30 de septiembre 2014 - 00:00

La II Bienal de Montevideo mira 500 años hacia el futuro

La reflexión de Goethe de que no existe el presente sino tan sólo el devenir inspira los mapas ilustrados de la argentina Adriana Bustos. “Imago Mundi” es un registro de tiempos, siglos, territorios, todos diferentes. El reloj de tracción humana del artista alemán Mark Formanek conjuga el formato digital con el primitivismo de la performance: los trabajadores acarrean las tablas para diseñar la hora en tiempo real.
La reflexión de Goethe de que no existe el presente sino tan sólo el devenir inspira los mapas ilustrados de la argentina Adriana Bustos. “Imago Mundi” es un registro de tiempos, siglos, territorios, todos diferentes. El reloj de tracción humana del artista alemán Mark Formanek conjuga el formato digital con el primitivismo de la performance: los trabajadores acarrean las tablas para diseñar la hora en tiempo real.
Montevideo - El poder de convocatoria del arte contemporáneo va en aumento y la anunciada crisis de las bienales ha quedado atrás. Luego de un exitoso debut, la Bienal de Montevideo abrió la semana pasada las puertas de su segunda edición con más de 50 artistas contemporáneos de cinco continentes y un brillante vernissage. El palacio del Banco República y dos edificios aledaños de la ciudad vieja son los espacios que albergan las obras de la megamuestra "500 Años de Futuro", ambicioso tema que aborda el curador Alfons Hug. Como un director de orquesta, Hug puso en marcha la Bienal y echó a andar en ese instante, el inmenso reloj de tracción humana ubicado sobre una tarima en medio del imponente Hall. Realizado con tablones de madera que configuran los números, el reloj del artista alemán Mark Formanek conjuga el formato digital con el primitivismo de la performance: los trabajadores acarrean las tablas para diseñar la hora en tiempo real. El anacronismo de esa carrera contra el tiempo se desarrolla mientras, potente, se oye el sonido de las campanadas que arrastran al espectador hacia el pasado. "En el año 1650 el Rey Felipe III donó un reloj considerado el más antiguo de América a la Catedral de Comayagua de Honduras", explican Hug y el cocurador Santiago Tavella, y agregan que todavía funciona. "Hasta el tiempo fue importado de Europa", subraya Hug.

Resulta imposible pensar en el futuro, en un futuro tan amplio -de 500 años-, sin la visión del pasado, así se abre la posibilidad de entender el ambicioso motivo de esta megamuestra. En el concepto de las obras de la Bienal confluyen dos dimensiones temporales: el pasado de las campanadas, presente en la obra de los hondureños Adán Vallecillo y Leonardo González, y el futuro que se adivina como un instante inasible. Goethe observó que no existe el presente sino tan sólo el devenir.

Y las imágenes coinciden con las ideas. Esta corriente reflexiva inspira los mapas ilustrados de la argentina Adriana Bustos. El proyecto "Imago Mundi" es un registro de tiempos, siglos, territorios, todos diferentes. Allí están, reunidos por la azarosa memoria de la artista, una genuina expedicionaria, los ríos Magdalena de Colombia, el Mekong del sudeste asiático, el Paraná y el Río de la Plata, con las imágenes de la fauna, la flora, los pobladores, los rastros de las civilizaciones perdidas y los recuerdos que afloran sin freno, como la hamaca de "El general en su laberinto" o el retrato de Marguerite Duras.

En el bello tapiz de la joven uruguaya Paola Monzillo también se entrecruza el tiempo: algunos diseños de textiles precolombinos y los mapas de ciudades iberoamericanas donde regían las Leyes de Indias.

Otro montaje de tiempos heterogéneos presenta el joven estudiante de arte chileno Francisco José Espinosa Silva en su pintura "La batalla de Parque Baquedano". Su obra evoca el estilo decimonónico de Cándido López dentro de un marco roto que encontró tirado en la calle. Camila Borgna García ha tejido con lana, plástico, dos agujas y un telar, un tapiz donde las formas recuerdan el exaltado dripping de Jackson Pollock. Las ruinas del siglo XX están fotografiadas por Gian Paolo Minelli. En las imágenes de una fábrica de pescado incendiada, los graffitis blancos reverberan sobre el aterciopelado hollín de las paredes.

