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La nueva muestra de Aráoz tiene más “glam” que “lumpen”
«Sin título», de Nicanor Aráoz: su muestra «Mocoso insolente» hunde sus raíces más profundas en las recreaciones románticas del arte gótico, en su oscuridad y en sus excesos.
Por lo demás, aquel joven que con apenas un tarro de cacao y un estante roto se las ingeniaba para representar la angustia y ganar un premio en el Salón Nacional de Rosario, ya no está. La alegría de expresarse libremente arrojando golosinas o tampones y preservativos como Tracy Emin, es un lujo que muy pocos se pueden dar. Aráoz parece haber considerado cuáles son las cualidades de las «obras de arte» que alcanzan rápido esa jerarquía e ingresan con mayor facilidad en los museos y el mercado. En esta categoría están las obras del grupo Mondongo local, que también utiliza galletitas, hasta las de ese «taxidermista más bien mediocre», como lo denomina Rafael Argullol al británico Damien Hirst, que vende sus tiburones en millones de dólares, claro está, bien presentados.
En la muestra actual las obras imponen su presencia con un nuevo status y, el mejor ejemplo es una fotografía enmarcada -como nunca habían estado las fotos ni los dibujos de Aráoz- copiada en un papel color que no está arrugado, ni tampoco pegado a la pared con una tachuela. Cabe aclarar que estas apreciaciones nada tienen que ver con el talento del artista, ni con el humor, el sarcasmo e incluso la furia que suelen transmitir sus obras; ni siquiera con los materiales que emplea, ya que hay dos pájaros embalsamados. Pero el cambio es evidente: hay algo nuevo en la calidad de las obras, que incentiva el interés del espectador.
Los pájaros tienen su razón de ser, ya que la muestra está dedicada a Hitchcock. En la década del 90 los artistas descubrieron las posibilidades visuales que brinda la imagen cinematográfica, y la tecnología facilitó el uso de fragmentos para proyectarlos sin tener en cuenta la continuidad del relato. En esta categoría figura, con sus seguidores cada día más numerosos, la imagen ralentizada de una película de Hitchcock, «Psycho 24 horas» de Douglas Gordon, que resulta exasperante lenta. Ahora, mientras la clave de la morosa obra de Gordon reside en su acentuada lentitud, «Los pájaros» de Araóz vuelan en sentido inverso.
El artista avanza furiosamente rápido hacia el presente, evoca el incomprensible ataque de «Los pájaros» y lo transporta al mundo de un joven del hoy. La violencia que ejercen los pájaros es una potente metáfora, tan fuerte como la imagen de ese magma de resina poliéster que flota en el medio de la sala. En esa tridimensión innominada que se asemeja a una inmensa nube, sobresale la agudeza de un pico de ave con un pájaro ensartado. Tan surrealistas y siniestros como los de Hitchcock, «Los pájaros» lo invaden todo y, sin explicación aparente, se matan entre sí. Como anunciaba Thomas Hobbes en el siglo XVII: «Lobo es el hombre para el hombre».
El título de la muestra, «Mocoso insolente», le resta dramatismo a la exhibición, pero allí hay un jinete con su cuerpo desgarrado y con «la furia, la angustia y la ira» del bíblico Leviatán. La poderosa figura ostenta, en su piel rota y unos costurones dignos de Frankenstein, un color verde claro, más propicio para un juguete que para ese personaje atroz. El jinete revolea una cadena con una sierra dentada en su extremo. La curva que dibuja la cadena en el espacio, tiene la gracia que exhibe un cowboy diestro cuando arroja el lazo, y recuerda no sólo las publicidades que copiaba Richard Prince, sino además la obra más célebre del exitoso japonés Takashi Murakami, una pieza clave del nuevo Museo veneciano Punta Della Dogana de Francoise Pinault.
La inspiración híbrida de Aráoz, como la de Murakami, se nutre del comic, de allí surge en gran medida el carácter icónico de las obras de ambos, su efectiva inmediatez. Sin embargo, la estética es absolutamente diferente: la de Aráoz hunde sus raíces más profundas en las recreaciones románticas del arte gótico, en su oscuridad y en sus excesos, mientras la de Murakami, como un flamante Warhol, se alimenta de la luminosa frivolidad de las marcas.
Entretanto, las cualidades visuales de los films de Hitchcock, sus imágenes que recuerdan las obras de los Prerrafaelitas, las de Magritte o las de Hopper; las de Man Ray o Dalí, continúan seduciendo e inspirando a los artistas, y sus atrapantes relatos también.


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