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La mano invisible de la política: desplomar el precio del petróleo
Política y petróleo. ¿Lo que la economía non da, podrá prestarlo la política? Todo sugiere que ya lo intenta. Grande tiene que ser la urgencia para no esperar siquiera que se complete el repliegue de la Fed, ni concederle tiempo a la economía a que remonte por sí sola la cuesta de dificultades que se piensan temporarias. La mano de la política movió la decisión de la Agencia Internacional de Energía (AIE) que, la semana pasada, sacudió el tablero del mercado de la energía. Cabe preguntarse: muerto el QE2, ¿llegó la hora -inédita- del «relajamiento petrolero»? No es fácil encontrar otro justificativo a su accionar que la necesidad de excitar las economías del G-7. Vender 60 millones de barriles de las reservas estratégicas que mantienen los 27 países que integran la AIE es una señal más que potente. No por la magnitud (en un solo día el mundo consume un 45% más), sino por la ruptura de los cánones tradicionales. Se dispone la intervención sin que medie estrangulamiento.
Es verdad que los problemas del Magreb y de Medio Oriente son de una severidad que no cede -y la producción libia se recortó en más de un millón de barriles diarios, sin atisbos de recomposición a la vista- pero no se registran, de hecho, problemas de abastecimiento. Los inventarios comerciales son abundantes. Ya a fines de abril el comportamiento de los precios dejó de promover zozobra. Desde entonces, los valores se derrumbaron casi el 20%. Golpear con las cotizaciones en baja (y de manera coordinada, no como una decisión unilateral de los EE.UU.) subraya la intencionalidad de la iniciativa. Así, el crudo borró todo el alza de precios que provocó la terquedad de Gadhafi. Aquí hay un aviso importante. ¿A quién va dirigido? No sin motivo, los países de la OPEP se sienten aludidos. El profano debe recordar que la última reunión del cartel prenunció una tormenta (piensa mal y acertarás: presumiblemente, la presión del G-7 no haya sido ajena a la irrupción de las discrepancias). Y la AIE clava el puñal donde está la llaga. Venderá crudo después de que Arabia Saudita -el disidente de la OPEP- tomó la decisión de incrementar su oferta. ¿Qué pretende? ¿Forzar una caída vertical de las cotizaciones? Que esto huele a razones de política interna no escapa a nadie.
Comienza la crucial temporada de verano, la de mayor utilización de automóviles y, si bien, las naftas llevan más de un mes en baja, todavía acumulan una suba más que pronunciada. No es casual que las acciones de compañías que se dedican a la refinación se hayan hundido muchísimo más en Wall Street que las petroleras mayores (apenas rozadas por el episodio). Los republicanos advierten la maniobra. John Boehner, el líder de ese partido en la Cámara de Diputados, planteó que la acción pone en riesgo la capacidad de los EE.UU. de afrontar «una crisis genuina de seguridad (energética)» y vaticinó que reponer las reservas será gravoso para el contribuyente.
Pensar que los países de la OPEP, remisos a expandir su producción son los únicos destinatarios de la medida sería olvidarse del rol que también juegan los especuladores. En un mundo donde rigen pocas convicciones, hay dos con especial predicamento: que las irrisorias tasas de interés deberán permanecer así por largo tiempo y que el mundo enfrenta una escasez «estructural» de materias primas. En esa inteligencia, la sospecha del «peak oil» -que la producción de crudo merodea un límite muy arduo de superar- flota en los mercados de energía. La combinación de ambas convicciones conduce a un auge de la especulación mayoritariamente en posiciones largas, no sólo porque fogonea una tendencia de precios que simula un camino de única mano, e induce la acumulación física de inventarios, sino porque relativiza los verdaderos riesgos involucrados.
Impactar de lleno en las cotizaciones, exacerbando la caída (aunque sólo sea un destello fugaz), es la medicina que se busca que la especulación sorba. Ya se le suministró en abril, por ejemplo, a los inversores en metal de plata cuando se ajustaron los márgenes de garantía, repetidas veces, en Chicago. La política monetaria no es la única que se apartó de lo convencional. Bajo la bandera de las regulaciones microprudenciales, o de una supuesta escasez de crudo por las vicisitudes de Libia y Yemen (que nadie constata), llueven dardos que -antes de la crisis- eran difícil imaginar.
Se dijo en su momento que el QE2 -amén de sus beneficios- prodigaba también efectos colaterales no deseados. Que, en parte, su influencia se derrame como un bálsamo sobre el precio del petróleo es un bumerán para un importador neto de energía como los EE.UU. Ocurre que la política monetaria es una herramienta con limitaciones. Puede incentivar el gasto, pero, a priori, no se sabe con certeza si lo hará. Y cuando aumenta el gasto tampoco se lo puede dirigir con precisión a los bienes y servicios que se desea alentar. Esto vale para el QE2 (como también para la baja de tasas convencional). No hay dudas de que un petróleo más caro obró como un impuesto a los consumidores (cuya recaudación en gran medida se giró al exterior). El problema no fue nunca la inflación que podía provocar en el G-7 (como se alegaba, y aun el BCE parece creer) sino la corrosión del poder de compra y su impacto sobre el gasto, la actividad y los planes privados de empleo. Finalizado el QE2, ese efecto colateral dañino también cesa. Las cotizaciones del petróleo, como se dijo, ya declinaron casi el 20%. Pero parece que a la política no le basta. La intervención lo prueba. Y a la par denota una urgencia que se podría confundir con desesperación.


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