1 de marzo 2011 - 00:00

La modernidad encuentra su morada en la Fundación Proa

«Beautiful Steps» es una obra genuinamente poética. Se trata de una escalera blanca, sólida y sabiamente instalada, que parece descender entre los libros de la biblioteca.
«Beautiful Steps» es una obra genuinamente poética. Se trata de una escalera blanca, sólida y sabiamente instalada, que parece descender entre los libros de la biblioteca.
Durante el verano, la actividad de la Fundación Proa de La Boca comienza en la elegante vereda de madera donde han colocado un container educativo que, con proyecciones de cine, talleres y charlas, cumple la función de un pequeño centro cultural. En las salas de la planta baja se presenta Art in the Auditorium, la serie de videos internacionales que llega a Proa por tercera vez desde la Whitechapel de Londres. En el piso superior, se exhibe el proyecto Of Bridges & Borders, curado por Sigismond de Vajay, un artista nacido en París en 1972 y esencialmente cosmopolita.

Durante su permanente desplazamiento por el por el mundo observando el acontecer del arte, De Vajay logró reunir en un libro las obras y el pensamiento de varios artistas, músicos, arquitectos y pensadores. El texto se publicó hace dos años y ahora cobra la forma de una exposición donde, los ocho artistas convocados demuestran su afinidad con a la identidad del proyecto y el nomadismo de su autor, al adoptar el formato site specific para sus obras. Es decir, las piezas fueron realizadas para esta muestra y para ocupar un lugar en las salas de Proa. Entre los artistas figuran los suizos, Thomas Hirschhorn, Fabrice Gygi y el colectivo L/B); el italiano Gianni Motti, el español Josep-Maria Martín, el cubano Carlos Gariacoa, el alemán John Bock y el argentino Jorge Macchi. Todos ellos trabajaron el tema de la inmigración, la censura y las fronteras, y todos ellos nos hablan -directa o veladamente- de los puentes -visibles e invisibles- que unen o dividen territorios, mapas, razas, culturas y estados.

Cada cual tiene un discurso personal, pero la muestra deja entrever cuán ligados están los artistas al mainstream dominante y, además, cuán dependientes o liberados están del contexto donde ejecutan sus obras.

Para comenzar, Jorge Macchi presentó «Reacción», una réplica realizada en vidrio de las conocidas barreras de metal que se utilizan para cortar el tránsito o las manifestaciones. Pero la obra no llegó ni siquiera a exhibirse en el vernissage. Durante una visita previa, un tropezón accidental la hizo estallar en mil pedazos. Creada como un objeto frágil y a la vez inexpugnable, pensada como una frontera leve pero al mismo tiempo infranqueable, esa barrera virtual no alcanzó con su transparencia a imponer la presencia del límite. Así, se desmaterializó la barrera de nuestro más célebre conceptualista, en un instante. De su existencia sólo quedan las imágenes, además de las marcas en el piso que no fueron respetadas. «La pieza estaba asegurada en 50 mil dólares», afirma quien la rompió, durante los 15 minutos de fama que le deparó el destino como había pronosticado Warhol.

Junto a las marcas de la obra de Macchi, hoy se ve la tosca huella que dejó sobre el cemento, una bota con suela tractor. La pisada del italiano Motti, su «Primer paso en Argentina», es un gesto que si bien puede ser interpretado como una ironía al Olimpo de las estrellas de Hollywood, no deja de ser una obra cuyo sentido se agota al momento, tan rápido como sea el paso del espectador.

Thomas Hirschhorn envió por correo (al igual que hace unos años lo hizo Sol LeWitt, uno de los padres del conceptualismo, que mandó la muestra entera) su serie UR Collages, que se despliega, extensa, sobre una inmensa pared. Se trata de imágenes que muestran las contradicciones del mundo actual, el hedonismo y el «vacío en technicolor» de las modelos y las marcas y la crueldad y el horror de la violencia y la guerra. En suma, Hirschhorn es un artista exitoso, este año representará a Suiza en la Bienal de Venecia y es, por lo tanto, el que mayores expectativas ha generado con su primer arribo a la Argentina.

En 2005, sus seguidores confesos como Leo Estol o Diego Bianchi, realizaron en Belleza y Felicidad una muestra que se llamaba «La escuelita de Hirschhorn». No es de extrañar que su obra sea la primera que mira el público de Proa y, también, la primera que critican. Su collage no tiene la fuerza ni el desborde ni la violencia de las obras que le dieron fama. Antes de que comenzara este siglo, el estadounidense Breat Easton Ellis ya había sacudido los prejuicios de la sociedad estadounidense con su novela «American Psycho», el relato en primera persona de un asesino serial que comete crímenes aberrantes, fanático de las marcas y el lujo. Ellis hablaba ya entonces de la angustia que generan esas tandas publicitarias donde se cruzan la sangre y el delito con los cuerpos y los rostros y los objetos que la gente común nunca va a poseer. La tan esperada obra de Hirschhorn no nos dice nada nuevo.

El cubano Garaicoa pone el tema de la inmigración forzada sobre el tapete. Relata con su buen oficio una historia que titula «Welcome» y que gira alrededor de las Green Card de EE.UU. Sobre estas miserias trata «Una casa digestiva para un piso patero para lavapiés» de Martín, una obra donde el arte rosa la sociología.

Detrás de la estrategia conceptual que tiene la mejor acogida en el mundo institucional, como bien lo relata la crítica Sarah Thornton en su propio «American Psycho» del arte, están las demandas de aquellos que determinan quién es quién en los circuitos del poder. La política del arte es igual a la de los estados, pero en pequeño. Garaicoa exhibe un arte ligado a la situación sociopolítica con la tipicidad que esperan ver los extranjeros en Sudamérica: la guerrilla, los dictadores, la pobreza y la desgracia.

Las reglas que regían la creación, como en los viejos tiempos de la Academia, han caducado, pero son suizos los artistas L/B (Sabina Lang y Daniel Baumann) que presentan «Beautiful Steps» una obra genuinamente poética. Se trata de una escalera blanca, sólida y sabiamente instalada, que parece descender entre los libros de la biblioteca y así abre paso a la multiplicidad de sentidos que se disparan en la mente de los embelezados espectadores como fuegos de artificio. Colocada en una posición de altura, la escalinata exhibe sin rodeos la condición metafórica que puede alcanzar un objeto, y el grado de la llamada «artisticidad».

Finalmente, la muestra se completa con una grata videoinstalación de Bock y la frontal agresividad de un puño de cuero de Gygi. Pero en el marco de la exposición de Proa, debajo del puente peatonal de la avenida Figueroa Alcorta y frente a la Facultad de Derecho, se puede ver todavía «Beautiful Bridge I», la estupenda intervención urbana de Sabina Lang y Daniel Baumann: «un arco iris permanente» en diálogo con el espacio. El programa es sencillo y el resultado bellísimo: se trata de diez personas que durante diez noches pintan con siete luminosos colores, el conjunto de líneas que siguen la ergonomía de la construcción y que logran unirse en su centro.

Entretanto, en La Boca se aprestan a recibir la muestra más intensa del año, la retrospectiva de la francesa Louise Bourgeois. «El Retorno de lo Reprimido», según el curador Philip Larrat-Smith, es el «primer estudio en profundidad de la relación de la artista con el psicoanálisis». Desde Nueva York llegarán casi un centenar de obras de los diversos períodos de la extensa producción de Bourgeois.

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