La incógnita Humala asume la Presidencia

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Ollanta Humala comienza hoy un mandato que deberá transitar, al menos en su primer tramo, por un callejón de márgenes estrechos. Límites que imponen un sistema económico con amplio consenso en la dirigencia política y empresarial de Perú, una protesta social persistente y asamblearia, y las propias contradicciones del presidente electo, quien emergió con la promesa de saldar deudas con los excluidos y ahora, para calmar a sus críticos, ofrece continuidad macroeconómica.

En esa línea, el mandatario de discurso nacionalista colocó a Miguel Castilla como titular de Economía, viceministro de esa cartera hasta hace semanas, y ratificó al presidente del Banco Central, Julio Velarde. Ambos funcionarios de corte liberal, ubicados en el corazón de la decisión económica, hacen crujir al componente de izquierda del oficialista Gana Perú.

Impulso

El congresista socialista Javier Díez Canseco, uno de los ideólogos del discurso de campaña de Humala, contiene su impulso de cruzar ya mismo de vereda. «Confío en que, más allá de mis críticas y diferencias con el ministro de Economía y el presidente del Banco Central, que reafirmo, el peso de sectores progresistas y de avanzada, la fuerza social y la enorme esperanza de cambio van a prevalecer en el Gobierno», dijo anoche Díez Canseco a Ámbito Financiero.

La tentación de establecer parangones con experiencias históricas puede conducir a conclusiones simplistas. No se trata aquí de aventurar el futuro del Perú gobernado por Humala, sino de mencionar escenarios cercanos que pueden brindar pautas sobre los límites por los que transitará el exmilitar.

Alberto Fujimori, ícono de las políticas liberales y aperturistas de los 90, exhibe similitudes con un emergente del populismo reactivo hacia las deudas sociales de aquella década como Humala, aunque hoy suene paradójico.

En circunstancias políticas y macroeconómicas diferentes, hasta opuestas en algún sentido, uno y otro montaron su ascenso electoral sobre el rechazo a la dirigencia tradicional y se valieron de sellos electorales con poca o nula trayectoria política. Fujimori, en 1990, y Humala, en 2006 y 2011, encontraron el voto antisistema, el de la selva y la sierra del interior, especialmente del sur, que vive en las antípodas económicas y culturales de Miraflores y San Isidro, barrios primermundistas de Lima.

La coincidencia de ambos ascensos incluye en parte el plano ideológico. Fujimori asomó poco antes de las elecciones presidenciales de 1990 en medio del terrorismo, la guerra ilegal y la debacle política, económica y moral del primer Alan García, y fue para algunos sectores de izquierda el dique de contención contra el liberalismo a ultranza que enarbolaba su rival en la carrera por la Presidencia, Mario Vargas Llosa.

La emergencia de Humala, de 49 años, es menos vertiginosa, aunque también encontró eco en medio de la ilegalidad y la debacle económica, política y moral del régimen de Fujimori, a fines de los 90. En 2006, cuando perdió por seis puntos frente a García (todo vuelve en Perú), y en el balotaje del 5 de junio pasado, cuando venció a Keiko Fujimori (¡todo vuelve en Perú!), el voto al excomandante de Madreselva también tentó a quienes buscaron un dique de contención al reino irrestricto del mercado.

No bien ganó las elecciones, Fujimori se resignificó en cuestión de semanas. En un primer momento, «El Chino» mantuvo en el Gobierno alguna presencia más bien testimonial de la izquierda, pero completó los cargos clave en acuerdo con los militares y dio curso a una política de privatizaciones de las más acentuadas del continente. Después del golpe de Estado de abril de 1992, el proceso se radicalizaría, dándole a la economía y el crecimiento peruanos un formato chileno, borrando todo rastro de izquierda en su administración.

Dependencias

Díez Caneco enumera algunas dependencias que Humala dejó bajo la órbita de «sectores progresistas y de izquierda: Ministerio de la Mujer, el de Educación, Medio ambiente, Cultura y lo que tiene que ver con políticas sociales», y agrega a esta lista algunas sillas clave, como «la presidencia de PetroPerú, Energía y Minas -decisiva para el cambio tributario- y Producción».

El régimen de Fujimori implosionó una década más tarde por la corrupción desenfrenada, las violaciones a los derechos humanos y una feroz crisis económica que dejó la pobreza declarada por encima del 50%, un nivel similar al que había dejado el caos de García. En cualquier caso, medido en términos de proyecto político, el giro de Fujimori desde el populismo antisistema al populismo de mercado resultó exitoso y hasta potenció su liderazgo.

Cierto es que el impulso del exmandatario hoy encarcelado se sustentó en la derrota de Sendero Luminoso, el orden y el crecimiento que se iniciaron en su segundo año de Gobierno, y en la superación cultural del período ochentista de Alan García.

En el ciclo que comienza Humala en minoría legislativa (47 bancas propias de las 130 del Congreso unicameral), no existe el terrorismo a derrotar, no hay inflación ni zozobra cambiaria, el país crece, pero en cambio se deben satisfacer demandas sociales de sectores campesinos e indígenas que han mantenido una vigorosa protesta que jaqueó al renovado García, con una consecuencia de cerca de 110 muertos en los últimos cinco años. Esas mismas comunidades de departamentos como Puno son las que brindaron al mandatario un triunfo en una relación hasta 8 a 2 en el balotaje.

Inevitablemente, el presidente nacionalista afrontará las deudas perennes de Perú en materia de salud, educación, pobreza urbana y seguridad social, que permanecen casi intactas pese a una década de intenso crecimiento.

Un tanto más alarmante se presenta otro espejo, en este caso ecuatoriano, en el que podría mirarse Humala: Lucio Gutiérrez. Exmilitar, nacionalista, autor de una revuelta/golpe de Estado, aliados de izquierda, representante de la esperanza indígena, ganador en un balotaje... Hasta aquí, componentes similares a los del peruano. Gutiérrez asumió en enero de 2003 con la promesa de renovación y cambio y con los esbozos contradictorios que presentan el discurso y el gabinete de Humala. Desarrolló una política errática que no convenció a propios ni extraños. Rompió con su base social y se despidió de la Presidencia de Ecuador un año y tres meses más tarde.

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