31 de enero 2018 - 23:17

"La infancia sabe eludir jerarquías y se pone a salvo"

DIÁLOGO CON EL AUTOR MADRILEÑO ANDRÉS BARBA - En su libro “República luminosa” los niños emergen como una plaga que va a asolar las ideas y valores que la sociedad tenía por ciertos.

Barba. “´El principito´, ese niño sin su lugar, no es detestable por cursi sino por maligno y perverso, sostiene que la dignidad de las personas proviene del amor de un tercero”.
Barba. “´El principito´, ese niño sin su lugar, no es detestable por cursi sino por maligno y perverso, sostiene que la dignidad de las personas proviene del amor de un tercero”.
Treinta y dos niños y niñas venidos de no se sabe dónde invaden una ciudad provinciana, que puede ser de algún lugar tropical. Son sucios, impertinentes, dados a jugar de forma desaforada. Han inventado un idioma para comunicarse entre ellos. Un día asaltan un supermercado y trastocan por completo la vida de una ciudad que parecía progresar. Con la fábula política de "República luminosa" (Anagrama) el madrileño Andrés Barba se alzó con el codiciado Premio Herralde de Novela 2017. Barba ha consagrado con lauros su carrera de escritor. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él.

Periodista: ¿En "República luminosa" trata del temor social a que los chicos de la calle se vuelvan una tribu de delincuentes?

Andrés Barba: Un lugar fácil para pensarlo sería desde la distopía: esos niños son el lugar de la amenaza, son humanos pero al mismo tiempo no lo son, buscan desestabilizar el orden social. A mí me gusta pensarlo como una utopía anarquista: son la manifestación más pura y legítima de la infancia, totalmente desvinculada de la jerarquía vertical de los adultos. No hay un líder entre esos 32 niños de entre 9 y 13 que un día aparecen en San Cristóbal, es una sociedad completamente horizontal. Buscando un formato social que me ayudara a pensar como podía ser una república infantil, y leí los libros de Maeterlinck sobre "La vida de las abejas" y "La vida de las hormigas", que son sociedades totalmente jerarquizadas, pero la sensación es distinta, es el espíritu de la colmena. Hay algo misterioso en esa comunidad infantil que es horizontal y se comunica de una forma singular. Eso hace que la sociedad, externa a ese grupo, les tema porque no entiende qué estrategia de comunicación tienen entre ellos. Y ellos inventan palabras para reinventar el mundo. Expresan su diferencia. Y se teme a todo lo que es diferente.

P.: El narrador, un extranjero nombrado Director de Asuntos Sociales de la ciudad, sostiene que "la infancia es más poderosa que la ficción".

A.B.: Es más poderosa porque a pesar de los intentos de la edad adulta por dar sentido, forma, educación, que son formas de constreñir la infancia, la infancia siempre consigue eludir las jerarquías, sigue manifestando su misterio, sabe ponerse a salvo. Sea cual sea la ficción que el adulto hace de la infancia, la infancia siempre está en otro lugar. En ese sentido "El principito", ese niño sin su lugar, no es detestable por cursi sino por maligno, entrega una piedra envuelta en caramelo, algo totalmente perverso, sostiene que la dignidad de las personas proviene del amor de un tercero. Tu rosa no es diferente porque tú la quieras, es digna en si misma o no lo es en absoluto.

P.: El cronista recuerda que Hitler dijo que la gente no tiene vida privada, que siempre está dispuestas a celebraciones, concentraciones y desfiles.

A.B.: André Gide en sus "Diarios" se pregunta cuál es el secreto de Hitler y escribe: "Es el único que ha entendido que la gente no tiene vida privada, que está deseando salir a la calle, y que lo que no ha sucedido ante un testigo no existe". Tenemos la desconfianza de que si alguien no ha presenciado o atestigua lo que estamos viviendo empezamos a dudar de su realidad. No podemos sostener la realidad sin un cómplice o un testigo. Hitler, piensa Gide, se dio cuenta que la política sólo puede ser colectiva. La invasión de esos 32 niños, venidos de no se sabe dónde, recién comienza a pensarse luego de que asaltan un supermercado. En el origen de este libro está "La peste" de Camus. Estos niños son como una plaga que va a asolar las ideas y valores que la sociedad tenía por ciertos hasta ese momento, va a poner en crisis qué es la infancia, qué es el orden, quién determina el poder, quién dice lo que sucedió, lo que no sucedió, qué es lo civilizado y qué es lo bárbaro, pone todo en compromiso.

P.: Su novela puede ser leída como una fábula moral.

A.B.: Es una fábula, y si bien hay situaciones sorprendentes siempre tienen una explicación plausible, realista. Buscaba que no se deslizara hacia algo muy peligroso, el realismo mágico. Si tenía que funcionar como una fábula política tenía que tener una explicación estrictamente materialista, racional, a pesar que tuviera episodios en sombra como de dónde salieron los niños o cómo se comunican entre sí. Debía tener una toma a tierra permanente para ser fábula política, una fábula que lleva a asistir como se construye una verdad social, una verdad consensuada donde se integran muchas perspectivas, muchas voces distintas, a veces contradictorias, sobre un hecho traumático para una sociedad. Los personajes son la ciudad, la clase media emergente de la pobreza; el narrador, un outsider, un ser externo a ese lugar; los 32 niños; el periodista que hace leer lo que ocurre; la niña del lugar que lleva un diario de lo ocurrido enamorada de uno de los niños de la banda, y los obviamente políticos, el jefe de policía, el alcalde, y en el centro el drama, la tragedia.

P.: ¿Qué le significó el Premio Herralde y qué está escribiendo ahora?

A.B.: Fue un subidón. El Herralde es una rubia muy deseada. Qué escritor no desearía ganarle. El problema es lo que decía Capote, cuando la plegaria es atendida uno queda desconcertado. Cómo uno se relaciona con el deseo satisfecho es algo siempre un poco complicado. Ahora estoy en una novela de fantasmas, un género que me interesa mucho. Me gustan los géneros literarios. "República luminosa" puede leerse como una crónica.

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