Al ingresar al Banco, entre dos columnas de mármol majestuosas se divisa una enorme pintura de Eduardo Stupía, artista que se ubica en el umbral de la figuración, porque la materia que trabaja el artista es la cualidad evocativa que poseen las cosas. En su pintura, la figuración (ruinas, ríos, templos, bosques, arroyos, remolinos, estructuras geológicas, cascadas o plantas) tiende a deshacerse y las formas se tornan más y más evasivas. Entretanto, el gran mural "My private downtown" de Franz Ackermann, un artista del mundo global en permanente gira, reúne edificios, paisajes y también los caminos que conducen a esas coloridas y vibrantes geografías. Ackermann pintó allí mismo, con los colores tierra de los uruguayos, una vista de la Plaza Independencia de Montevideo y del monumento ecuestre de Artigas.

La Bienal exhibe este año la cuota de espectacularidad que ha ganado el arte en esta última década. Hay obras sorprendentes. La instalación de Leandro Erlich replica un "Edificio Montevideo" en tamaño real. Luego, por medio de un truco -una tela espejada colocada a 45 grados que refleja la fachada pintada en el suelo-, los espectadores que ingresan a la instalación aparecerán en ese universo de ficciones, se los verá escalando o colgados del edificio.

En un ángulo del salón se levanta un andamio poblado por el extraño bosque con hojas de papel de Rita Fischer. El humo que emana de repente, una intervención de Lucía Pitaluga, acentúa la teatralidad y el efecto escenográfico. Entre los videos ubicados en medio de la sala, se destaca la condición sublime de un viaje en barco de Cao Guimaraes y el humor de Humberto Vélez y, sobre todo, del artista y teórico Luis Camnitzer, quien asume el inesperado papel de jurado de un concurso de belleza en Panamá y corona a Jennifer Brown con el título de Miss Education.

La muestra madre ocupa la sólida arquitectura bancaria y se extiende hasta pocos pasos de allí, los videos e instalaciones llegan hasta el Anexo Zabala y la Iglesia San Francisco de Asís. En el video "La conquista de lo inútil", Daniel Beerstecher relata la historia de un viaje y del velero que construye en Berlín para cruzar la Patagonia argentina. Las vicisitudes que le depara la aduana lo obligan a comprar otro barco en Buenos Aires y así, la imagen del velero se transforma en un espejismo. El artista reconoce en la obra la influencia del film "Fitzcarraldo" de Werner Herzog y el anhelo del viaje permanente de los viajeros románticos, un afán compartido por los artistas de la Bienal y su curador. No obstante, en un mundo donde ya no existen lugares ignotos, la búsqueda del pathos, la lejanía y el extrañamiento al modo romántico, sólo genera la ansiedad que depara la búsqueda como aventura constante. "Estaremos bien aconsejados si entendemos el futuro por medio de la visión de los artistas", afirma Hug.

La instalación de Marcelo Moscheta, al reiterar las caprichosas formas de las márgenes del río Uruguay en parafina, una materia blanca e inestable, se adivina como una respuesta. El deseo de mostrar la belleza está presente en la "Flor de la vida" que Lucía Madriz de Costa Rica diseñó con piedras y semillas en el piso de la Iglesia San Francisco. Pero más allá de los aspectos sensibles, el texto curatorial toma una marcada posición política y Hug eleva una voz reivindicatoria, cuando sostiene: "Desde la perspectiva eurocéntrica, la cronología en el hemisferio occidental comienza recién en 1507, cuando el nombre 'América' aparece por primera vez en un mapamundi de Martin Waldseemüller. [...] Ante esta aniquilación a gran escala de una historia y un pasado, no es de extrañar que en Sudamérica también el futuro haya tenido que aplazarse una y otra vez".

La Bienal de Montevideo trata de recuperar la memoria del pasado y el mejor ejemplo es instalación sonora "Voces indígenas". Las lenguas indígenas de América latina se vuelven a escuchar como un rico legado lingüístico. No obstante, la Bienal mira hacia adelante y escapa a la consabida mirada uniforme del Norte, lejos de mostrar a Latinoamérica como el reino de la pobreza, la tipicidad y la victimización, exhibe más bien su esplendor. La sola idea de imaginar los "500 Años de Futuro" desde ese punto de vista tan común en la actualidad, resulta insoportable.

(*) Enviada especial

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