14 de julio 2017 - 00:15

La melancólica decadencia deun circo chileno

Timoteo. El fortuito reemplazo de una bailarina por un hombre convirtió al circo en el primero de transformistas.
Timoteo. El fortuito reemplazo de una bailarina por un hombre convirtió al circo en el primero de transformistas.
Dicen que el Timoteo era un circo rasca como cualquier otro, hasta que faltó una bailarina y un partiquino aceptó reemplazarla, envuelto en plumas y lentejuelas. Así surgió el más famoso (y el único) circo de transformistas de Chile. Rasca, pero famoso. Y como

era cómico, más o menos pudo sortear los prejuicios de la sociedad, el control de la dictadura y la evolución del público. Pero no el paso del tiempo. Lorena Giachino Llorens muestra esa decadencia teñida de alegría. En el prólogo, René Valdés (el cómico Timoteo) recuerda a la Fabiola (su socio Darío Zúñiga). "Linda muerte tuvo, porque actuó, la aplaudieron a rabiar, lo único que le faltó tiempo para salir a saludar". Siguen algunas bromas sobre la vejez y la dudosa belleza de la troupe ("parecen 'Titanes en el Ring' las señoritas"), fragmentos de números de calidad artística también dudosa, momentos de rutina y de incertidumbre, y varios perros, pero no amaestrados, sino perros nomás.

Detalles singulares, un artista que se va desvistiendo mientras hace el playback de "Soy lo que soy", una misa en la carpa, a cargo del joven párroco Marcelo Catril, de la pastoral circense, y los soliloquios de Timoteo, que canturrea "rosas y claveles blancos, blancos de ilusión", del tango "Pregonera", ese que termina diciendo "un cariñito y un clavel, solo el clavel, lo que quedó". Bueno, a éste no le queda ni el clavel, pero al final lo vemos interesado en un local chico para seguir de alguna manera con el show.





"El gran circo pobre de Timoteo" (íd., Chile-Argentina, 2013). Dir.: L. Giachino Torrens. Documental.

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