6 de julio 2011 - 00:00

La lección que da el descenso de River

La semana pasada, luego del descenso de categoría de uno de los clubes de fútbol más importantes de la República Argentina, asistimos a emociones y sentimientos que atravesaron todos los estratos de la sociedad, sin distinguir edades, género ni roles. Una profunda tristeza, un sentimiento de congoja, de depresión y una sensación de extrañamiento, vacío y desconcierto se hicieron sentir en los hogares, las calles, los bares, las oficinas, los bancos, las escuelas, las universidades; en fin, en todos los sectores sociales. Tanto que preocupó a quienes, por fuera de estas emociones, extrañados, sin entender qué estaba sucediendo, se preguntaban si era normal, si era sano sentir con semejante magnitud por un equipo de fútbol.

Intentar explicar este fenómeno desde conceptos teóricos, en este caso vinculados al psicoanálisis, no significa, de modo alguno, soslayar la pasión que anida en esos sentimientos. En toda pasión existe una tensión del deseo y las emociones que va más allá de lo convencional y desborda los límites del yo, tanto que, por momentos, excede la propia existencia.

De esta fórmula surge lo irracional, lo incomprensible, un sentimiento fanático, por momentos, religioso. La pasión se vive en el cuerpo, no es sin el cuerpo; ya Descartes, en el año 1649, en el «Tratado de las pasiones del alma» cuestionó el dualismo alma-cuerpo y señaló que las pasiones hacían de enlace entre el cuerpo y el alma.

Sin duda, el Río de la Plata se ha caracterizado por un público apasionado. Mick Jagger, experto en espectáculos masivos de rock, señaló que jamás había sentido el calor del público en los conciertos que dio en el mismo estadio donde ocurriera la catástrofe deportiva.

Identificación

Investir un objeto libidinal es reconocerlo, es amarlo, odiarlo, cargarlo de energía, de significaciones que hacen a una identificación; en este caso, con una institución que, en forma dialéctica, da sentido, da un lugar a la propia existencia: identidad del hincha. Se trata, entonces, de un vínculo amoroso, de ilusión, donde, por un instante, se puede o no asir la felicidad.

Somos latinos, al sur del mundo. Nos da una característica que nos diferencia de Europa y del norte de América. El vínculo con la institución, en este caso el club de fútbol, es individual, cada uno con su pasión, unidos en el suceso, pero cada uno ligado en su sentimiento. Los otros, como explicó Max Weber en la «Ética protestante y el espíritu del capitalismo», tienen un compromiso colectivo que hace las veces de intermediario entre el sujeto y sus sentimientos hacia el club. Nos referimos, por ejemplo, a preocupaciones económicas, institucionales, políticas, administrativas, que llevan a una vocación participativa que, a nuestra mirada, atempera la pasión incondicional del hincha argentino.

Ganar o morir. Esa fue la consigna previa al último partido, reflejada en los cantos, banderas y graffiti. No se ganó. El morir se convirtió, entonces, en angustia frente al hiperpoder del destino, como señaló Freud en «El malestar en la cultura», al referirse al desvalimiento infantil frente a la necesidad de protección de un padre. De eso se trata. No de una muerte. De una caída, de una verdadera caída de algo que representa demasiado para mucha gente y resulta incomprensible para otros tantos.

La pérdida de la categoría marcó, en el vínculo imaginario colectivo, el desvalimiento, la desazón, en el momento preciso en el que el deseo de mantenerse exacerbó al extremo la pasión. De ahí lo incomprensible de la caída. Cuanto más intensa era la necesidad, frente al peligro del descenso, de sostenerse en y por la institución, más trágica fue la caída.

Está claro que ocurrió el descenso de un equipo con más de cien años de historia ligada al crecimiento en base al éxito deportivo. Lo que tratamos de decir es qué simboliza, qué significa ese nuevo lugar impensado para cada uno de los hinchas. La pérdida de un status construido de manera dialéctica, a través de varias generaciones, entre hinchas y el club, pérdida que, desde el psicoanálisis, se resignifica en cada uno de esos sujetos en forma única y singular.

Duelo

Algo cambió. No volverá a ser nunca más lo que fue. Una categoría, un reconocimiento, un estatus. Por lo tanto, debe haber un duelo de esa pérdida. Y ese duelo es un proceso, un recorrido necesario de atravesar para elaborar la pérdida del objeto. En este sentido, objeto es una persona amada, una casa, un club, una amistad, un trabajo, entre otros. Objeto es todo aquello a que el sujeto le atribuye un lugar en su vida y, por lo tanto, algo de su ser se irá con la pérdida. De ahí, la tristeza, la pena por aquello que se fue.

Una institución que tuvo más de cien años en la Argentina y cuya caída fue vivida de manera dramática por mucha gente fue el Banco Italia y Río de la Plata. Para tres generaciones esa institución representó, además, un referente de colectividad, de cultura, de identidad. Un pedazo de Italia en la Argentina que atemperaba emociones vinculadas con la inmigración. Difícil trance de aquellos que depositaron, en aquel objeto, carga libidinal con tinte de lazos filiatorios. Su desplome fue vivido como la caída de un padre.

«El fútbol siempre da revancha». Viejo axioma del deporte sostenido en la sucesión cronológica de los partidos semana tras semana. Enrique Pichón Rivière decía que de las depresiones se salía trabajando. Desde el plano institucional, implica un diagnóstico de situación, un proyecto, decisiones estratégicas y un proceso de ejecución.

El desafío reside en evitar las obturaciones que obstaculizan el tránsito del duelo cuando se tapona, se ponen parches que intentan, en forma desesperada, velar, ocultar los efectos de esa pérdida.



(*) Federico Enrique Stolte, defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires y licenciado en Psicología, UBA.

(**) Florencia Villa, licenciada en Psicología, UBA.

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