964, Bonino presentó la exhibición "Magnet: New York" con las obras de Marcelo Bonevardi, Sara Grilo, José Fernández Muro, Kenneth Kemble y Kasuya Sakay, entre otros.

Hoy, exceptuando la llamativa instalación de Noé "El ser nacional" de 1965, que rompe con el formato del cuadro, el carácter dominante de la muestra es intimista. Se destacan algunas obras cumbre de la Colección Federico Klemm, como las pinturas de Victorica o Fontana, y también la historia del espacio que el marchand estrenó en 1971 frente a la plaza San Martín, sobre la calle Marcelo T. de Alvear. Si bien las puertas de Bonino estuvieron abiertas hasta 1979 (fecha de un dibujo de Roberto Aisenberg) desde entonces, el espacio cumple con el destino de albergar el arte. Por allí pasaron dos galerías hasta que Federico Klemm abrió su Fundación y aseguró la supervivencia en el tiempo luego de su muerte.

Cabe agregar que en 1954 se fundó la Editorial de Arte Galería Bonino, con el objetivo de difundir el arte moderno de los vanguardistas argentinos y los artistas internacionales de primer nivel, como los italianos Mario Sironi o Mimmo Rotella, entre otros que se exhibieron en Buenos Aires.

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