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La huerta es cultura en las escuelas
Al aprender técnicas de cultivo, los chicos mejoran su cultura alimentaria. El compromiso de los padres también es crucial para el avance del proyecto.
El beneficio alcanzan hoy a unos seis mil chicos y cuatro mil familias que presentaban problemas de desnutrición en las economías regionales, concentrados en Misiones, Formosa, Salta, Mendoza, La Rioja, Córdoba, Tucumán, Buenos Aires, Capital Federal, Neuquén, Chubut, Tierra del Fuego, Entre Ríos, y Corrientes, entre otras provincias.
La Huerta busca generar producción orgánica para incorporar en los chicos el concepto de respeto y cuidado de la tierra para lograr una producción de alimentos vegetales sanos y sustentables en el tiempo. Otro aspecto que se pretende consolidar es que los cultivos sean originales de cada región.
Juan Lapettini es el director ejecutivo de la fundación. Eligió cambiar su puesto de ejecutivo de una compañía telefónica de origen europeo por el cargo que hoy ostenta en la entidad. «Huerta Niño me posibilitó crear este engranaje que articula lo privado con lo social, ayudar a desarrollar este proyecto y darle una mayor cobertura», asegura, no sin antes aclarar: «Trabajamos en forma solidaria en las escuelas rurales primarias construyendo huertas comunitarias para brindar una solución sustentable en el tiempo al hambre de los niños», según dijo a Ámbito del Campo.
Para poner en marcha un proyecto comunitario, la Fundación busca involucrar al director de la escuela, considerado el líder en las comunidades del interior, y luego suma a los padres, quienes hacen el trabajo fuerte para la construcción de la huerta. Los chicos, una vez que el proyecto está en marcha, hacen trabajos de seguimiento, como plantar las semillas, realizar el riego y el cuidado de los cultivos, de modo que se nutran del conocimiento que les ofrece un técnico del programa Pro Huerta, impulsado por INTA, y, a su vez, posibilitar que los padres absorban ese conocimiento y lo repliquen en los hogares.
Modelo
«La huerta en la escuela queda institucionalizada, porque es el centro del saber, donde ese modelo sirve para nutrir al comedor escolar y más si se tiene en cuenta que reciben de las autoridades sólo $ 1,10 por chico, dinero que no alcanza. Con toda esa producción obtenida de la huerta, se ayuda a suplementar la dieta de los niños y se cumple la doble función de cambiar la cultura alimentaria donde la dieta es a base de harinas y carnes», asevera Lapettini.
En cada comunidad, los proyectos se manejan por fases, la primera es motivar a la gente, porque si los promotores llegan con 10 postes, alambres y sistemas de riego sin ninguna explicación, son mirados como algo extraño. Tratamos de instalar el concepto de comunidad unida para lograr el éxito del proyecto. En este tipo de parajes, después del segundo o tercer año de producción, sobre todo de frutales, recién se puede iniciar un emprendimiento», agregó Lapettini.
Mediante el seguimiento, se detecta en esos ámbitos la participación de los padres, pero ningún proyecto contempla el pago de mano de obra, por eso si no hay gente comprometida para construir la huerta, el proyecto no se hace: «Buscamos que sea sustentable en el tiempo, por eso trabajamos fuerte en la capacitación y en el aspecto motivacional», indicó el director de Huerta Niño.
En diversas visitas se comprobó que al menos un cuarto de la comunidad conserva el conocimiento para ayudar a mantener la huerta de la escuela y los chicos son los que perciben, desde el inicio, el conocimiento para trabajar en ella. «El 90% de esa gente no cultiva, porque no tienen idea de cómo se hace, no tuvo la oportunidad de aprender y de hacerlo. La tarea no es sólo darle la semilla para que plante, además hay que acompañarlos», concluyó Lapettini.
La mayoría de las comunidades en las que trabaja la Fundación son producciones de subsistencia, sitios muy abandonados con apenas diez casitas que se encuentran alrededor de la escuela y a 40 kilómetros de un centro poblado.

