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La hora de la verdad
Desde el advenimiento de la nueva etapa de la democracia (si es que puede llamarse democracia al solo hecho de elegir a los gobernantes en el marco de la vigencia de las instituciones), la sociedad argentina ha sido testigo también de actitudes irresponsables, descomedidas en muchos casos y hasta dramáticas para la vida de los ciudadanos. Para no abundar en ejemplos, recuérdese el desequilibrio institucional realizado por ciertos factores de poder políticos y no políticos contra el ex presidente Raúl Alfonsín (¿por qué si no debió adelantar la entrega del poder?); o la acción emprendida contra el ex presidente De la Rúa, que debió huir en helicóptero. Tal parece que hoy los gobiernos no caen por los uniformes y tanques, sino por el accionar de ciertos grupos en el mismo seno de las instituciones de la República. ¿Por qué se fue si no De la Rúa?
En estos días, queda claro para quien quiera observar con imparcialidad el panorama nacional, parece haber un movimiento que podría desembocar en un suceso no deseable para la vida argentina. Hay advertencias de un posible resquebrajamiento de la gobernabilidad mediante el intento de avanzar, por una parte de la oposición, sobre el poder desde el Parlamento argentino.
Sería dañino que la oposición diera la impresión de que busca erigirse en una nueva Unión Democrática en la que confluyen no sólo sectores que ideológicamente están divorciados (sólo los une el deseo de hacerse del poder). De esa formación además participan peronistas. Cosa extraña, pero cosa al fin, algunos son peronistas que fueron menemistas, luego duhaldistas, después kirchneristas y ahora macristas o lo que venga.
En esta ensalada rusa nada se propone y todo se opone. Faltan propuestas para sacar al país adelante, pero sí se plantean todas las estrategias para sacar al actual Gobierno de la escena del poder. Una verdadera displasia que llevará a otra muerte a los ciudadanos argentinos de todas las clases sociales: pobres, clase media y clase más pudiente. Esto perjudicará a los trabajadores, a los profesionales, a los comerciantes y a los pequeños y medianos empresarios. Sólo se salvarán, como siempre ha ocurrido en la historia de la Patria, un grupo reducido de capitales y políticos al servicio de éstos.
En este marco, por estas horas un grupo de productores rurales (algunos de cuyos dirigentes parece que no han ocultado en reuniones privadas su deseo de participar en listas para las legislativas) suponen que lograr el mejoramiento de la renta pasa por los cortes de rutas, sin advertir que lo único que consiguen es hacer el caldo gordo a quienes, parece, están empeñados en otro ciclo lamentable para la historia argentina. Lamentable, porque esta situación es analizada en todo el mundo y una vez más los inversores le bajarán el pulgar a un país al que, algunos insensatos, han transformado en poco confiable e indigno de tener en cuenta a la hora de invertir o de escuchar en el concierto de las naciones.
Un avance de la mezquindad, el egoísmo y los intereses de ciertos sectores significarán para la Nación otro retroceso que pagarán nuestros hijos, nuestros nietos y nosotros mismos.
Tampoco hay que dejar de advertir todos los errores en que ha incurrido el actual modelo gobernante. Sería beneficioso para el país, por ejemplo, que cambiara sus actitudes que tienen que ver más con el oligopolio político que con el consenso e intercambio de ideas. Es necesario decirlo porque ese mismo modelo fue el que logró dar al campo y a muchos niveles de la industria una rentabilidad que no tenía; logró una quita en la deuda externa y liberó al país de las imposiciones históricas del FMI. Esas medidas expandieron las fuentes de trabajo, entre otros logros.
Sin embargo, muchos hoy parecen olvidarlo. ¿Por qué? Pues porque parece que el Gobierno ha tocado intereses de grupos que olvidan que mientras ellos reclaman por la «injusticia de menos renta», otros ni siquiera reclaman, porque el hambre les ha quitado la fuerza para ello.
Mientras unos gritan desde su «Versace y su doble tracción», otros lloran desde su panza hambrienta y sus pies al aire. Y mientras algunos dirigentes políticos (de signos distintos, pero encontrados en la insensata búsqueda del poder) pergeñan acciones en suntuosas casas de fin de semana, otros padecen la soledad de la ausencia de casa y de cobijo. En tanto muchísimos, perteneciendo a la clase media, tiemblan porque la irresponsabilidad de algunos puede hacerlos aparecer, de la noche a la mañana, entre los sin clase.
Y en este contexto, alarma que se presten a semejantes acciones aquellos que pronuncian el santo nombre de Dios o dicen seguirlo.
No es con la mera y absurda confrontación y con una burda oposición como se restablecerán los valores en la Patria. No es con un atropello a la gobernabilidad que podrán nuestros hijos vivir con dignidad material y espiritual en un suelo tan fecundo y pródigo, sino con el encuentro de todos en torno a programas serios que sirvan para la construcción y el desarrollo de cada persona. Por eso, en estas horas, es menester que algunos depongan las ideas de implementar viejos métodos que herirán profundamente una vez más a la sociedad argentina y que se convoque a un gran diálogo nacional en el marco de la paz, la justicia y el amor al prójimo.


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